36ª Mostra de València. Sesión 4. Tailor & The translator

36 MOSTRA DE VALÈNCIA

Cuarta sesión de películas de la Sección Oficial a concurso de La Mostra con dos trabajos que nos van acercando al extremo más oriental del Mediterráneo.

De Grecia llegaba Tailor de la realizadora Sonia Liza Kenterman, una comedia que nos presenta a Nikos, un hombre fuera de su tiempo. A pesar de encontrarse en la mediana edad, Nikos todavía vive con su padre, sastre retirado y propietario de una sastrería en la que trabaja el propio Nikos que, siguiendo la tradición, sigue confeccionando trajes a medida para sus clientes. Pero no corren buenos tiempos para la alta costura. La situación económica por la que pasa el país parece que ha dejado de lado ciertos lujos. Los gustos cambian, los precios de las materias primas están por las nubes y la gente demanda otras cosas más ajustadas a sus maltrechos bolsillos. Resultado: la falta de clientes ahoga en deudas a Nikos que se ve abocado a cerrar. Esta situación, le forzará a buscar nuevas formas de negocio. Así, y contra la opinión de su padre, un hombre severo y conservador que lo considera indigno, Nikos decide montar un puesto ambulante para ir a los mercados callejeros a la caza de nuevos clientes para sus trajes. Para un hombre educado en una cultura enfocada hacia la clase y la distinción, este es un salto hacia atrás, casi una humillación. Pero, contra todo pronóstico y pese a los problemas a los que va a tener que enfrentarse, Nikos irá encontrando su camino.

Sobre esta base argumental, Sonia Liza Kenterman ha edificado una pequeña fábula moderna que nos invita a reflexionar, en primer lugar, sobre la capacidad de las personas para sobreponerse a las dificultades de la vida. Nikos debe reinventarse o cerrar la sastrería y buscarse otro trabajo. Frente a él, su padre se aferra a los códigos del pasado. Liza Kenterman construye alrededor de estos dos hombres un mundo irreal que, por su textura y en su resolución estética y de producción, se acerca al trabajo de Jean-Pierre Jeunet, Palma de Honor en La Mostra de este año. Esa irrealidad con la que impregna la cinta, le permite a la realizadora greco-alemana llevarnos por caminos que rozan lo inverosímil. ¿O acaso no resulta increíble que un hombre de la edad de Nikos, apenas conozca nada del mundo fuera de las paredes de la casa y la tienda que ha heredado de su padre? Pero no nos importa. Una vez establecidas las reglas de este juego, todo nos resultará familiar.

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Con estas premisas, en un segundo plano Tailor quiere ser una aproximación a los problemas que sufre la Grecia contemporánea. Cuando sale al exterior, el mundo con el que se encuentra el pobre Nikos no tiene nada que ver con la tienda de su padre. En ese mundo la gente corriente sobrevive en pisos destartalados y compra a precios bajos. Tras las imágenes, acude a la memoria del espectador la crisis financiera del año 2008 y las consecuencias de las posteriores políticas que la Unión Europea aplicó sobre el país, unido a la mala gestión de los sucesivos gobiernos que, a lo largo de la última década, llevaron a Grecia al borde de la quiebra. Sin embargo, para Nikos este nuevo mundo que se abre ante sus ojos está lleno de vida.

Pues bien, no cabe duda de que esto es el mayor el logro de esta película (lo cual no es decir poco). Tailor es, ante todo, una celebración de la vida frente a la calamidad. Impregnada de un humor amable, pero nada almibarado, Tailor es una honesta parábola que nos habla de la solidaridad y del valor de la comunidad frente a las barreras que nos impone la sociedad contemporánea. Encerrado en su sastrería, a Nikos no le queda otra salida que esperar a que los clientes entren por la puerta y le hagan un encargo que levante el negocio. Fuera, aprenderá que debe ser él quien tiene que ajustarse a las necesidades de los demás. Así, aprenderá que su talento y meticulosidad todavía pueden servir para algo. Y puede que este sea, al menos, uno de los mensajes que nos ofrece la película. Frente a las crisis, tendremos que apearnos del pedestal, mirar un poco hacia abajo, empezar de nuevo, desde cero, para tomar un nuevo impulso. Ahora bien, en este viaje, nada es seguro. La solución no siempre es perfecta, pero vale la pena intentarlo. Habrá quien vea en Tailor un cuento demasiado blanco y bienintencionado, la vida de verdad es más compleja que aquello que nos muestra las imágenes, nos diremos. Pero nadie nos dice que en los sueños encierren una lección que pueda ser útil. La vida también es eso.

En un contexto radicalmente diferente se presentaba The translator, cinta dirigida por Rana Kazkaz y Anas Khalaf que nos traslada a tierras de Siria. Sami es un traductor de inglés que ha huido del país tras la llegada al poder de Bashar al-Ásad. Sami vive una nueva vida con su esposa en Australia, lejos de los problemas que causa el régimen represivo del dictador. Sin embargo, sigue vinculado a los conflictos que afectan a su país. Tras los levantamientos provocados por la llamada Primavera Árabe, las cosas se han complicado. Ante las revueltas, Al-Ásad ha redoblado la represión sobre los opositores con el secuestro y asesinato de muchos de ellos ante la mirada impasible de la comunidad internacional. Uno de los últimos en desaparecer ha sido su hermano. Sami, afectado por este hecho y el recuerdo de la desaparición de su propio padre a manos de la policía, decide que debe volver a Siria para encontrarlo. Y aquí empiezan las dificultades.

Con The translator Rana Kazkaz y Anas Khalaf hacen memoria de una situación que, si bien ha ocupado buena parte del interés internacional, hoy parece que se haya olvidado. Tras diez años de la celebración de la Primavera Árabe, ya no queda nada de los aires democratizadores que se demandaban en aquella revuelta. Frente a la desmemoria, ambos directores nos obligan, con este trabajo, a mirar de nuevo el pasado para comprender lo que sucedió. Algo parecido le sucede a Sami. Forzado por las circunstancias, se ve obligado a abandonar la comodidad de la vida en occidente y mirar a su país con nuevos ojos. “La primera idea que tuvimos para la película era la historia de dos hermanos, uno de ellos era un activista y el otro era alguien completamente opuesto. Entonces, ¿qué es el opuesto de alguien que usa su voz? Un traductor, alguien que se esconde detrás de las palabras de otros”, comentaba Anas Khalaf en la rueda de prensa concedida tras la proyección de la película en La Mostra. “[Sami] nunca habla con su propia voz hasta el final de la película. Esta es la idea principal, ese buscar tu propia voz. Pero el ojo, representado por Karma, la oftalmóloga, la cuñada del protagonista, es muy importante porque mientras el traductor está traduciendo lo que está pasando en Siria a la audiencia, Karma le está dando sus ojos a Sami para que vea lo que está pasando realmente, un país que abandonó hace tanto tiempo”, concluye el director.

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Si existen dos sentimientos que articulan este relato son el peso de la culpa y la falta de normalidad. Culpa por haber abandonado a los tuyos, los que sufren, para construir una vida más cómoda, lejos del conflicto y de las responsabilidades morales que acarrean. Normalidad que le falta a una sociedad que se ve privada de sus derechos más elementales. Ese contraste entre dos mundos se percibe a lo largo de la película articulando las peripecias de sus protagonistas. “Lo que queríamos era mostrar los inicios de esta revuelta, mostrando la falta de normalidad incluso dentro de Siria, dentro de Damasco. Al principio, vemos una serie de personas asesinadas y, de repente, pasamos a un hotel de cinco estrellas donde el protagonista se reúne con Martin Haven, un periodista occidental. Allí están todos tranquilamente, bebiendo, hablando como si no hubiera pasado nada. Era ese ambiente de esquizofrenia lo que se vivía. Esto era algo que queríamos enfatizar en la película”, comenta Anas Khalaf.

Ahora, diez años después del conflicto, con el país sumido en una crisis humanitaria y el régimen más fortalecido, nos preguntamos qué se pudo hacer mejor, dónde están los responsables. ¿Fueron los medios de comunicación occidentales quizá demasiado cautos en su exposición de los hechos?, nos preguntamos a raíz de algunas de las secuencias de la película. “No creo que la prensa fuera cauta. Creo que la prensa enseñó todo lo que tenía que enseñarse como prueba de la violencia y la represión del régimen”, reflexiona Anas Khalaf. “De nuevo, hay que llamar la atención sobre el hecho de que el principio de la revolución fue pacífico. La gente salió a la calle desarmada, y muy rápidamente las armas aparecieron, los disparados, y hubo muertos cada día y todo cambió hacia una guerra civil”. Khalaf encuentra la respuesta a esta pregunta en una de las secuencias finales de la película, cuando uno de los generales al cargo de la represión de opositores le dice a Sami: sé que todo el mundo fuera ha visto lo que te hemos hecho, pero nadie va a intervenir. “Y eso es exactamente lo que pasó. Se sabe que hubo unos acuerdos para que Ásad permaneciera en el poder. Al-Ásad permanece, no se ha ido. No como Ben Ali, no como Mubarak, no como Gadafi. Es muy triste”, exponía el director.

La pregunta quedaba así, en el aire. ¿Y ahora qué? “La revolución ha fracasado, por supuesto. La guerra ha sido ganada por el régimen de Bashar al-Ásad. Hay gente que todavía dice que no, que la revolución sigue activa, que esto llevará tiempo. Y sí, la revolución siempre lleva tiempo, quizá décadas, pero no. Él ganó. Ha recuperado casi todo el territorio de Siria, y ahora debemos pasar a la siguiente página que es la rehabilitación frente a la comunidad internacional. Muchos países del golfo ya están hablando con él y, por lo que sabemos, antes de Navidad hay países que van a empezar a hacerlo, supuestamente Grecia, que va a abrir una vía diplomática con Siria que probablemente será seguida por Alemania. Después, todos los demás volverán a abrir las embajadas y consulados en el país, los vuelos con las capitales europeas…”, dice el director sirio con pesar. “Es increíble, sabiendo lo que sabemos, lo que todo el mundo ha visto en los medios durante los últimos diez años: los ataques químicos, la tortura de civiles, la tortura de niños, los bombardeos de hospitales, la destrucción de escuelas… Pero eso es la realpolitik. Por eso hicimos la película, para recordarle a la gente lo que pasó al principio. Hubo una gran esperanza, hubo un gran movimiento por la libertad y la dignidad. Esto fue antes de Daesh. Mucha gente se acuerda de Daesh o Isis, olvidando lo que pasó antes. Y esto es lo que pasó, lo que queríamos enseñarle a la gente». G.LEÓN

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