Otra ronda & Guerra de mentiras

Título original: Druk · Thomas Vinterberg · Dinamarca · 2020 · Guion: Tobias Lindholm, Thomas Vinterberg · Intérpretes: Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang…

Título original: Curveball · Johannes Naber · Alemania · 2020 · Guion: Oliver Keidel, Johannes Naber · Intérpretes: Virginia Kull, Dar Salim, Thorsten Merten…

El cine del danés Thomas Vinterberg saltaba a la escena internacional con Celebración, su muy logrado segundo largometraje, inscrito dentro de lo que se conoció como movimiento Dogma, formado junto a su compatriota y amigo Lars Von Trier. Desde entonces (hablamos ya de finales de los años 90), la filmografía de Vinterberg ha seguido un camino algo irregular: menos inspirado cuando se adentraba en los terrenos de los géneros o el relato histórico (Lejos del mundanal ruido, La comuna), más acertado cuando regresaba a ese análisis mordaz de la sociedad de su tiempo, caso de la también celebrada, La caza. Dentro de este segundo grupo encontramos su brillante última producción.

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Otra ronda nos presenta a Martin, un profesor de instituto que se encuentra en plena madurez de la vida. Martin asiste a sus clases de historia con profundo desinterés, tanto por la materia que debe impartir como por unos estudiantes que tampoco le escuchan cuando se dirige a ellos. En su casa, las cosas no marchan mucho mejor y su relación con su mujer y sus hijos es casi tan distante como la que tiene con sus alumnos. La apatía y un aparente desapego por todo lo que le rodea parece que han anidado en el corazón de Martin. Aunque todo se derrumba a su alrededor, él es como un intruso en una fiesta a la que nadie le ha invitado. Y lo mismo le sucede al resto del grupo de amigos a los que frecuenta, todos profesores del mismo instituto donde trabaja y con los que sale de vez en cuando a cenar. En una de sus cenas, uno de ellos, Nikolaj, presenta a sus compañeros una curiosa teoría que dice que el cuerpo humano adolece de una necesaria cantidad de alcohol permanente en sangre. Según esta teoría, expuesta por un prestigioso psicólogo, bastaría con suplir (bebiendo) esta ausencia de alcohol, para alcanzar la plenitud en nuestras habilidades sociales. Para apoyar su tesis, Nikolaj recuerda a figuras históricas como Ernest Hemingway o Winston Churchill, ilustres borrachos y grandes genios en sus respectivas trayectorias. Dicho y hecho: Martin y sus amigos deciden poner en práctica la teoría, dispuestos a cambiar sus lúgubres existencias.

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Con esta premisa, Otra ronda se presenta como un demoledor análisis de las relaciones personales en la sociedad contemporánea. Ya hemos comentado los problemas familiares de Martin, pero al resto de sus amigos no les va mejor. Nikolaj vive bajo el yugo de una mujer de la que depende económicamente, pero a la que no soporta (ni ella lo soporta a él) y unos hijos con los que tiene una relación meramente documental, Peter busca una pareja que no encuentra y Tommy vive solo desde que su esposa lo abandonó. Pasada la mediana edad, ya no les queda nada, más que esperar a la muerte, lo que no han hecho, ya no lo harán, y lo que fueron queda tan lejos en el tiempo que ni lo recuerdan. A su alrededor, la siguiente generación de esos adolescentes que ellos fueron alguna vez, rezuma vida por todos los poros de sus hormonados cuerpos. Como ya ocurriera en La caza, Vinterberg apunta a la decadente clase media de su país, a la que, logrados los objetivos (casa, familia, según el caso, un trabajo seguro y, entendemos, bien pagado), ya no les queda ningún estímulo vital que los mantenga derechos.

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Sin embargo, esta primera lectura resulta engañosa, pues, según va avanzando la cinta, descubriremos que no es que Martin haya olvidado a ese verdadero yo que fue en algún momento de su hoy desastrosa vida. Es que ese yo ha quedado sepultado, amordazado por las exigencias que le imponen las convenciones de esa sociedad. Bastará unas cuantas gotas de alcohol para romper las cadenas que lo atenazan. A partir de ese momento, las cosas darán un giro. Martin se muestra ocurrente con sus alumnos y en él se despierta un nuevo interés por compartir su saber. Y lo mismo sucede en el ámbito de la familia en el que Martin se muestra mucho más diligente, lo que le permite recuperar la atención de su esposa y sus apáticos hijos. Ahora bien, el problema surge cuando su pequeño secreto queda al descubierto. Ahí aparecerán de nuevo los miedos, las incertidumbres e inseguridades.

Desde un punto de vista formal, Thomas Vinterberg pisa terreno conocido. Lejos quedan ya aquellas provocaciones del movimiento Dogma (que aún sigue el incansable Von Trier). Su cine se ha vuelto, en este sentido, más conservador. La cámara sigue todavía al hombro, pero está mucho más estable, y la iluminación responde de acuerdo con los cánones técnicos. Por otro lado, la improvisación actoral ha desaparecido y en su lugar hay un guion férreo, aunque muy bien estructurado, escrito a cuatro manos con su colaborador Tobias Lindholm, director de la muy interesante A war. Pero nada de todo esto desmerece su trabajo ni impide que Vinterberg explore nuevos terrenos.

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En este sentido, conviene destacar el imprescindible humor que rezuma la película en cada uno de sus fotogramas. Vinterberg se descubre aquí como un excelente director de actores y coreógrafo, para lo que cuenta con un reparto en un estado de muy reseñable inspiración. En la mejor tradición del cine de cómicos como Chaplin, Buster Keaton o un Howard Hawks, Vinterberg fía parte de la eficacia de su propuesta al rostro y las expresiones de sus actores y a cómo se desenvuelven físicamente en el espacio que les rodea. Especialmente hilarante será, en este sentido, la secuencia del supermercado (que no describiremos para no estropear la sorpresa). Hay muchas más.

Con Otra ronda caben muchas interpretaciones. Habrá quien aprecie en la película esa crítica social que ya hemos comentado. También habrá quien la interprete como una exaltación del alcohol y es posible que aquí aparezca quien se atreva a censurarla. Pero creo que si por algo destaca esta producción es por su profunda humanidad. En el cine de Vinterberg los personajes no son individuos de una sola pieza. Son hombres y mujeres que dudan, que se sienten perdidos, confusos. Pero de ese esfuerzo por enfrentarse (siquiera torpemente) a ese estado de confusión, dan cuenta de lo mejor de sí mismos. Apartadas a un lado las convenciones impuestas por un orden que, en el fondo, no solo no ordena nada, sino que nos deja abandonados a la suerte y sin un asidero en el que sujetarnos para afrontar la adversidad y el desconcierto, aparece el niño que aún desea jugar y disfrutar de la vida. En este sentido, puede que el final de esta película nos pueda parecer algo enigmático. Nada más lejos, pues allí donde parece que no se resuelve nada, se nos resuelve todo. Una delicia.

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Parece que fue hace mucho tiempo, pero, en realidad, fue ayer mismo cuando dos aviones de pasajeros se estrellaban contra las llamadas Torres Gemelas de la ciudad de Nueva York. Tras el atentado, el mundo se volvió loco. Ahora bien, hasta ahora conocíamos los hechos y qué intereses privados y políticos empujaron a Estados Unidos a desatar la vergonzosa guerra de Irak. Lo que quizá no conocíamos tanto es cómo se articularon los mecanismos que justificaron aquella guerra sin causa que condenó, según algunas estimaciones, a cientos de miles de civiles a una muerte del todo innecesaria.

Basada en hechos reales, Guerra de mentiras nos pone frente a la historia del doctor Arndt Wolf, un experto en armas biológicas que está buscando pruebas de las mismas en el Irak aún gobernado por Sadam Husein. Su misión, sin embargo, es cancelada y Wolf debe regresar a Alemania, su país, para continuar su trabajo para el gobierno. Pero una serie de casualidades lo colocarán delante de Rafid Alwan, un refugiado iraquí que dice tener información sobre las armas que, sospechan, Saddam está ocultando en alguna parte. El testimonio de Alwan es confuso y no parece estar dispuesto a hablar hasta que el gobierno alemán le proporcione la documentación y la protección que garantice su seguridad frente a los servicios de inteligencia iraquíes que, dice, le persiguen. Wolf sospecha que Alwan tiene lo que necesita, lo que lo empuja a ayudarle contra los criterios de algunos de sus superiores. Al fin, Alwan dará una información que resulta igualmente ambigua. Sin embargo, el gobierno ha decidido creerle para adelantarse a la labor de espionaje de los norteamericanos. Alemania recupera, así, su posición internacional. O eso creen.

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Guerra de mentiras nos pone frente a un hecho incuestionable: todos los gobiernos mienten. Y sí, a estas alturas ya estamos acostumbrados a que el cine aborde estas cuestiones. Lo que ya resulta algo menos usual es que lo haga refiriéndose a un gobierno del ámbito europeo. En cuanto se descubre la mentira, una serie de acontecimientos, no siempre visibles a ojos del espectador, se van a poner en marcha. Sucesos que terminarán implicando a los servicios secretos alemanes y a la mismísima CIA, que ha puesto los ojos en esta historia. En medio de todo este embrollo, Wolf representa al hombre corriente, aquel que queda al margen de los intereses de los que tienen el verdadero poder. En este sentido, la cinta del director alemán Johannes Naber pone a nuestra inocencia de ciudadanos corrientes como primera víctima de esas mentiras alimentadas por los poderosos. Wolf está decidido a revelar la verdad, pero su búsqueda lo lleva a descubrir que todo su mundo, sus creencias, están basadas en suposiciones igualmente falsas. Y es que los principios de Wolf, se sostienen siempre y cuando se presuponga que se respetan ciertas reglas. Unas reglas que, en realidad, son pura fantasía.

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La otra de las víctimas de esta guerra es, por supuesto, la verdad en su acepción más abstracta. Si todo el mundo miente, si no podemos confiar en nada ni nadie, ¿qué nos queda? Pero quizá donde la película de Johannes Naber se vuelve más interesante es en la forma en cómo nos muestra los hechos. Guerra de mentiras es una cinta que se presenta como un thriller de espías con una cierta inclinación documentalista. Poco a poco, sin embargo, ese tono realista va tomando un matiz más teatral, exagerado, incluso, bufonesco. Tal es así que, por momentos, ese acento caricaturesco acaba por hacer mella en la verosimilitud de lo que estamos viendo. Sin embargo, esta estrategia tiene todo su sentido.

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Guerra de mentiras es una pieza que se desarrolla por capítulos según van pasando los años, desde 1997 hasta 2003, cuando el general Colin Powell expone ante el consejo de Seguridad de la ONU sus pruebas contra Sadam Husein en una de sus reuniones más memorables, retransmitida en directo a todo el mundo. Cada uno de estos capítulos está acompañado de imágenes reales documentales que nos van marcando el contexto histórico en el que se desarrollan los acontecimientos de la historia de ficción que se nos relata. Esta contraposición entre la forma, cada vez más sobreactuada, del relato cinematográfico frente a los sucesos reales, televisados, van desvelando el verdadero significado de estos últimos y nos van descubriendo el mensaje de esta película. La charada, lo carnavalesco, se contrapone, así, a la realidad, que se nos revela ahora en toda su bufonesca desnudez, mucho más ridícula que lo que pueda elaborar la propia ficción. En manos de Johannes Naber, la política se convierte, de esta forma, en un ejercicio de absoluta desvergüenza, tan ridículo que uno se pregunta cómo es posible que aún se pueda sostener. Un monumento de denuncia de la necedad humana. GERARDO LEÓN

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