38 Mostra de València. Sesión 2: Riverbed & A house in Jerusalem

FESTIVAL DE CINE

Segunda jornada de esta 38ª edición de la Mostra de Valencia con dos sesiones que nos meten ya de lleno en la Sección Oficial. Dos presentaciones en las que planeó, como una sombra, la actualidad informativa que está viviendo el mundo estos días con el recrudecimiento del conflicto palestino-israelí. Un hecho que condicionó la presencia de los dos directores de las películas, que disculparon, por ello, su ausencia en el certamen.

Así comenzaba la sesión de prensa de Riverbed, la primera de las cintas de la mañana, en la que la actriz libanesa Omaya Malaeb recordaba la importancia de un cierto tipo de cine en el momento actual, como probaba el reciente fallecimiento de un fotoperiodista palestino por bombardeos israelíes al que quiso dedicar la proyección.

Riverbed se sitúa en una pequeña población del libano contemporáneo. En una amplia casa con terraza, vive Salma, una mujer de mediana edad. Salma vive sola. Cada día, cumple de manera rigurosa, casi mecánica, con sus obligaciones laborales, mientras su tiempo libre lo emplea en realizar escapadas a la naturaleza con un hombre casado con el que tiene una relación. Sin embargo, y a pesar de que en la vida de Salma parece completa, algo perturba sus noches, cuando se refugia en la soledad de su dormitorio. Ese algo cobra cuerpo cuando Thuraya, su hija, se presenta de nuevo en su casa. Thuraya acaba de divorciarse de su marido y está embarazada. Dos problemas a los que hay que añadir que la relación entre las dos mujeres no parece pasar un buen momento.

Con Riverbed, el realizador Bassem Breche nos ofrece una propuesta que se desarrolla en varios planos. El primero de ellos nos remite a las relaciones personales. Si bien la película no explicita las razones, entendemos que la distancia que hay entre Salma y Thuraya viene de lejos y es, en principio, insalvable. Sin embargo, basta que aparezca un problema para que todos tratemos de refugiarnos en el otro, especialmente si forma parte de nuestra familia. Al conflicto entre estas dos mujeres, se une un contexto social que, como explicaba la propia Omaya Malaeb ante la prensa, retiene a la mujer en un mundo de apariencias y chismorreos, en el que la libertad individual se encuentra sometida al juicio implacable de las convenciones, encarnadas en la mirada escrutadora del vecino. Y de fondo, los conflictos sociales, la violencia, presente en el contexto de un mundo rural casi deshabitado, violencia a veces imaginaria, lejana, pero constante, que marca el ritmo de la vida del país.

Ahora bien, por encima del argumento, la apuesta más interesante de esta producción se centra en varias decisiones formales que establecen el tempo y refuerzan el sentido de la cinta. Si bien en un tono algo más sobrio, Bassem Breche soporta toda su propuesta en el empleo de encuadres en los que se decanta por un juego de simetrías que, por momentos, nos recuerda al cine de Wes Anderson. Ahora bien, a diferencia de Anderson, en Breche el recurso sirve para, más allá del mero esteticismo, apuntalar el tono emocional del relato. Un ejercicio de formas y espacios que refuerza las sensaciones por las que quiere que transite el espectador y que aspiran a ser tan elocuentes como las acciones o situaciones a las que se enfrentan los personajes. Soledad, distancia, se expresan, así, en un diálogo permanente con los lugares físicos, con las paredes, con la decoración, con la misma distribución de la casa, con los espacios naturales, pero también con el vacío que queda entre esos personajes y el mobiliario, vacío que, al final, entendemos que reclama la presencia de una ausencia, o ese hueco que queda entre ellos como metáfora de su incomunicación.

Para potenciar aún más su propuesta y retarse a sí mismo (y al público), Breche prescinde prácticamente de los diálogos, confiando el desarrollo de la trama a la gestualidad de los actores. En este sentido, la cinta llama a destacar la interpretación de sus dos protagonistas en un ejercicio de mímica que, en algunos momentos, rozan lo chaplinesco, lo cual no tiene por qué despertar ninguna desconsideración hacia su trabajo.

En el mismo sentido, el trabajo técnico de sonido se convierte aquí en algo más que en el relleno de las escenas para ocupar un papel narrador, tan relevante como el del resto de elementos de la película. Sonidos domésticos, otros lejanos cuya procedencia nos es difícil distinguir, pero que sugieren y juegan con la memoria del espectador que da o quita intenciones. Sonidos que no solo acompañan a las imágenes, como fondo, sino que son expresión del estado de ánimo de unos personajes en permanente tensión consigo mismos, con el entorno y con aquellos con los que comparten sus vidas. Así, por ejemplo, en una de las secuencias más destacables de la cinta, Salma y Thuraya visitan un río sobre el que pesa la leyenda de la muerte de una antigua princesa de la que se cree que se suicidó por amor. En ese momento, comprendemos que la presencia de Thuraya, a pesar de ser, en el fondo, deseada, es una perturbación en la vida de Salma. Madre e hija contemplan el río, separadas por un vacío tan físico como moral, mientras el estruendo de la fuerte corriente de las aguas expone la furia y la incomodidad que se percibe entre ellas.

Espacios, ruidos que nos hablan a nosotros. Sonidos frente el silencio de la incomunicación.

Mismos deseos y reflexiones en el estreno de la cinta A house in Jerusalem del realizador de origen palestino Muayad Alayan, presentada esta vez por su hermano Rami Musa Alayan, co-autor del libreto en el que se apoya, que también reivindicaba ante el público y la organización del certamen la necesidad de dar voz a una obra como esta en este preciso momento. Y si bien en Riverbed las huellas del conflicto isrealí se podían percibir hoy como parte de ese ruido de fondo del que hablábamos, aquí son la materia misma del relato.

Cuenta la cinta de Alayan la llegada a Jerusalén de una niña, Rebecca, junto a Michael, su padre. Procedentes de Londres donde creció Rebecca, se instalan en una casa señorial en un barrio de clase alta que le ha ofrecido su suegro y abuelo de la niña a cambio de nada. La razón de esta generosidad se encuentra en la relación familiar que mantienen, reforzada por el reciente fallecimiento de la madre de Rebecca y esposa de Michael. La huella de esta ausencia se percibe en padre e hija, dos náufragos embarcados en un proceso de duelo que les ha llevado a abandonar Londres para volver a Israel. En esta nueva vida, Michael y Rebecca tratarán de olvidarse del pasado y reconstruir una nueva normalidad.

Pero esa calma, algo impuesta, se ve pronto alterada por una extraña presencia. Un día, Rebecca se acerca a un pequeño pozo que hay en el jardín de la casa. Del fondo del pozo, rescata una vieja muñeca de trapo. La muñeca está en tan malas condiciones, que su padre, contra los deseos de la niña, se deshace de ella. Esta decisión, pronto se mostrará equivocada cunado otra niña, Rasha, empieza a deambular por la casa. Lo más extraño de todo es que solo Rebecca puede verla.

Contaba el guionista Rami Musa Alayan que la idea para esta película surgió de su propia experiencia personal. Como sucede a algunos de los personajes de la película, como a tantos palestinos en la misma situación, sus familias tuvieron que abandonar su casa por la presencia israelí a finales de la década de los cuarenta. Un día los hermanos Alayan visitaron la casa de sus ancestros cuando un coche con pasajeros americanos se detuvo ante la vivienda, dispuestos a ocuparla. En el coche viajaba una niña.

Aunque en el arranque de la proyección pueda distraernos, A house in Jerusalem pone en el centro del relato el histórico enfrentamiento entre palestinos e israelíes desde que estos se asentaran en esta zona de Oriente Medio tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. Pero, a diferencia de otras producciones, la cinta evita la descripción directa del conflicto y se ancla al género de fantasía para elaborar su propuesta. Eso le permite a Muayad Alayan alejarse de las formas del relato realista para jugar con elementos alegóricos que sirven al discurso del relato. Una decisión que, si bien otorga originalidad a la propuesta, logrando, además, momentos verdaderamente inquietantes, no siempre acierta en ese acercamiento en una película que se hace muchas veces previsible y a la que le pesa unas condiciones de producción que desvela algunas carencias.

Sin embargo, la pieza se ve con cierto agrado gracias a la solvencia de un libreto cuya estructura, más que su materialización formal, logra mantener el interés del espectador, quizá más atento por revelar ciertos misterios en un juego de quién es quién, que por su fondo político.

A house in Jerusalem es sobre todo una pieza amable, que trastea en los elementos de género para adornar un mensaje que nos habla, sobre todo, de reconciliación. Una vez superada la primera impresión y Rebecca empieza a sentirse cómoda con su nueva amiga, ambas se sostendrán mutuamente para resolver sus problemas: el duelo y la culpa por la pérdida de la madre, en el caso de Rebecca, la deuda con un pasado perdido, en el de Rasha. Y aunque ambas pertenecen a bandos distintos de este conflicto, la mutua comprensión las llevará a unirse.

Si en Riverbed, el silencio venía provocado por la falta de comunicación, aquí ese silencio viene impuesto por el devenir de los intereses de la política que, si bien parece alejada de la acción, su mano ser percibe en la vida cotidiana de las personas. Ahora bien, el silencio nunca es silencio del todo. Y el pasado deja huellas, heridas profundas, de las que no podremos desprendernos. Frente a la situación que está viviendo en estos momentos la zona, quizá convenga ver esta película, siquiera para rescatar la mirada de estas niñas que, más allá de la muerte, de los muros y la distancia, nos plantea que siempre hay otra solución. GERARDO LEÓN

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