QUÉ DECIR DE… HAPPY END & BRAGUINO

Título original: Happy end· Michael Haneke · Francia · 2017 · Guión: Michael Haneke · Intérpretes: Isabelle Huppert, Jean-Louis Trintignant, Mathieu Kassovitz, Fantine Harduin…

Título original: Braguino· Clément Cogitore · Francia/Finlandia · 2017 · Guión: Clément Cogitore · Intérpretes: Documental.

Si existe en esto del cine un nombre con el que, con mayor claridad, todavía se puede asociar la idea de autor, este es el del austriaco Michael Haneke. El cine del responsable de cintas como El video de Benny o Amor tiene unas características temáticas y formales fácilmente identificables para el crítico y el espectador documentado. Dejando de lado hasta qué punto esto de la autoría es algo tan reconocible como se tiende a exponer, lo que nos trae aquí ahora es reflexionar hasta qué punto estas marcas de identidad pueden ser una carga o ventaja a la hora de interpretar los logros del autor en cuestión y, más particularmente, en el caso de Heneke.

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Su último trabajo largo, Happy End, nos presenta a Eve, una adolescente que tiene a su madre hospitalizada a causa de lo que parece un intento de suicidio. Eve se va a vivir con su padre, al que hace años que no ve, a la casa que comparte con la nueva mujer de éste (con la que tiene otro hijo), su abuela, su tío, y un bisabuelo que está condenado a vivir postrado en una silla de ruedas. A partir de ese momento, Eve se convierte en hilo conductor y guía por el particular universo de esta familia de clase alta desestructurada y enredada en un sin fin de conflictos por resolver.

Desde su estreno en el festival de Cannes, Happy End sufrió el ataque de una crítica que vio en ella un mero compendio de las obsesiones y temáticas que su autor ya había tanteado en sus películas anteriores. Uno de estos temas se refiere a ese retrato que hace su cine sobre las maneras de la alta burguesía. Y aunque esta acusación no deja de tener cierto sustento, quizá sería interesante hacer alguna salvedad porque, si bien es cierto que buena parte de las películas de Haneke tienen como protagonistas a miembros de esta misma clase media-alta, la mayoría de las veces esto no pasa de ser una mera excusa, el fondo o contexto en el que sustentar sus complicadas tramas. Y aquí puede estar la diferencia. Si películas como La cinta blanca exploran los orígenes morales, culturales y filosóficos que la sostienen, es en Happy End donde parece que Haneke quiere indagar de manera más consciente en las conexiones que mantienen unida la compleja maya de intereses que sustentan sus relaciones. Haneke señala hacia dos horizontes: uno exterior y otro interior o íntimo. El elemento exterior apunta a sus motivaciones económicas. Al comienzo de la película, un accidente pone en peligro la supervivencia de la empresa constructora que dirige Anne, la abuela de Eve. Esta situación la obligará a lanzarse a todo tipo de maridajes y, en concreto, con esa nueva clase emergente que, como es obvio, viene a suplantarles: nos referimos al poder financiero basado en la especulación. He ahí su decadencia. Perdidos (o sostenidos con muchos problemas) los privilegios, la antigua clase comerciante ve subyugado su poder en manos de los ahora nuevos beneficiarios de la economía. Sobreponerse o morir. Esa decadencia, fomentada por la dependencia exterior, tendrá su reflejo en el plano interior. Así, pronto saldrán a la luz los viejos amaneramientos de una comunidad corroída por el cinismo y la indiferencia hacia cualquier cosa que no sea sus propios intereses materiales. Una clase social sin moral, sin ética, sin conexiones sentimentales, incluso, entre los miembros de su propia tribu (menos aún, descubriremos, con otro mundo que no sea el propio).

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Otro de los elementos que Haneke ha puesto en primer plano en este trabajo es la influencia de los nuevos soportes digitales en nuestra sociedad posmoderna. Si en la mencionada El video de Bennyo en Caché eran las tecnologías de grabación y reproducción domésticas (el viejo video) los que irrumpían de forma violenta en la vida de sus personajes, Haneke no ha querido dejar pasar de largo la oportunidad de echarle un vistazo a las llamadas tecnologías de la información. Al principio de la cinta, Eve graba a su madre con su móvil mientras hace comentarios que comparte en una de esas redes sociales. Al mismo tiempo, su padre mantiene relaciones eróticas con una nueva amante a través de otra plataforma virtual que nos recuerda a Facebook. Como en las dos cintas mencionadas, las nuevas maneras de comunicación o reproducción de la realidad se vuelven armas siniestras, casi con vida propia, que, lejos de ser neutras, como anuncian muchos de sus defensores, nos devuelven una visión distorsionada (¿o no?), inconscientemente perversa, de nosotros mismos.

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Pero lo que nos llama la atención es ese sentido del humor que, contra lo que suele ser habitual en su cine, ha impuesto a este nuevo trabajo. Haneke no solo busca juzgar a sus protagonistas y ese pequeño microcosmos que parece configurar su mundo, sino que parece burlarse de ellos. Salvo Anne, matriarca suprema del clan, el resto de miembros de la familia parecen vivir en un mundo desquiciado, fuera de la realidad. Los intentos suicidas del abuelo se presentan ridículos a ojos del espectador. No digamos ya las conversaciones supuestamente eróticas que su hijo y padre de Eve, Thomas, mantiene con su amante. Y lo mismo sucede con Pierre, hijo mayor de Anne. Atrapado en esa cárcel de oro que le ha tejido su madre, el joven Pierre responde al patrón del hijo rebelde que se amotina contra la hipocresía y falsedad de su familia. Pero sus reacciones, antes parecen las de un perturbado que las de un auténtico agitador. Incluso, cuando intenta enfrentar a su familia ante la trágica realidad que se desarrolla al otro lado de este mundo de reuniones de negocios, fiestas fastuosas y lujos vacíos, su actitud se nos antoja la de un niño malcriado que, en el fondo, no solo no quiere romper las reglas, sino que se vale de ellas. Poco nos cuesta comprender que su pequeña revolución no llegará muy lejos.

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Cierto es que ese tono irónico, como de burla, que parece atesorar la película (y aquí viene lo que comentábamos al principio de este texto) hace que rebajemos algunos enteros nuestra valoración del resultado final. Dejando de lado el tema que pueda tratar, el punto fuerte del cine de Haneke se encuentra en el manejo del tiempo del plano y en su envidiable capacidad para manejar las expectativas del espectador. De ese dominio, siempre bien calculado, preciso y, sin embargo, invisible, proviene la potencia de la tortuosa (estética y emocionalmente placentera) experiencia de ver cada una de sus películas. Hay tantos ejemplos en su cine que no nos molestaremos en glosarlos. Mejor invitamos al lector a revisar su filmografía y elegir los que más le interesen. Sin embargo, esa pegada de su cine parece que aquí ve menguado su poder de provocación. No es que Haneke haya perdido su capacidad para crear esos momentos de desconcierto, marca de la casa. Ahí está (no la describiremos), la secuencia del accidente con el que se abre la película. Lo que ocurre es que, al contrario que en otras producciones, aquí Haneke parece que ha perdido ese toque para embarrarnos en esa lógica de pesadilla. Queremos achacar a la elaboración del guión parte de este problema. Haneke no parece Haneke de verdad. Nuestro Haneke de siempre. Es como si un mal imitador de sí mismo hubiera tomado su sitio. Presentado el contexto en el que nos desenvolvemos, los conflictos que narra la pantalla nos parecen menos trágicos y la búsqueda de ese instante de angustia parece, incluso, forzada. Aunque bien mirado, también podría suceder que, con esa premisa irónica de la que hablamos, lo que Haneke nos estuviera presentando es una especie de parodia de sí mismo. Y ahí, aunque la construcción del armazón sigue resultando menos efectiva (o efectista) que en otras ocasiones, podríamos entender sus intenciones. Así, es el espectador, el crítico el que queda expuesto. Lo dejaremos aquí.

Resulta muy poco frecuente que las salas comerciales dediquen parte de su programación a películas que no respondan a una duración comercial convencional. Por alguna razón que no se acaba de fijar (¿falta de interés de los distribuidores o del potencial público?) los cortometrajes y mediometrajes, siendo trabajos que, en muchas ocasiones, superan a sus hermanos mayores, los largometrajes, están fuera del circuito habitual de las salas. Esta es una vieja demanda de los autores de estas obras más breves, resignados a que la exposición de sus trabajos quede circunscrita a los festivales específicos. Es por eso que resulta muy encomiable la labor que, recientemente, están haciendo los cines Babel al traernos algunas de estas piezas.

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Braguino, documental firmado por el realizador francés Clément Cogitore, nos lleva hasta las inhóspitas tierras de la taiga siberiana. Un terreno hostil en el que un hombre, el Braguino que da título a la cinta, reside con su extensa familia. Braguino vive fuera de la órbita (del espacio tecnológico y las normas) de eso que entendemos por civilización. Pero ni él ni su familia están solos. Dependientes de los recursos que les ofrece este duro paisaje, los Braguine deben disputar el territorio con otra familia, los Kiline. Por algún motivo, ambos clanes están radicalmente enfrentados. Y en medio, los niños, que juegan y se interrelacionan ajenos a los conflictos de los mayores.

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Con apenas una hora de duración, la cinta de Clément Cogitore rinde un sentido y muy generoso homenaje a la naturaleza. Usando como excusa a su personaje principal, su cámara recorre una tierra que acoge uno de los espacios vírgenes más ricos del mundo. A ambos lados del río Yenséi se despliega una fauna y una flora que nos sobrecoge en la pantalla y nos invita a realizar un viaje a un mundo pre-civilizado donde no existe la ley y la supervivencia depende exclusivamente de las habilidades de los hombres.

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Pero es en esa ausencia de normas cuando surgen los conflictos. Cogitore acompaña en su quehacer cotidiano a su familia protagonista. La caza, la pesca, las labores domésticas son parte de sus rutinas. Y ahí, al lado mismo, unos ojos invisibles no dejan de observarles ni un momento. O eso dicen. Bien por cuestiones de producción (puede que no se prestaran a ello), bien por una decisión voluntaria, Cogitore deja fuera de cuadro a la familia rival de los Braguine, logrando con ello una fuerte tensión dramática. El contrincante se convierte, de esta manera sutil, en un ser sin rostro, eco de todos los fantasmas que anidan y torturan la imaginación de los seres humanos. Incluso en este lugar dejado de la mano de Dios, nos vemos incapaces de entendernos. Uno quisiera pensar que en medio de esta nada tan hostil, la presencia de un ser afín a nosotros daría alas a la colaboración. Nada de eso. En su lugar aparece la amenaza de la apropiación de la tierra y la diferencia frente al otro. Con estos mimbres, el realizador francés hace un trabajo antropológico de primer orden. Despojados de nuestro disfraz civilizatorio, ¿qué nos queda?, parece proponernos. Como haría todo un Werner Herzog en cintas comoGrizzly man, Clément Cogitore viene para desmontar toda idealización sobre las relaciones del hombre con el entorno virgen. Despejados los pelajes del progreso lo que queda es la unión inquebrantable del clan, de la familia, sí, pero también la violencia. Violencia que aparecerá igualmente marcada cuando ese mundo civilizado haga acto de presencia para quebrantar este mundo.

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Braguino es una obra de una intensidad poética incuestionable. En la verdad que desprenden sus personajes y su confrontación con el espacio natural, reside su fuerza dramática (imprescindible, en este sentido, la secuencia de la caza del oso). Ahora bien, fijados estos elementos de partida, quizá lo que nos falla es que el trabajo no nos conduzca hacia un puerto final más concreto y preciso. Expuestas las premisas de su tesis, queremos saber a dónde ha querido llevarnos el director. Sabemos del conflicto de la familia de Braguino con sus vecinos, los Kiline, sabemos de sus dificultades para sobrevivir, pero no conocemos a dónde nos lleva todo esto. Aun así, Braguinoes una pieza que bien merecería estar, junto a lo último de Haneke, Sang-soo o Nobuhiro Suwa,entre los estrenos más destacables de este interesante e inesperadamente intenso final de temporada. GERARDO LEÓN

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