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36ª Mostra de València. Sesión 5. Streams & So she doesn’t live

36 MOSTRA DE VALÈNCIA

Quinta sesión de la sección oficial que nos lleva hasta tierras de Túnez. En Streams, Amel es la madre de un adolescente impetuoso llamado Mamoun. La relación entre ambos es muy estrecha y mantienen una convivencia feliz, solo enturbiada por la presencia del marido de ella y padre del joven, un hombre frustrado que se pasa el día  borracho y sin aportar nada a la economía de la familia. El sueño de Mamoun es ser portero profesional en un equipo de fútbol. Para ello, necesita algunos contactos que empujen su carrera y que su madre trata de conseguir a través del dueño de la fábrica donde trabaja. Pero este, a pesar de las promesas que le hace, a la hora del compromiso definitivo siempre parece que trata de evitarla. Una noche, el socio de su jefe la invita a cenar usando el mismo gancho. Al terminar la cena, el hombre se ofrece a llevarla a su casa. Pronto comprenderá Amel cuáles son sus intenciones. Apartados de la carretera, el hombre intenta abusar de Amel, pero ella se resiste, cuando son sorprendidos por la policía. A pesar de su declaración y sin más pruebas que el testimonio del hombre, Amel es detenida y condenada por prostitución.

Empieza así para Amel y su hijo un auténtico calvario. Humillada, con la reputación destruida tras pasar por la prisión, Amel tendrá dificultades para reorganizar su vida. Mientras, afectado por la rabia y la impotencia que le provoca lo que le ha pasado a su madre, Mamoun le da una paliza a un chico de su equipo de fútbol lo que le obliga a escapar de la policía y del hermano de su compañero que le persigue para vengarse. A partir de ahí, Mamoun empezará una vida de delincuencia en una espiral hacia un infierno personal que, según avanza el trabajo, entendemos que es el mismo infierno en el que vive la sociedad tunecina contemporánea.

Lo primero que llama la atención de Streams de Mehdi Hmili es que, visto el terrible martirio que sufren sus personajes, estemos ante una obra casi por completo autobiográfica. “Es una película que cuenta una historia personal mía y de mi madre. Una historia dolorosa sobre las dificultades que he pasado a lo largo de mi vida”, comentaba el director en rueda de prensa de La Mostra. “Es una película que significaba mucho para mí. La empecé en 2019 y la hice para mi madre y para mí porque quería huir de esos fantasmas del pasado que me iban persiguiendo. De hecho, el título original de la película quiere decir eso: fuera los fantasmas. Necesitaba hacer esta película para poder pasar página y pasar a una nueva historia”, comentaba el director.

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Pero, dejando por un momento de lado las cuestiones personales, Streams es una cinta que quiere ser espejo de algo más. “En este caso, también quería contar la historia de Túnez. De hecho, lo que quiero mostrar son los diez últimos años en Túnez después de la revolución. Es una sociedad en plena caída libre donde las aspiraciones han desaparecido por completo. Yo quería contar esta visión de una sociedad donde la religión y la violencia lo han destruido todo. Es una sociedad verdaderamente negra. Desde fuera puede parecer que Túnez es un ejemplo de país democrático, pero la realidad es bien distinta porque, al final, te das cuenta de que la religión lo pudre todo, pudre a la población”, dice Mehdi Hmili. “Quería hablar de la comunidad LGTB, que parece que no se puede mostrar, que se tiene que esconder. Quería hablar también de la prostitución y de la familia porque, en este caso, cuando los personajes deciden cambiar de vida, el sistema va a castigarles. Cuando la madre sale de la prisión, evitamos mostrar cómo es esa prisión porque la prisión verdadera es la sociedad en la que vive. También quería mostrar a esta juventud abandonada a su suerte, que quiere autodestruirse. Cuando fui joven, yo también quería autodestruirme. Quería destruir mi corazón, mi vida, quería hacer daño a mi padre, a mi familia, y esto era una especie de venganza contra el sistema”.

Una vez desmontado el hogar familiar, lo que queda son dos almas devastadas, incompletas. Ambos, madre e hijo, tendrán que encontrarse de nuevo para curar sus heridas. Pero si a Mamoun se le abre un negro futuro, para Amel las cosas van a ser mucho peor. Saltando de un trabajo a otro, se verá sometida al acoso de todo hombre que se cruce en su camino. “En esta película vemos cómo ese acoso sexual acaba afectando a la mujer, que es la víctima. Nos damos cuenta de que el sistema la acaba castigando muchísimo y que la consecuencia es que la destruye por completo. Es algo que he vivido en mis propias carnes”, explicaba el realizador tunecino ante la audiencia del festival. “Esto nos quitó los años más bonitos de mi vida y por eso yo quería hacer esta película, para mostrarlo al mundo, para que este dolor y este sufrimiento que he vivido tuviese sentido y para darnos cuenta de que, muchas veces, vemos el mundo árabe y nos damos cuenta de que todo es una mentira, que la violencia contra las mujeres está por todas partes, en el trabajo, en las calles. Pasa en Egipto, sí, pero Túnez no es mucho mejor. El estado castiga a las mujeres que, frente a estos abusos, quieren poner una denuncia, y nosotros, como hombres, tenemos que luchar, tenemos que combatir esta lacra y tenemos que mostrarlo para que se vea que esto es una hipocresía en la que vive el mundo árabe.”, concluía.

Resulta muy difícil hablar de una película como So she doesn’t live sin desvelar o, como poco, dar alguna pista de ese suceso capital sobre el que gira todo el trabajo. Revelado o siquiera sugerido en qué consiste ese hecho, se rompería la sorpresa y la posibilidad de que la película provoque en el espectador cualquier tipo de efecto dramático, matando toda la obra. Así que, si usted tiene intención de verla, encontraríamos legítimo por su parte que dejara de leer esta crónica a partir de este momento. Si no es el caso (también es posible que la haya visto ya), continuamos.

So she doesn’t live nos presenta a una pareja, él y ella. Entendemos que estamos en los primeros momentos de la mañana de un día cualquiera de sus vidas. Están acostados en la cama. Ella acaba de despertarse, mientras él sigue durmiendo, hasta que ella lo despierta suavemente para ir a trabajar. Luego, los vemos ante la mesa del desayuno. Estas dos escenas nos muestran un mundo casi idílico y en paz. Por la conversación que mantienen, sabemos que hay algunos problemas (con el trabajo, con una antigua pareja de ella), nada que no pueda manejarse. Pero un hecho completamente inesperado vendrá a destruir este mundo. Y hasta aquí las notas sobre el argumento.

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Con estos apuntes, Faruk Lončarević arma su película en la unión de distintos cuadros-escena. En cada uno de estos cuadros se nos aporta cierta información que nos va dando pistas de lo que sucede y, al mismo tiempo, nos lleva un paso más hacia la resolución final de aquello que podemos considerar como trama de la película. En este caso, conviene destacar la capacidad en el manejo del tiempo interno de las escenas por parte del director bosnio en un ejercicio que es pura matemática cinematográfica.

Este juego con el tiempo es quizá el arma más poderosa de la película. Faruk Lončarević juega dosificando las expectativas de un espectador que en todo momento se ve forzado a anticipar lo que va a suceder. De hecho, casi desde el primer momento, sabe o intuye qué va a pasar. Pero no importa. Esa es el secreto que guarda Lončarević, el hecho de que, de alguna manera, uno sabe. Sabes y, al mismo tiempo, no quieres saber. Ese es el mayor escollo. Cuando sucede aquello que ya estás esperando, las emociones agitan nuestras tripas. Dolor, rabia, impotencia, frustración. De alguna manera, deseamos intervenir en la acción y detenerla, cosa que, claro, es imposible. Esta es la eficacia del artefacto al que nos enfrentamos.

Faruk Lončarević se toma su tiempo a fin de conseguir la mayor naturalidad posible. Eso nos empuja a reflexionar sobre lo cotidiano. Es más, podríamos decir que este suceso es cotidiano o sucede en la realidad y aquí la película se cuestiona o intercede en los mecanismos de la representación. Si la ficción, generalmente, trata de extraer aquella verdad oculta en la realidad desde esa representación artificial haciéndonos creer que es cierto lo que es falso, aquí se intenta atrapar la realidad misma. Esa simbiosis con lo real, hace que el monstruo que vemos en pantalla sea aún más monstruoso, potenciando aquello que el director quiere que sea desvelado al espectador.

En este juego, es necesaria la complicidad de unos actores a los que se les priva de las herramientas convencionales, pues no son solo los diálogos y las acciones lo que cuenta, sino ese espacio entre acciones o frases (escritas o improvisadas, no lo sabemos). Son ellos, los actores, los que crean esos espacios y construyen la cadencia de las escenas, poniendo el punto final de cada una de ellas y marcando el paso hacia la siguiente.

Y al fondo de todo esto, se encuentra, sin duda, Haneke. Quizá la diferencia es que, mientras en el cine del austriaco, los hechos (violentos) son una herramienta para llevar al espectador contra sus propias seguridades, aquí lo relevante es el propio hecho en sí. Haneke lanza al espectador contra sus propias contradicciones. Faruk Lončarević pisa en todo momento terreno mucho más seguro. Y esta puede que sea la mayor debilidad de la película. Cierto, ese hecho no puede por menos que conmovernos, escandalizarnos, incluso. Resulta difícil entender que alguien disfrutara con eso que se nos muestra en la pantalla. Sin embargo, cuando acaba la cinta, uno se pregunta hacia dónde nos empuja el director. Tras la resolución de la trama, nos sentimos aliviados y suspiramos: “menos mal, existe justicia en el mundo”. Algo que Haneke nunca habría hecho. G.LEÓN

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