38 Mostra de València. Sesión 4: Three sparks & Animalia

FESTIVAL DE CINE

Acercándonos un poco hacia la Europa Occidental, la cuarta sesión de la 38ª edición de la Mostra de Valencia nos trasladaba a Albania, espacio de la narración de Three sparks, un curioso proyecto dirigido por la estadounidense afincada en Méjico, Naomi Uman. Ya su propio título («tres chispas», en español) nos remite a la estructura de esta película que transita la frontera entre el documental y la obra de cine-arte. Estos tres chispazos se corresponden con las tres partes en las que Uman divide su propuesta, y que nos narra el viaje y estancia de la propia directora en Rabdisht, una modesta población situada en las montañas de Albania.

En la primera parte, Uman nos relata su llegada al país. Llegada que se ve inesperadamente truncada por la muerte fortuita de su perro (sic). Un suceso para ella desdichado que, sin embargo, la une aún más al lugar, según entiende tras descubrir una leyenda que narra la costumbre de estas tierras de hacer un sacrificio antes de emprender cualquier empresa, como el documental que está proyectando en esos momentos y del que somos espectadores.

La segunda parte de la cinta se abre con un título elocuente, Free until dawn, y nos lleva al pueblo de Rabdisht siguiendo la pista de la viajera y escritora Edith Durham que visitó este mismo territorio a comienzos del S.XX estableciendo una fuerte relación política con los albaneses gracias a su posición a favor de sus derechos contra los intereses europeos de crear la gran Yugoslavia. En esta parte, Uman retrata la vida cotidiana de sus habitantes, especialmente en lo que se refiere a las mujeres. Nos abre la directora norteamericana, así, las puertas a un mundo rural que se nos muestra aislado del resto y anclado en unas tradiciones que casi parecen retrotraernos del medioevo, entre paisajes rocosos, donde los hombres emigran para ganarse la vida y mantener a sus familias, y las mujeres y niños permanecen para cuidar de las tierras y el hogar.

La vida es dura en Rabdisht. La tierra se labra todavía con medios tradicionales y el frio se combate con leña. Según nos relata la directora, aquí el orden social se rige según el concepto de besa, que, en la lengua local, significa honor. Una idea que, igual que obliga a los habitantes a la hospitalidad con el extraño, al mismo tiempo, sujeta a la mujer al espacio restringido de ese hogar que debe preservar. Especial atención requiere, para la cámara de Uman, la figura de un tipo de mujeres que, bajo ciertas circunstancias, ocupan el rol masculino (generalmente, cuando no hay hijos varones). Los niños y su mundo infantil ocupan también un lugar destacado.

Un cartel que dice XIXA, anuncia la tercera parte del relato que, de alguna forma, nos sitúa frente a una especie de making off del rodaje de la parte anterior y en la que seguimos ante ese quehacer cotidiano. En el patio de la casa, una mujer recoge los huevos que ha puesto una gallina, mientras en la cocina una anciana prepara el pan y los niños juegan cogiendo renacuajos en una zona anegada por el barro. Tres partes conectadas por un mismo sujeto, los habitantes de Rabdisht, pero que Uman ilustra y distingue gracias al empleo de distintas técnicas que van desde el video digital, para la primera parte, la película de 16mm en un blanco y negro muy contrastado para la segunda, o el uso exclusivo de cámaras Gro-Pro en la tercera sección.

Uman mezcla texturas para acercarnos a esta porción del mundo de una manera diferente. Texturas que crean formas para provocar sensaciones en el espectador, superando o tratando de eludir los recursos habituales del documental para incitarlo a mover su posición acomodada y participar de otra manera en su relación con la imagen, lanzándola hacia otros significados. Aquí, de nuevo, el empleo del sonido nos lleva por otros espacios. En la segunda parte de la cinta, por ejemplo, Uman quita los ruidos en directo de las escenas y dobla solo aquellos que le interesan. Además, no pone subtítulos para que comprendamos las conversaciones que tienen los personajes. Todo esto crea una sensación de extrañeza que refuerza la distancia cultural que existe entre lo que vemos en pantalla y ese mismo espectador que mira desde la sala de cine.

Sin embargo, como si no terminara de confiar en el material del que dispone, Uman completa la propuesta con una serie de intertítulos que nos remiten al cine mudo para ir insertando entre escenas unos textos que nos cuenten aquello que se había sustraído a la imagen. Esto apuntala esa impresión de extrañamiento, incluso de incomunicación, con la propia propuesta narrativa. En estos textos, Uman nos da cuenta de sus experiencias y conclusiones ante lo vivido con estas gentes con las que está conviviendo. Y es ahí, en ese texto apuntado en el margen, donde el espectador debe fiar todo el sentido del relato.

El problema quizá resida en la brecha que hay entre ese relato escrito y las imágenes en movimiento. Y es que, si quitamos el texto escrito, despegando de la imagen esa pátina formal que nos imponen las texturas, ¿qué cuenta realmente Three sparks? Lo que queda, superadas las apariencias, es la experiencia fílmica cruda y que no es más que una descripción de la vida cotidiana de estas gentes. Imágenes que, sin embargo, no ahondan en el universo de relaciones de esta comunidad que queda retratada solo en su aspecto exterior, como si eso fuera suficiente para sostener un discurso. Esa ausencia o necesidad de un sentido último no explicitado por las imágenes nos obliga a preguntarnos desde dónde escribe y rueda realmente la directora.

En una de las secuencias de la película, una mujer sostiene una gallina que no para de cacarear. En otra, una niña mira a cámara mientras se come una manzana. En otra escena, un grupo de chicas visten de riguroso negro, mientras, en otro plano secuencia otra niña baila ante la cámara de Uman. Pero, ¿qué significa realmente todo ello? ¿Cómo conectamos ambos planos, imagen y texto escrito, salvo por la palabra dada por la propia directora? ¿Cómo interpretamos el hecho de que haya niñas que tengan que ocupar el papel del hombre en esta sociedad? ¿A qué responde, aparte de a una necesidad puramente económica? A falta de otra información que surja de la propia experiencia filmada, ¿por qué debemos confiar en el relato que Uman hace de estas gentes?

Al final, ante la imposibilidad de superar un cierto exotismo, Uman aparece como un mero espectador curioso, una idea que queda reforzada por su constante presencia en pantalla. Más que un miembro integrado en la comunidad, Uman no puede quitarse esa pátina de turista ocasional que le acompaña, un mero intruso que no logra incidir, con su cámara, en el entorno. Pongo Rabdisht en el buscador de Google y lo primero que me aparece son referencias sobre alojamiento y rutas para senderistas. Podría estar equivocado, pero es el mismo Rabdisht que aparece en el documental. El resultado me hace preguntarme hasta qué punto esta gente está realmente tan aislada, y si acaso el viaje de Naomi Uman es tan irruptor como nos quiere hacer entender.

Aún más al oeste del Mediterráneo, la segunda propuesta de la jornada venía desde Marruecos. Animalia, de la directora Sofia Alaoui, nos presenta a Itto, una joven embarazada que vive junto a su esposo, Amine, en la gran mansión de sus suegros, una familia adinerada, como demuestra, en las primeras imágenes, lo suntuoso de la vivienda y los negocios que parece que manejan. Pero, a pesar de todas las comodidades que la rodean, Itto no se siente feliz. Su suegra no parece aceptarla con agrado y, dado su origen humilde, se siente fuera de su entorno. Pero Amine trata de animarla y la invita a hacer un esfuerzo por adatarse. Al fin y al cabo, se trata de su familia, que ahora también es la suya.

Pero Itto siente que necesita un poco de espacio, así que decide quedarse en la casa cuando todos se marchan a la ciudad a ver al gobernador local. Al fin sola, Itto puede disfrutar de unas horas de tranquilidad, más relajada. Sin embargo, una extraña tormenta desata el estado de emergencia en todo el país. Delante de su casa, pasan las tropas del ejército y cuando ella intenta preguntarles qué está ocurriendo, los soldados la invitan a refugiarse en la mansión. Al fin, Itto logra contactar con Amine que le dice que está atascado por culpa de los controles en la ciudad. Itto está asustada, así que Amine contacta con un vecino que pasará a recogerla para que se reúna con él.

A partir de ese momento, Itto emprende un viaje por el país en el que se enfrentará a no pocas dificultades. De fondo, las noticias de la televisión anuncian la llegada de unas presencias alienígenas de origen desconocido. En la calle, una pintada advierte del posible fin de la humanidad. Los animales se comportan de manera sospechosa sin que nadie parezca advertirlo. En Animalia se percibe el esfuerzo de la realizadora Sofia Alaoui por sacar adelante un trabajo que se sostenga como mezcla de géneros, de un realismo social al relato de ciencia ficción. Sin embargo, ambas propuestas no acaban de estar enlazadas.

Itto acaba abandonada por su guía en un pequeño poblado, quedando aún más incomunicada (ahora ni siquiera tiene cobertura para comunicarse con Amine). Esta situación, le obliga a despojarse de todo cuanto posee, volviendo a su estatus económico anterior a su matrimonio. Animalia cobra cuerpo precisamente en ese retrato de los distintos estratos sociales que componen la sociedad marroquí contemporánea (y dadas las conclusiones del relato, podríamos extender esa conclusión a todo el mundo). En una de las escenas más efectivas de la película, vemos una mesa llena de ricos manjares. Ante una situación de crisis, algunos siguen disfrutando de sus privilegios. Itto retoma su pasado y, asustada, tendrá que valerse por sí misma, recurrir por primera vez a sus propias capacidades para subsistir. De repente, todo se vuelve relativo. La felicidad no tiene mucho que ver con los bienes materiales.

Será cuando a este mensaje se interponga la parte fantástica de la cinta cuando la película entra en terreno más pantanoso.

Alaoui toma elementos del género y los inserta en la historia principal, jugando con los precedentes del espectador. Travellings, el empleo de la música, la incrustación de un misterio que nos remite a cintas como La llegada (Denis Villeneuve, 2016), o 2001, una odisea del espacio (Stanley Kubrick,1968), en aquel juego de escenas que nos remiten a un viaje metafísico que veíamos al final de la cinta. Incluso por momentos, podemos encontrarnos referencias a la cinta de Spielberg, Encuentros en la tercera fase en ese esfuerzo por crear en el espectador una incógnita que mueva a ese misterio del que hablábamos y que conduce el viaje de su protagonista.

Sin embargo, el discurso final al que nos lleva la peripecia de Itto no queda lo suficientemente integrado en el relato de tal forma que, al final, tendrá que ser la directora y guionista de la cinta la que nos aclare su sentido en una voz en off.  Y ahí la resolución de la cinta se nos presenta como un deus ex machina no del todo bien justificado, a pesar del mensaje. Y lo mismo sucede con la presencia de los animales que da título a la cinta. Crean ese ambiente de misterio (de nuevo, Hitchcock) pero su presencia no queda resuelta como justificación de la trama.

Animalia viene a decirnos que nuestro destino no depende de ningún Dios misericordioso que garantice la paz y la prosperidad sobre la Tierra, sino de nosotros mismos y de la conexión que establezcamos con el todo. El problema es que no es el relato el que nos anima a esta reflexión, sino que esta nos viene dada por la propia directora. GERARDO LEÓN

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