FIDO

Ruido

au-ruido-h

La primera vez que fue consciente de aquel ruido no estaba haciendo nada particular. En realidad, ya llevaba semanas sin hacer nada que mereciese el honor de tal título. No era fácil describir el tono o la frecuencia del ruido. Era, más bien, como una presencia que lo rodeaba. ¿Había estado siempre ahí o era algo que le estaba acompañando desde hacía poco?, se preguntó. No lo sabía. Solo sabía que lo escuchaba y, según iba siendo consciente de él, cada día a un volumen más alto.

Primero apagó la televisión. Con ello se callaron los políticos vocingleros, los tertulianos de las tertulias que nunca dejaban de parlotear, los reporteros que no reportaban nada (o no hacían más que confundir a sus audiencias) y los presentadores que incitaban al espectador a instalarse en un permanente y estresante estado de alarma que, a veces, él se preguntaba si podían soportar ellos mismos. Así, se callaron también los anuncios promocionales, las músicas estridentes de las cabeceras de los programas concurso o de entretenimiento, las gráficas y los datos tergiversados (o, directamente, manipulados), los profetas del futuro, los estadistas del pasado, y hasta el tipo que daba el tiempo. Con eso, el ruido se mitigó un poco. Pero no se silenció.

Luego apagó la radio. Con ello se callaron los locutores de la mañana, los de media tarde, los de la noche y la madrugada (con sus correspondientes equipos de contertulios y colaboradores), se callaron las notas horarias, los discursos vacíos, el sentimentalismo vacuo, la retórica de saldo, las preguntas banales y las respuestas todavía más superficiales y, sobre todo, aquel moralismo impertinente que parecía impregnarlo todo desde hace tanto tiempo que ya ni recordaba si alguna vez había sido de otra forma. Todo eso ayudó, pero el ruido no dejó de importunarle.

Por ver si el ruido cesaba y siguiendo las pistas, apagó su ordenador. Con ello se callaron (ligeramente) los gritos de las redes sociales, con su mercadeo de mesías y visionaros de toda ideología y condición, sus inquisidores a horario completo, sus sabios sin sabiduría, sus trolls, sus haters y otros tantos anglicismos importados que no sabía qué significaban del todo, pero que había tenido que aprender en tiempos recientes para no quedarse atrás. Pero, muy especialmente, se calló la maraña indescifrable de los periódicos, entre la cual ya le parecía imposible distinguir el trigo de la paja, descifrar el mensaje de lo que era pura oratoria sin fondo o, mucho menos, llegar a alguna conclusión fiable. Pero eso no fue suficiente y el ruido continuó. Qué tonto, se dijo, de repente. Y entonces también apagó su teléfono móvil con lo que acalló el ruido que le transmitían los mensajes que recibía casi a cada minuto del día, algunos de ellos agradables e incluso útiles (saber que no estaba solo era, en parte, un alivio), la mayoría puro ruido que distorsionaba y alteraba, con su estridencia, su frágil estado de ánimo, sumido desde hacía semanas en una noria de emociones contradictorias o, directamente, incompatibles, que ya no sabía cómo manejar. Pero el ruido, aunque parecía que se escuchaba a un nivel algo más bajo gracias a todas estas medidas que había ido tomado, siguió sin callarse y por un momento pensó que ya no podría hacer nada.

Pero entonces cayó en la cuenta y apagó el frigorífico, el microondas, la lavadora, la consola de videojuegos, la luz del pasillo y hasta el despertador que tenía en su mesilla de noche. Eso también ayudó mucho. Pero el ruido seguía ahí, persistente. Con idea de localizarlo, estuvo varios días rebuscando por toda la casa tratando de hallar su origen. Buscó debajo de la cama, en el altillo del armario de su dormitorio, entre los cojines del sofá, en los cajones y las baldas de cada estantería y hasta debajo de la mesa de su estudio. Pero ni con todo ese esfuerzo logró encontrar la fuente de un ruido que ahora sentía que lo acosaba desde todos los rincones, sin separarse nunca de él, un ruido que ya era la casa misma. Y así, continuó tratando inútilmente de aislarse.

Un día, sin embargo, tuvo una idea que consideró reveladora. ¿Y si el ruido que estaba escuchando no estuviera fuera, como él había creído? Decidido a llegar hasta el final, escudriñó dentro de sí para descubrir que aquel ruido insoportable era él mismo. La idea le sorprendió, pero no por ello se dejó llevar por el miedo, pues él era un hombre que siempre había sabido adaptarse a las circunstancias.

Ser ruido tiene muchas ventajas y algún que otro inconveniente. Entre las ventajas, se encuentra el hecho de que no debes rendir cuentas a nadie de lo que haces porque, al fin y al cabo, eres eso, ruido, y no puedes hacer nada por remediarlo. Un lagarto no debe pedir disculpas por ser lagarto, o un gato por ser gato, o una paloma por ser paloma. No puede haber en ello ningún deber moral. Simplemente, una paloma “es” paloma, eso es todo. Por otra parte, otra ventaja de ser ruido (o haberse convertido en ruido, no acababa de saberlo con certeza), es que tampoco gastas mucho en pasatiempos, como salir con amigos, o ir al cine, al teatro o a tomar copas, pues se sabe que uno es solo ruido consigo mismo y no puede compartir su condición con nadie si no quiere correr el riesgo de ser opacado por otro ruido más fuerte. Entre las desventajas, podríamos nombrar las molestias que causas a los que te rodean, pues vivir con alguien que es ruido puede ser irritante y, a consecuencia de ello, muy pernicioso para la salud. Esto último sí le pesaba un poco y más de una vez quiso entregarse a la tentación de apagarse él mismo, harto también de ser ruido, pero, por mucho que anduvo buscando por todas partes, no encontró el interruptor. GERARDO LEÓN

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