Qué decir de… Petra

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Título original: Petra ·Jaime Rosales · España · 2018 · Guion: Jaime Rosales, Michel Gaztambide, Clara Roquet · Intérpretes: Marisa Paredes, Barbara Lennie, Alex Brendemül, Joan Botey.

Con Hermosa juventud, su quinto largometraje, el realizador catalán Jaime Rosales parecía dar un inesperado giro sobre las directrices que habían caracterizado hasta ese momento su obra cinematográfica. De un cine basado en la transmisión de sensaciones, Rosales sorprendía con una pieza que se asentaba en un guion algo más convencional con aquel relato de una pareja de jóvenes que intentaba labrarse un futuro en aquella España en crisis en la que seguimos inmersos. Ese primer “experimento” parecía tener continuidad en su siguiente producción, Petra. Al menos, así es como se esfuerza en contarlo el propio director ante los medios y queda reflejado en las notas de producción que acompañan a su estreno en salas. A juicio de este cronista, sin embargo, lo visto no se corresponde al cien por cien con las supuestas intenciones. Y es que, a veces, el inconsciente se impone a nuestros deseos. ¿Una estrategia puramente comercial para no espantar a la taquilla? Puede ser. Lo dicho hasta aquí, sin embargo, no debe entenderse como un reproche. Digámoslo ya para despejar dudas. A pesar de ciertos pequeños escollos, que comentaremos, Petra es una obra magnífica que da cuenta de la madurez creativa en la que se encuentra su director.

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Petra toma el nombre de su protagonista, una joven pintora que entra en el estudio de Jaume, un viejo y afamado escultor con el que, gracias a una beca, comienza un proceso de tutelaje. Pero las intenciones de Petra son otras. Tras el fallecimiento de su madre, la joven busca a un padre que nunca conoció y que cree haber encontrado en la figura de Jaume. Las cosas no serán tan fáciles. Jaume pronto revela un carácter despótico y manipulador, cosa que, obviamente, va a dificultar la relación entre ambos. En el camino, Petra conocerá a Lucas, el hijo de aquel, un hombre maduro lleno de inseguridades que vive bajo el yugo psicológico de su padre, y a Marisa, madre de Lucas y esposa de Jaume, con el que parece que comparte su visión radicalmente cínica de la vida.

Con estos elementos, Rosales y sus dos guionistas construyen un armazón de claros tintes folletinescos. El asunto principal a dirimir será descubrir si Jaume es el verdadero padre de Petra. En medio, encontraremos una familia unida por relaciones de sometimiento económico y sentimental. Jaume lleva su estudio igual que su familia y el resto de relaciones personales: gobernándolos sobra le base de tortuosos tiras y aflojas, entre la dependencia y la necesidad de escapar de esa sumisión con la que ata a todos los que le rodean. Una muerte sin aparente justificación, un misterio, un amor imposible, el deseo por conocer la verdad, la venganza, serán los elementos principales de la trama. Y si nos atenemos a ello, podríamos decir que sí, que Jaime Rosales ha seguido la senda de su anterior cinta alejándose abiertamente de sus propuestas formales iniciales. No falta de nada: un relato lineal, un conflicto claro y, finalmente, su aparente resolución. Pero esto es más complicado. Y más rico, desde luego.

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Lo primero que hace Rosales es trocear el relato en bloques por capítulos cuyo orden lógico altera. Con unos rótulos de fuertes reminiscencias quijotescas (un homenaje delicioso), Rosales consigue construir una especie de juego, un puzle que desordena para luego volver a ordenar en la mente del público. Con ello, logra despistar la atención de un espectador al que atrapa la necesidad de saber el origen y causas de este conflicto, dónde acabará la cosa. La propia numeración de los capítulos ya corresponde en sí misma un misterio que el público quiere desentrañar. Hacia delante y hacia atrás y, luego, de vuelta otra vez dónde nos habíamos quedado. Además de alimentar la duda, esta estrategia le sirve al director para alejarse de aquello que le aproximaba a su anterior cinta, la mencionada Hermosa juventud, para acercarlo emocionalmente a sus primeros trabajos, no solo porque con ello rompe la linealidad del relato, sino porque esa ruptura tiene una intención precisa.

Tanto en Tiro en la cabeza, como en La soledad o Las horas del día, el cine de Rosales no se asienta tanto en la causalidad de los hechos, como en la fuerza de unos pocos acontecimientos, a veces inesperados, siempre profundamente dramáticos e impactantes, que Rosales ponía en pantalla con la intención, más que de dar salida a un argumento, de transmitir una impresión: la soledad, el desamparo, la violencia que nos rodea y que nos abruma cotidianamente. Aquí lo más valioso de la película se encuentra, de nuevo, en eso mismo. Lo interesante de Petra no se percibe tanto en la resolución del misterio que arranca la trama (quién es el padre de su protagonista), como en ese momento específico de confrontación de los personajes, en ese ambiente que se respira y que les atrapa como una tela de araña y en el que se siente el dolor que los asola. Percibir ese dolor, hacerlo propio, sufrir el impacto de ese descubrimiento, a veces en un gesto, en esa frase reveladora, no de una información, sino de esa reacción que nos empuja a un sentimiento, es lo que da valor a la cinta como experiencia sensible. Y es ahí donde, como decíamos, la obra se aleja de su precedente. Tanto es así que, de hecho, cuando la cinta se empeña, por necesidad, en fijarse a las meras líneas argumentales que sostienen el libreto (quién es quién, el porqué de esto o aquello otro), la cinta se tambalea y está a punto de descabalgar en su credibilidad, llegando a acercarse en algún momento a los modos de un Almodóvar (puede que la presencia de Marisa Paredes influya en esta percepción). Afortunadamente, esos pequeños baches se superan pronto y pasamos por encima de ellos sin demasiadas heridas.

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Otro elemento relevante lo encontramos en su reparto. De nuevo, Rosales se aferra a sus primeros trabajos al mezclar actores no profesionales con otros que lo son. El maridaje da una mezcla de lo más contundente y, aun destacando la labor de todo el casting (magníficos Marisa Paredes, Barbara Lennie y un Alex Brendemül que siempre consigue con Rosales sus mejores registros), hay que remarcar especialmente la de quien es, sin duda, una de las sorpresas que guarda esta película. Con una interpretación francamente extraordinaria, Joan Botey (ingeniero de profesión en la vida real), encarna a un Jaume que concentra todos los conflictos que aquí se dirimen. En la espontanea despreocupación con la que despacha su nulo interés, su evidente desprecio por los sentimientos ajenos, encontramos la estampa del mal en estado puro. Para lograr la coherencia interpretativa entre unos y otros, Rosales se aferra a una manera de dialogar que, de nuevo, lo devuelve a sus primeras obras. Si en Hermosa juventudesos diálogos se atan al estricto andamiaje que imponía el argumento, aquí aparece de nuevo la duda, los espacios vacíos, los titubeos como formas de hacer avanzar aquello que quieren decir los personajes y que, como en la vida misma, a veces no saben expresar, o buscan en su cabeza cómo deben hacerlo, de escenas que se asemejan más a un conversar cotidiano que a una forma dramática clásica. Con ello, Rosales permite ampliar el juego entre lo oculto y lo que se revela, lo que se dice y lo que se guarda, clave, como veremos, de Petra.

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El empleo de la cámara es, sin duda, otro factor relevante. A fin de no perder esa espontaneidad buscada, Rosales rueda cada secuencia en un solo plano, sin cortes, de tal forma que esa intimidad cotidiana que quiere descubrir para el espectador no pueda ser interrumpida. Una cámara que, como decía en esta entrevista, funciona como una especie de ente superior que todo lo visualiza y que se sitúa por encima de los personajes, casi como protegiéndolos. Rosales arranca muchas veces desde una posición fuera de la escena, ante el marco de una puerta que da paso al espacio que va a mostrar, entrando lentamente, envolviendo a unas criaturas que acaban por formar un todo con ese entorno físico, no menos relevante que lo que ocurre. Un ligero devaneo hacia un lado abandona a uno de ellos para escoger al otro, ofreciendo un juego de fueras de campo que carga de fuerza dramática la escena. No es raro que, al ver esta película, surja el nombre del director austriaco Michel Haneke como un referente próximo del cine de Rosales. Y es que, como en el caso del director de Amor, aquello que no se ve, una frase dicha por aquel que queda oculto a nuestros ojos, tiene mayor impacto. No hay que enseñarlo todo.

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Con Petra, Jaime Rosales nos ofrece una pieza que apunta en múltiples direcciones. Apunta, desde luego, a la familia como contendor de muchos de los dramas que nos afligen. En el seno del núcleo familiar se concentran la mayoría de los conflictos que se dan en casi cualquier ámbito de la vida: amor, pasión, desengaños, la traición. Empleando como excusa al personaje de Jaume (quizá el verdadero protagonista de esta historia) Rosales nos obliga a enfrentarnos a los mecanismos del poder en una sociedad que ha hecho del cinismo sin reservas su pura esencia. A pesar de su carácter despótico, Jaume es lo que podríamos considerar un hombre de éxito. Sus obras son muy cotizadas y, con el abundante dinero que gana con ellas, vive en una casa lujosa con todas las comodidades que se puedan pagar. Frente a él, su hijo Lucas, amparándose en una moralidad y unos sentimientos más escrupulosos, es un fracasado, tanto en el plano material como en el emocional. Y lo mismo le pasa a Petra. El mundo del arte queda así retratado como un espejo del mundo mercantilista y capitalista en el que vivimos. Si lo que importa es ganar dinero, como parece sostener Jaume, poco nos afecta cómo es el artista que anda detrás de la obra. El brillo del éxito, del vil metal, tapa la corrupción de todo el sistema.

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La verdad os hará libres, dice la Biblia. Jaime Rosales viene a poner en cuestión esta máxima, al menos en un primer momento. Y lo hace no tanto porque esa verdad oculta, aquello que los personajes tratan de esconder sea, por sí misma, tan destructiva. Es el manejo interesado de esa verdad, su ocultación para proteger los intereses individuales de cada uno, su revelación interesada para herir al de al lado lo que la hace tan peligrosa. Y aquí sí hay una diferencia con respecto al Rosales de sus primeros trabajos. Porque si allí dejaba en el espectador un cierto sabor agridulce, fruto de ese retrato sin paños calientes del mundo que nos mostraba, nuestro propio mundo, aquí, en riguroso respeto con esa dramaturgia folletinesca a la que dice aplicarse, nos abre una salida. No la desvelaremos. GERARDO LEÓN

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