Qué decir de… Génesis & Utøya 22 de Julio

Título original: Genèse · Philippe Lesage · Canadá · 2018 · Guión: Philippe Lesage · Intérpretes: Théodore Pellerin, Noée Abita, Brett Dier…

Título original: Utøya 22. juli · Erik Poppe · Noruega · 2018 · Guión: Anna Bache-Wiig, Siv Rajendram · Intérpretes: Andrea Berntzen, Aleksander Holmen, Brede Fristad…

Desde que François Truffaut sorprendiera al mundo entero con su obra maestra, Los 400 golpes, han sido muchos los directores que han seguido sus pasos. Con su primer largometraje, Truffaut rompía con varios corsés que, entendía su generación, habían maniatado al cine como forma de expresión artística. Uno de esos corsés, se ha comentado infinidad de veces, trababa el trabajo cinematográfico al entorno algo impostado de los decorados artificiales, del estudio. En la medida en que los medios técnicos lo permitían, el cine salía ahora a la calle, a los entornos y espacios naturales para buscar los escenarios de sus nuevas historias. Buena parte del cine moderno debe mucho a aquella generación de cineastas que, con ello, abrió un sin fin de posibilidades. Otro de los grilletes que se rompían apelaba a una etapa de la vida poco estudiada en el cine adulto, el de la infancia o la primera juventud como mundo sentimental a explorar. Y, por último, encontramos la que quizá fuera la principal aportación y que se refiere a unas narraciones que ya no estaban ligadas al desarrollo de un relato sujeto a la resolución de una trama, sino al intento del director por tratar de capturar un sentimiento, una emoción. En este caso, los sucesos que constituían el desarrollo del argumento no respondían solo a una motivación causal, sino a una serie de situaciones que nos llevaban a indagar en esas emociones, base y fin de la obra. La estructura quedaba, así, supeditada a la búsqueda de una sensación, no a la resolución de un conflicto. Todos estos elementos forman parte del último trabajo del director canadiense Philippe Lesage.

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Génesis nos pone tras las pistas de Guillaume, un joven de dieciséis años que se encuentra en un periodo complicado de la vida. Interno en un colegio privado, Guillaume pasa sus días entre los juegos con sus compañeros, sus estudios y el desbarajuste al que le someten sus hormonas. Hijo de padres separados, Guillaume comparte la vida familiar con su hermanastra, Charlotte. Con ella participa de esa época de dudas, de tanteos, de pruebas y errores, de exploración de un mundo que se abre por primera vez fuera de la influencia de sus mayores, solos, una etapa que cimentará las bases de esos individuos que serán más tarde, en un futuro que se esconde a la vuelta de la esquina y en el que empiezan a dar los primeros pasos. Y aquí empiezan los problemas.

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Como Truffaut, Philippe Lesage no centra su historia en una serie de conflictos (aunque hay conflictos, desde luego). Quizá lo más importante de esta película reside en cómo el director canadiense nos conduce por los requiebros sentimentales de sus personajes. No es tanto el desarrollo de esos conflictos concretos, como las emociones que se exponen. Y ahí es donde Lasage pone en primer plano a un espectador que, salvando las diferencias y particularidades de cada generación, se debe sentir inevitablemente identificado. Los conflictos que sufren Guillaume y Charlotte son los problemas de cualquier adolescente que se encuentra en ese momento de su desarrollo vital. ¿Qué ocurre cuando uno se niega a ser otro más entre tantos iguales? ¿Qué sucede cuando uno duda de lo que es o se resiste a ser lo mismo, a seguir las mismas reglas y normas? ¿Cómo convivir con un cuerpo que desea, que siente en cada uno de sus poros la necesidad de querer y ser amado? Guillaume y Charlotte se sienten perdidos, pero tampoco pueden hacer nada para detener el proceso que les avoca a tirarse a las piscinas a las que acabarán cayendo porque, simplemente, la vida es así.

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Philippe Lesage pone al servicio de estas emociones su cámara que, con inteligencia, se mantiene a cierta distancia de sus personajes abriéndonos el plano para que veamos a sus criaturas envueltas en ese entorno físico y social con el que se relacionan. Así, vemos a Guillaume y Charlotte en clase, en la habitación de su residencia, en una discoteca, en una fiesta en casa de unos amigos o, simplemente, caminando por una calle solitaria de la ciudad. Son ellos junto (y frente) a los otros, los que les rodean, sus supuestos amigos y familiares, sus amantes o esos conocidos ocasionales que forman el panorama que configura su ecosistema sentimental. Y cuando el plano se cierra lo hace para exponer esa necesidad de comprensión que necesitan y que, finalmente, encuentran el uno en el otro. Dos almas perdidas en una isla rodeada de gente.

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Cierto es que algunos de los sucesos a los que vamos a asistir ya los hemos visto reseñados en otros trabajos. No es nuevo ya para el espectador moderno el relato de las dificultades de ese chico que sufre por desvelar esa identidad que se oculta a las apariencias. O los problemas de una chica que no acaba de lidiar con su sexualidad en un mundo que la ve como un objeto, su inocencia a la hora de escoger una pareja que se acople, si es que eso es posible, a sus necesidades y su deseo por conocer. En el desarrollo de aquello que tiene de trama esta película, el espectador siente que ya ha transitado otras veces estas sendas. Pero si Génesis nos interesa es por el carácter íntimo de unos personajes que no podemos por menos que acoger y tratar de proteger, y aquí llama la atención la interpretación de dos actores que están francamente excelentes en la búsqueda de esos matices que traspasan las líneas gruesas de dos simples personajes para convertirse en seres humanos vivos. En ellos se sostiene la verdadera potencia de este trabajo.

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Más desconcertante puede parecer, al menos en un primer momento, el inesperado giro que hace Génesis en el último cuarto de su largo metraje. En un momento dado, resueltos o no los problemas que atañen a Guillaume y Charlotte, la película nos presenta a Félix y Béatrice, dos preadolescentes que pasan el verano en un campamento de montaña. Entre canciones y juegos en grupo, surge entre ellos el primer amor. Y aquí, de nuevo Philippe Lesage nos sumerge en las emociones que invaden a los dos chicos. ¿Qué relación hay entre la pareja que forman Félix y Béatrice con Guillaume y Charlotte? Quizá poca. O toda. Es otro momento, antes de lo que vendrá después. La misma cosa, pero diferente, otra fase, más limpia, más pura e inocente aún. Amores y desamores, reencuentros y distanciamientos inevitables, la alegría de ser aceptado por otro y el dolor de la separación. Ahí están las pistas.

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Si al principio de esta crónica nos remitíamos a Truffaut para referirnos a la película de Philippe Lesage, ahora convendría llamar la atención, salvando las lógicas distancias, sobre otro de los grandes de la Historia del Cine, Alfred Hitchcock, con cuya película, La soga,intentaba, allá por los años cuarenta del siglo pasado, hacer algo que la tecnología no le permitía a priori. Sobre la base del relato de un crimen, Hitchcock pretendía construir una pieza rodada en un solo plano en continuidad, sin cortes, intento frustrado por el hecho de que los chasis de película de aquella época le obligaban a cortar el rodaje cada cierto tiempo. Este no es el problema que sufre el director noruego Erik Poppe en Utøya, 22 de Julioen la que hace una reconstrucción de los dramáticos acontecimientos que hicieron tambalearse la vida y la conciencia de su país en el verano del año 2011. En aquel día 22 de julio que da título a la película, un terrorista de extrema derecha atentaba contra un campamento de jóvenes adscrito al Partido Laborista en la isla de Utøya, matando a decenas de ellos y dejando heridos a otros muchos. Los supervivientes de aquel dramático suceso contarían a Poppe su experiencia, base del largometraje que ahora llega a nuestras pantallas.

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Al contrario de lo que le sucedió al maestro del suspense, las nuevas cámaras digitales sí permiten al director noruego rodar su película en un solo plano secuencia ya sin interrupciones. Cámara en mano, Poppe sigue a Kaja, representación ficticia de uno de los tantos jóvenes que pudieron estar envueltos en aquella situación tan dramática. La vida en el campamento comienza una mañana cualquiera, entre encuentros y conversaciones aparentemente triviales, cuando varias detonaciones rompen la armonía. Alguien parece que está disparando a los chicos. A partir de ese momento, seguiremos a Kaja en su desesperado intento por escapar a la masacre.

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Como en la cinta de Hitchcock, lo más relevante en Utøya 22 de Julio se encuentra, sobre todo, en una puesta en escena construida al milímetro. Bien es cierto que la propuesta de Erik Poppe se desarrolla en un estilo casi televisivo que, a mi juicio, le resta algo de peso, pero su audacia no se puede dejar pasar. Kaja corre junto a sus amigos a resguardarse de los ataques. Su situación es desesperada y no sabe a dónde ir. Además, quiere saber qué ha sucedido con su hermana pequeña, de la que se ha separado accidentalmente. Poppe pone la cámara junto a la chica, a la que no dejará en ningún momento, encuadrándola en un plano muy corto. Si bien con unas premisas formales muy diferentes, igual que en el caso de Philippe Lesage, la relación que establece el noruego con el espacio es crucial. Como en Génesis, la evolución de los acontecimientos queda supeditada a un entorno repentinamente hostil. ¿Dónde puede refugiarse Kaja? Aturdidos por la velocidad a la que suceden unos hechos a los que no encontramos explicación, desorientados en un espacio cuyas dimensiones desconocemos, Poppe nos transmite la misma sensación de desconcierto y desorientación que sufren sus personajes. Resulta interesante el empleo de dos elementos clave de esta propuesta: el fuera de campo, es decir, aquello que ocurre fuera de los límites de la imagen, y el uso dramático del sonido. Ruidos que no sabemos de dónde proceden, pero que acechan, la misma indefinición de un entorno cuyos límites y geografía quedan mal dibujados, contribuyendo a bucear en ese mismo estado de anarquía que padece Kaja.

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Erik Poppe nos propone una reflexión sobre las consecuencias del ascenso de ciertos fanatismos en el continente europeo. Pero no lo hace apoyándose en grandes discursos contra aquellos que los protagonizan. De hecho, si algo deja fuera de su trabajo es, precisamente, a un asesino al que no pone rostro ni nombre. Es lo de menos. Lo que importa son los hechos y, sobre todo, sus consecuencias. Y quizá sea mejor así porque, ¿cómo combatir aquello que no tiene justificación? ¿Cómo razonar con quien se ha entregado a la sin razón? Solo podemos mostrar lo ocurrido y que la ciudadanía, aquellos que aún no han sido envenenados por ese mismo fanatismo, miren estas imágenes y digan, ¡qué barbaridad! ¿Cómo es posible que sucedan estas cosas? Aquel día y en poco más de una hora, los criminales acabaron con la vida de más de setenta de aquellos jóvenes cuyo único error fue estar en el lugar equivocado. Su último día. La última hora de sus vidas. A ver cómo se explica eso. GERARDO LEÓN

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