36ª Mostra de València. Sesión 6. Luzzu & Souad

36 MOSTRA DE VALÈNCIA

Sexto y último par de películas de la Sección Oficial a concurso de La Mostra de Valencia, Cinema del Mediterrani.

Con Luzzu de Alex Camilleri, viajamos a la isla de Malta, donde conoceremos a Jesmark, un joven y modesto pescador que lucha por salvar su barca, que es lo mismo que decir su modo de vida, de la precariedad a la que está sometida su oficio. Hijo de una larga estirpe de pescadores, impuestas nuevas formas de explotación, cada día le resulta más difícil colocar su mercancía, lo que hace mermar sus ya ajustados ingresos. Cuando llega a la lonja de pescado, los vendedores parece que rechazan su  producto, viéndose forzado a vender sus capturas por su cuenta en los restaurantes de la zona. Pero los problemas de Jesmark no terminan aquí. Su hija recién nacida tiene problemas de crecimiento debido a la mala alimentación. Su mujer culpa a Jesmark de este hecho, cosa que ella relaciona con su precariedad laboral y la falta de recursos de los que disponen. Tratando de escapar de esta situación, su mujer lo abandona por un tiempo para volver a casa de su madre. Esto empujará a Jesmark a tomar medidas drásticas.

Será entonces cuando, por casualidad, descubra que la lonja funciona por medio de una serie de mecanismos mafiosos y una red clientelar y de intereses ocultos que marcan la compra y venta del mercado de pescado. Dispuesto a todo, Jesmark logra integrarse en esa organización. Pero las cosas no funcionan y tiene que vender su barca, con graves consecuencias para él, que ama su trabajo casi tanto como a su familia.

Si algo llama la atención de Luzzu, la película de Alex Camilleri, es esa búsqueda por el realismo y la verdad que impregna toda la película. Tanto es así que el realizador ha prescindido de actores profesionales para ocupar el rol de sus personajes protagonistas. De hecho, Jesmark responde al nombre de su actor principal, Jesmark Scicluna, pescador de oficio en la vida real que se ha puesto delante de las cámaras para contar su propia historia. “La película es parte de mi propia historia, de mi vida. Tengo una familia, soy pescador, las luchas de la familia son reales, las luchas de los pequeños pescadores son reales y hemos tratado de sacar lo mejor de todo esto”, decía Scicluna en rueda de prensa de visita a Valencia para la presentación de la película en sustitución del director. ”En cuanto a la película, la segunda parte es más ficción, la primera parte es más parecida a la vida real. [la película]Te hace sentir orgulloso porque mostramos algo del mundo de la pesca que la gente no conoce”, afirmaba.

A preguntas de la prensa, Scicluna ponía la atención en ese aspecto oscuro de su profesión del que hablábamos unos párrafos más arriba, un mundo donde las cosas no siempre son tan limpias como deberían. “La verdad es que no se puede ocultar. En el pasado han salido a la luz numerosos escándalos, uno de ellos tenía como actores a Malta y a España. A veces queremos ocultarlos, pero no siempre se puede. Esto es válido para la pesca, pero también para cualquier actividad comercial. Nosotros tratamos siempre de hacer las cosas lo mejor posible, pero a veces uno se siente traicionado por sus amigos”, comentaba.

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En la imaginación del espectador, quizá busque novelas como El viejo y el mar, sin duda una de las obras que ha alimentado el mito del pescador feliz, libre de ataduras, que navega ajeno al mundo mendaz de los hombres en medio de un océano que lo acoge como a un hijo. Pero quizá esos fueron otros tiempos. Hoy, la realidad del mundo de la pesca es muy diferente. “Siempre pensamos que cuando uno sale a alta mar, tiene una libertad absoluta. Pero esto ha cambiado mucho porque ahora la burocracia domina sobre el arte tradicional de la pesca. Aunque soy un pescador joven, he visto numerosos cambios, especialmente cómo esa burocracia se ha ido imponiendo cada vez más haciendo que se pierda esa libertad”, decía Scicluna en consonancia con su personaje. Esta visión de su propio mundo se ha visto enriquecida por su participación en la película, que le ha permitido viajar por otros países del mediterráneo, constatando que estos problemas no afectan solo a su comunidad local. “Antes tenía una perspectiva más desde Malta y ahora veo que es un problema que afecta a toda Europa. He podido hablar con representantes gubernamentales y sé que distintos países están tratando de cambiar las reglas que se imponen desde la Unión Europea para que la vida de los pescadores sea más sostenible y también lo sea la pesca y la obtención de alimentos”, reflexionaba el actor.

Detrás de todos estos problemas queda, sin embargo, esa pasión por el mar que arrebata el alma de su personaje y que, quizá porque la siente él mismo, tan bien refleja en la película. “Para los pescadores, el bote es parte de su familia y se le trata como tal. De hecho, el nombre del bote de la película, Tapalma, es el nombre real del bote de mi padre, que es también el nombre del bote de mi abuela. Esto demuestra la relación que hay entre el barco y nuestros medios de subsistencia. Hay una gran relación entre la vida, el mar, nuestro bote y lo que hacemos. Es algo que te engancha y hace que nunca tengas suficiente”, explicaba Scicluna de sí mismo y de su personaje.

En Luzzu, por una vez el trabajo de dirección queda supeditado a los conocimientos del mundo que retrata y no al revés. Un trabajo que ha llevado aparejado un largo proceso de preparación por parte del director. “[Alex Camilleri] quería que fuese nuestra propia historia. De hecho, no nos dio ningún tipo de guion. En la preparación, dedicó dos años de su vida a salir a pescar con nosotros, a ayudarnos a limpiar las redes, a reparar las redes, a tomarse café, a charlar con nosotros y a formar parte de nuestra vida. Después de pasar algunas jornadas juntos, nos daba una escena en la que teníamos que actuar, y así es como se rodó toda la historia. En realidad, él no nos ha enseñado nada, sino que fue al revés”, comentaba, divertido, Scicluna. “Nosotros le enseñamos a él sobre la pesca. Si Camilieri estuviera aquí diría que es más fácil enseñarle a un pescador a actuar que a un actor a pescar”.

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En otro orden de cosas, con otro estilo narrativo, Souad de Ayten Amin, la película egipcia de esta edición de La Mostra cerraba la ronda de proyecciones de la Sección Oficial de este año. Aquí una joven reparte su vida entre su relación con su exnovio, sus amigas, su atención a la imagen y las redes sociales y las normas que le imponen la tradición religiosa que rigen en su familia. Un día, un trágico suceso terminará con su vida. Su hermana pequeña, se ocupará de recuperar su memoria, poniendo ella misma su propia vida hacia un nuevo horizonte para su generación.

“Tenía una idea abstracta de una chica que comete un suicidio. La directora recordaba el caso de una amiga que había cometido suicidio y no lo había podido olvidar”, recordaba Mahmoud Ezzat, guionista de la película y encargado de su presentación en Valencia. Una película hecha con muy poco presupuesto que, sin embargo, ha dado la vuelta al mundo en diversos festivales como Berlín o Tribeca, con una apuesta formal que, tal y como comentaba Ezzat, conocedor de la industria cinematográfica de Egipto, se enfrentaba a los medios y lenguajes tradicionales de su cine más comercial. Souad se despliega así con un estilo casi documental, siguiendo a los personajes, cámara en mano, allí a donde vayan. “La idea era experimentar con otro tipo de narrativa. Yo he trabajado mucho para televisión, lo que implica que conozco bien las estructuras tradicionales de principio, nudo y desenlace, pero aquí queríamos utilizar otros elementos, jugando con las secuencias que a veces dejábamos en suspenso. De ahí la división de la película en tres capítulos”, comentaba el guionista.

Souad confronta, así, dos mundos, el de la tradición, con unas reglas obtusas que atenazan a las adolescentes, especialmente en lo que se refiere a las relaciones de pareja, y un mundo digital que les ha abierto a nuevas formas de comunicación y nuevas costumbres que contradicen lo dictado por sus padres. “Las redes sociales han tomado un gran impulso. Esto hace que una sociedad cerrada como la nuestra, se abra. Con las redes, los jóvenes crean su propia identidad, pueden cruzar más allá de los límites. Están teniendo un gran efecto, frente a lo cual, las autoridades están intentando controlarlo, pero no creo que funcione”, comentaba, esperanzado, Mahmoud Ezzat.

Sin embargo, y a pesar de todo, estas jóvenes mantienen un fuerte lazo con esa misma tradición que las precede, algo que aparece expuesto en la película y que da cuenta de su complejidad como retrato social. Las jóvenes, así, no se rebelan contra todo, solo exigen un poco más de libertad. “La religión es importante en sus vidas. Es como la relación con un padre. A veces lo odias, otras lo amas. Con la religión es igual. Las chicas a veces se inclinan por la oración, otras veces lo dejan. Como digo, está todo mezclado”, comentaba el escritor a modo de despedida. G.LEÓN

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