FIDO

38 Mostra de València. Sesión 3: The wedding parade & Afloat

FESTIVAL DE CINE

Distinto escenario, distinto conflicto, pero los mismos o similares problemas en el arranque de la tercera sesión de proyecciones de la Sección Oficial de esta 38ª edición de la Mostra de Valencia.

De Siria llegaba Berbû (o The wedding parade, en su título en inglés). Y de nuevo se producían las mismas complicaciones, esta vez encarnadas en las dificultades que la realizadora Sevinaz Evdike, responsable de esta propuesta, ha tenido para obtener el visado para asistir al festival. Como en aquella película de Woody Allen, otra vez la ficción superaba los límites de la pantalla y tomaba forma en la realidad cotidiana.

Esta conflictiva realidad es la que deben afrontar las tres protagonistas de esta historia. Nos encontramos en Serekaniye, ciudad kurda situada al norte de Siria. Una ventana nos da la bienvenida y nos muestra el patio exterior de una modesta vivienda. Sentadas en el suelo del patio, se encuentran la joven Gulê y su madre. Gulê está preparando su próxima boda, pero la inminente invasión de la ciudad por el ejército turco parece dar al traste con sus planes. Los repentinos bombardeos ordenados por el gobierno de Erdogan sobre la zona, fuerzan a la población a abandonar sus casas, algo a lo que se resiste el padre de Gulê que se enfrentará, así, a su consuegro quien, dadas las circunstancias, quiere suspender la ceremonia. Mientras los planes de Gulê se vienen abajo, otra joven, Barin, ve también cómo su boda se interrumpe por los ataques. Acicalada con su vestido de novia, se ve obligada a subirse a un coche para huir de la población hacia territorio desconocido. Al mismo tiempo, en un colegio convertido en asilo para los desplazados, la joven Naze se resiste a obedecer a su madre que trata de organizarle la vida concertando su matrimonio con el hijo de otra de las refugiadas.

De nuevo, como sucedía en A house in Jerusalem, la experiencia personal, casi biográfica, sirve de soporte para el relato de ficción. Y de nuevo aquí la pérdida del hogar se coloca en el centro del drama de los personajes. Si ayer la cinta de Muayad Alayan nos situaba en ese futuro posterior en el desarrollo del conflicto, sobre sus consecuencias, en la pieza de Evdike estamos viviendo el mismo momento en el que arrancan las cosas. Como Alayan, Evdike conoce de primera mano el proceso y nos lo relata. Con una estructura circular, la realizadora siria traza la línea que sigue el recorrido de las sucesivas emociones que invaden a sus personajes. En un primer momento, la incredulidad e, incluso, la negación, representada en el padre de Gulê. Luego, el desconcierto de Barin, una mujer que ve interrumpida su vida a causa de unos hechos de los que no es responsable. Y, finalmente, la aceptación de un drama cuyas repercusiones, poco a poco, se va percibiendo que serán difíciles de revertir.

Sevinaz Evdike fía su propuesta al juego de fuera de campo, bien como estrategia de producción, para eludir costes, bien como apuesta dramática. De nuevo, como pasaba en Riverbed, el sonido juega un papel esencial, pero esta vez son sonidos específicos y no cabe ninguna duda sobre su interpretación. Son el ruido de los aviones que sobrevuelan a una población desprotegida, el estallido de las bombas sobre el terreno. Y si bien en algún momento, el juego se hace evidente (el espectador tarda poco en percibir el truco), queda compensado con una puesta en escena modesta, pero eficaz. En The wedding parade, la cámara de Evdike juega todo el tiempo en la relación entre sus personajes y su entorno, ampliando la mirada del espectador, desde esa ventana inicial que enmarca el mundo de lo cotidiano, a esos planos casi documentales de la marcha de los refugiados en su huida de sus tierras. La cámara establece, así, una relación entre las tres protagonistas y ese paisaje físico, pero también político y social, y se convierte en cronista de ese periplo. Especialmente destacables, en este caso, son esos planos circulares que rodean de tanto en tanto a estas mujeres, marcando el ritmo de la narración, casi a modo de puntos y aparte, pero que son reflejo de su relación con esa nueva realidad a la que se están enfrentando, a su yo interior.

Lo político cae, como las bombas, sobre lo cotidiano, que va quedando expuesto. Evdike hace un retrato muy cariñoso de la sociedad kurda. En este sentido, vuelve a tomar protagonismo la posición de la mujer y la lógica confrontación entre generaciones. Los mayores, guardianes de la costumbre y la tradición, imponen sus valores y recetas a los jóvenes que, aunque no siempre, cuestionan sus decisiones. Pero si, en el caso de Riverbed, esta relación entre modernidad y tradición se resolvía de manera violenta, en The wedding parade, el proceso es muy distinto.

Evdike analiza esta relación, pero, sin plegarse del todo a ella, lo hace desde una posición de mayor respeto y comprensión. La guerra aparece, así, como un elemento que, igual que destruye, construye, al forzarnos, en razón de una situación de crisis, a replantearnos nuestras posiciones. Ahora todo es diferente, la comunidad debe apoyarse en sus miembros para sobrevivir y el matrimonio se percibe como un símbolo de esperanza. Un signo de continuidad de esa comunidad que corre el peligro de desaparecer entre la metralla y el exilio forzado. Es lo que trata de hacerle entender su anciana madre a Naze. Nada está perdido si dejamos algo de nosotros para que nos suceda. Ese deseo de continuidad da la tranquilidad de, al menos, haber cumplido con el deber.

El traje de novia, se manifiesta, así, no como prisión, armadura, sino como emblema de pureza en medio de la barbarie. Un elemento que funciona a modo de testigo que estas tres mujeres se pasan las unas a las otras como metáfora de todo un pueblo. La boda como signo de una normalidad rescatada de la muerte y la opresión. De alguna forma, a pesar de todo, hay futuro.

De conflictos familiares también quiere hablarnos la segunda de las películas de la jornada, Afloat, de la directora turca Aslihan Ünaldi que, en esta ocasión, sí pudo asistir al estreno de su trabajo en el festival, acompañada del productor Kamen Velkovsky y de Serhat Ünaldi, uno de los actores protagonistas de la cinta y padre de la realizadora.

Afloat cuenta el regreso a Turquía de Zeynep y su marido Stephen, desde Nueva York, para pasar unas vacaciones con la familia de ella en un pequeño yate propiedad de su padre. Antes incluso de que empiece la travesía, descubrimos que las relaciones entre los miembros de esta familia no están del todo bien. Su hermana pequeña, Yasemin, está en una situación de franca confrontación con Yusuf, el padre de ambas. La relación entre Yusuf y Alev, su esposa y madre de Zeynep, está en un tira y afloja por una infidelidad. Y la verdad es que las cosas tampoco andan particularmente bien en el caso de Zeynep y Stephen. Aun así, todos emprenden el viaje. Durante el trayecto, encerrados en el estrecho espacio de la embarcación, se verán obligados a convivir. El trato hará que salten los reproches y los recuerdos del pasado. Mientras, Yusuf, periodista de profesión, espera la resolución de una sentencia que puede llevarlo a la cárcel por culpa de un libro que ha escrito.

Le pesan a la película de Aslihan Ünaldi algunas decisiones narrativas y de construcción de personajes y, por ende, de la estructura interna del relato, que trataremos de desgranar. En el terreno narrativo, sin duda cae con fuerza un tempo de montaje excesivamente dilatado para el material que está manejando. La directora turca se recrea en cada escena expandiendo la duración de cada plano, extendiendo, de esta forma, la cadencia de un relato al que podría haberle beneficiado un trabajo de edición que aligerara su ritmo, especialmente en lo que se refiere a las réplicas y reacciones entre personajes. Estas decisiones de montaje, espesan el desarrollo de la cinta que se estira innecesariamente hasta las casi dos horas de duración. No es el número de secuencias lo que hubiera convenido reducir, es ese ritmo interno de las mismas, quedando en el espectador, más que una impresión de profundidad dramática, de agotamiento, restando fluidez a la propuesta.

Pero será en el aspecto de la construcción de personajes y situaciones donde encontramos la mayor debilidad de esta producción. Contaba en rueda de prensa la propia directora la intrahistoria de este relato. Para Ünaldi, el conflicto de Yusuf, cuya situación hace girar toda la trama de la historia y la vida del resto de personajes, se encuentra en el drama de una clase social media liberal adinerada que, desde la llegada del gobierno conservador al país, ha visto censuradas sus libertades, lo que, según relataba, les ha empujado a abandonarlo. El problema es que, tratando de centrar el drama de la película en el retrato de esta familia tipo, Ünaldi es tan escueta en la descripción de este trasfondo político y social que no acabamos de comprender del todo, íntimamente, cuál es el conflicto que sufre el personaje. Sabemos que está en una situación desesperada y que corre el peligro de terminar en prisión, pero al eludir las relaciones que nos hagan comprender su situación, las razones de esa censura a la que se ve sometido, se nos escapan.

Así, sin ese contexto, queda ese retrato familiar que Ünaldi quiere diseccionar. Pero este se vuelve, por momentos, excesivamente frívolo. Como espectadores somos capaces de comprender las derivas de una familia en descomposición cuyos miembros parecen que no terminan de encontrar su lugar en el mundo. Pero esto ni los hace únicos como sujetos, ni sirven como retrato general de una generación o de un contexto social, político o histórico, preciso. Sustraídas las particularidades culturales y socio-políticas de la situación planteada, no sabemos en qué espacio situarlos más allá de su propio contexto de clase, este sí descrito profusamente en la historia. Al final, cuando se resuelve la trama, y sin desvelar el resultado, nos quedan muchas dudas sobre las motivaciones del propio Yusuf y, en consecuencia, sobre en qué medida el cambio de posición de sus hijas con respecto a él, es o no asumible para los espectadores.

Esta circunstancia se percibe especialmente en la relación que tiene la familia con Ali, un chico de clase baja que sirve de mozo en el muelle donde Ysuf tienen atracado su yate. De un modo o de otro, todos los personajes se sirven de él, especialmente Zeynep. Desorientada vital y profesionalmente, Zeynep representa el arquetipo de esa clase media adinerada que resuelve sus problemas a base de tranquilizantes. Zeynep tiene como proyecto realizar un documental sobre el conflicto de los refugiados sirios en el país. Para eso, y tras varias peripecias, entrevista a varios habitantes de un pequeño pueblo de la zona. En las entrevistas, y según la propia realizadora, Zeynep acaba sacando los prejuicios de una base social inculta que no acaba de entender que está sometida a la propaganda gubernamental. Pero el problema es que, al sustraer del relato ese trasfondo social y político que nos ayudaría entender esta situación, lo que queda es la posición de un sujeto privilegiado frente a la ignorancia del populacho. Como Zeynep, Ünaldi utiliza a estos personajes. Al contrario que en la propuesta de la siria Sevinaz Evdike, la realizadora turca no trata nunca de comprenderlos y los observa desde la distancia como meros objetos, a los que dice querer rescatar de la injusticia y el silencio a los que los tiene sometido su gobierno, pero que, situándose por encima de ellos, los mira con la misma condescendencia que sus personajes. Y uno se pregunta, al terminar la proyección, por qué debe empatizar con estas personas.

En este sentido, The wedding parade y Afloat funcionan, así, como las dos caras de un mismo conflicto. Anverso y reverso, no solo de una situación política, sino como dos maneras de entender a la realidad.GERARDO LEÓN

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