ISLA DE PERROS & CUSTODIA COMPARTIDA

Título original: Isle of Dogs · Wes Anderson · USA · 2017 · Guión: Wes Anderson (sobre la historia de Wes Anderson, Roman Coppola, Kunichi Nomura, Jason Schwartzman) · Intérpretes: Animación.

Título original: Jusqu’à la garde · Xavier Legrand · Francia · 2017 · Guión: Xavier Legrand · Intérpretes: Animación. Léa Drucker, Denis Menochetm Thomas Gioria…

De un tiempo a esta parte, el cine de Wes Anderson ha caído en una especie de complacencia auto-referencial que se percibe en la forma de construir sus relatos. Anderson parece haber encontrado la receta adecuada a su manera de encarar sus historias, si bien a sus trabajos empieza a pesarle una sensación de fórmula que, sin duda, reduce las posibilidades de sorpresa para aquellos que, como un servidor, seguimos su carrera desde hace tiempo. En resumen, lo que quizá al principio resultaba fresco y original, hoy parece lastrado por una serie de tics que ya parecen superar la idea de marca de estilo, especialmente porque en el cine de Anderson, al contrario de lo que sucede con otros realizadores, estas maneras son tan evidentes que no se le pueden escapar ni al espectador menos atento a esto que los críticos entendemos como soluciones formales. Renovarse o morir.

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Isla de perros nos lleva hasta Japón y, en concreto, a la ciudad de Megasaki, una mega-urbe que fácilmente nos recuerda al Tokio contemporáneo y donde perros y humanos conviven en armonía. Antes del comienzo del relato, la película nos pone en antecedentes sobre una guerra de poder por el gobierno de la ciudad a cargo de dos familias enfrentadas, una al lado de los gatos y otra de los perros. Ganaron los partidarios de los perros, lo que facilitó que su población creciera de manera exponencial. Todo iba bien, hasta que una repentina enfermedad empezó a afectar a los animales. Para protegerse de la epidemia, el acalde Kobayashi decreta la expulsión de los canes, a los que exilia en una isla donde se abandonan los desperdicios de la ciudad: la Isla basura. Allí, los perros iniciarán una nueva vida lejos de las comodidades de sus hogares humanos, organizándose por bandas para sobrevivir. Pero un día, una extraña nave aterriza en Isla basura pilotada por un niño, Atari, que llega en busca de su mascota. Para ayudarle en esta misión, contará con una pandilla de cinco perros hambrientos y desesperados.

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Con estos elementos, Anderson vuelve a recurrir a la técnica de stop-motion como hiciera en Fantastic Mr.Fox. Y es ahí donde encontramos lo más destacado de esta producción. Como Anderson ha declarado en varios medios, Isla de perros es, en primer lugar, un homenaje al cine japonés, con la vista puesta especialmente en directores como Yasujiro Ozu o Akira Kurosawa, así como en la larga tradición que atesora en la producción del cine de ciencia ficción y de monstruos, donde las figuras animadas han tenido siempre tanto peso. Pero, sobre todo, creo que donde el realizador de Life aquatic encuentra su mayor punto de atracción es en una cultura con la que sin duda tiene muchas afinidades estéticas. Anderson y su equipo de animadores, arropados por las premisas futurista de la trama, construyen un universo donde se mezcla lo real o posible con lo puramente inventado para dar a su trabajo ese halo de fantasía que rezuma. Y es ahí donde el público encontrará también su punto más atractivo, en el trabajo de construcción y diseño de escenarios y personajes. En su última producción, Anderson hace un ejercicio de meticulosidad francamente encomiable. En cada plano, encontraremos montones de detalles con los que deleitar nuestras ávidas retinas de espectadores. Desde un punto de vista técnico, un trabajo lleno de virtuosismo, un auténtico disfrute de principio a fin. Basta con ver la escena con la que arrancan los títulos de la película para entender lo que decimos.

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Hay, por lo menos, dos formas de analizar el fondo del relato que Anderson (co-guionista también del proyecto) pone en pantalla. En primer lugar, Isla de perros se puede interpretar como un alegato en contra de las manipulaciones del poder. A medida que vamos avanzando en la historia, vamos descubriendo que los intereses del alcalde Kobayashi van más allá de proteger a la población de Megasaki de la epidemia que afecta a los perros. Con una estética que se acerca a V de vendetta (recuerda también en ocasiones al Ciudadano Kane de Orson Wells o al Metropolis de Fritz Lang), Anderson y su equipo quieren hacernos reflexionar sobre los mecanismos de propaganda de los que se sirve el poder para manipular a las masas. No menos evidente es el alegato en defensa de los cánidos que subyace igualmente en esta producción. Abandonados por los humanos, los perros luchan por recuperar su lugar en el mundo, lejos de la basura y el abandono. Pero, más que nada, Isla de perros es una bonita fábula en favor de la amistad, el amor, la esperanza, la lealtad y la necesidad (o dificultad) de comunicación entre humanos y esa naturaleza de la que nos hemos ido distanciando, tan lejos, que ya no comprendemos ni su idioma. No diremos más.

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Sin embargo, como decíamos al principio, el último trabajo de Anderson lastra un problema, digamos, de un excesivo amaneramiento. Al menos desde Viaje a Darjeeling y con mayor profusión en la citada Fantastic MR.Fox, su cine destaca por una puesta en escena muy particular. El uso de travellings paralelos, la búsqueda constante de la simetría en la composición, una representación de las escenas frontal, casi teatral, junto a un montaje marcado por el ritmo de los diálogos o la voz en off (omnipresentes en sus películas) son algunos de los recursos con los que Anderson construye sus relatos. De la combinación de estos elementos surge, por ejemplo, su sentido del humor, marcado por la cadencia o musicalidad que consigue en el juego entre textos e imagen, en las miradas de sus personajes, en los gestos inesperados en un segundo o primerísimo primer plano de las escenas. Ahora bien, de la buena articulación de todos estos elementos depende la fluidez de la narración. Funcionaba bien en Fantastic MR.Fox, pero mucho peor en El gran hotel Budapest y con no pocas dificultades en esta Isla de perros donde la excesiva repetición de estos recursos la hace caer por momentos en una excesiva reiteración. Un tempo menos medido, la ralentización a la que se ven sometidas algunas secuencias a causa de un exceso de diálogos e información (casi todo lo que sucede queda profusamente explicado, y hay mucho que explicar) atascan el relato, creando en el espectador la idea de que aquello no avanza o lo hace demasiado lentamente. En resumen, Isla de perros ofrece al espectador una muy buena historia, rodada con mimo, cuyo ritmo, sin embargo, queda condicionado por un guión literario muy recargado, algo farragoso en algunos pasajes. Y todo ello le hace perder esa frescura de la que hablábamos al principio y que era su marca original. La pregunta que nos hacemos es si, a estas alturas de su carrera, Anderson no debería tratar de explorar nuevos horizontes estéticos y dejar ese camino sobradamente explorado.

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Problemas estructurales o de estrategia padece el primer trabajo largo del director francés Xavier Legrand. Custodia compartida empieza con una secuencia particularmente reseñable. Una pareja, Myriam y Antoine, se encuentran delante de la juez. En medio del proceso de divorcio, ambas partes en litigio se juegan la custodia compartida de los hijos y, especialmente, de Julien, el pequeño de nueve años. Asistidos por sus abogadas, los dos exponen sus razones, quedando pendientes de la decisión de la magistrada que instruye su caso. Pero las cosas se complican una vez empieza el nuevo régimen de visitas. Antoine recoge a Julien para pasar juntos el fin de semana, mientras su madre pone todos los obstáculos posibles para evitarlo, si bien finalmente no tiene más remedio que ceder y entregárselo al padre. Los conflictos entre ambas partes serán constantes. Y en medio, el pobre Julien, que trata de manejar como puede la situación. Sin embargo, descubriremos que las intenciones de Antoine con su hijo no son tan nobles como dice. Al contrario, Antoine usa al niño para acosar a su madre a la que parece que quiere recuperar. Al final, se desata el infierno.

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Sin duda uno de los valores en los que se apoya esta producción es el equipo de actores. Xavier Legrand, guionista de este trabajo, pone toda la carne en el asador en la construcción de situaciones que pongan en juego la psicología de unos personajes llenos de matices. Y lo hace, además, permitiendo que estas psicologías se revelen a través de sus comportamientos, sus contradicciones, fruto de esa articulación, bien labrada, al menos, durante las dos terceras partes del relato. Es de destacar, en este punto, la labor de Denis Ménchonet y Léa Drucker que hacen un trabajo de contención francamente encomiable. Pero sin duda quien se llevará toda la atención del público será el actor Thomas Gioria en el papel del joven Julien. Gioria, que afronta su primera interpretación para el cine, consigue trasmitir con descarnada credibilidad las dudas e incertidumbres a las que se enfrenta esa alma infantil escindida por un conflicto que lo coloca en el medio, mercancía de intercambio en una guerra que está por encima de él.

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Pero a medida que la película va avanzando, buena parte de este trabajo de contención y sutileza se va volviendo algo más tosco. Para entendernos, Xavier Legrand plantea una situación inicial, el conflicto del derecho a la custodia compartida de los hijos durante un proceso de divorcio. Y en esa situación, su relato parece esmerarse en dilucidar las complicaciones que todo ello supone: las disyuntivas que plantea esta confrontación entre partes por defender sus intereses particulares, la complicada situación de los hijos o el no menos peliagudo papel de la justicia y sus muchos recovecos. Y, al menos durante los dos primeros tercios de la película, Legrand sigue jugando a hacerle creer al espectador que ese es el terreno en el que está jugando. En buena medida, durante buena parte del metraje, parece que el conflicto de Julien se centra en cómo escapar emocionalmente de esa tierra de nadie en el que le han colocado las dos partes en pugna. Pero todo ello va quedando repentinamente fuera del tablero cuando descubrimos que nada de eso es relevante, quedando todo el conflicto en un caso de acoso.

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Legrand plantea un interrogante inicial sobre una cuestión peliaguda: la custodia compartida. Pero luego se deshace de ella dejando atrás esa sutileza y meticulosidad para entrar en un retrato más simple, el del acosador. Lo que hasta un cierto momento venía desarrollándose de manera sugerente, dejando que fuera el propio espectador el que uniera los cabos sueltos, queda entonces en una mera enunciación. Al final, hay un bueno, hay un malo, y ya está. Más que decantarnos por censurar o no el comportamiento de Antoine, el problema es que Legrand ha querido hacer dos películas en una. En la primera, abordaría la cuestión de la custodia compartida (tema en el que, si establecemos la lógica relación de causalidad, toma parte), en la segunda nos describiría un caso de violencia de género o acoso. Y temo que las dos entran en contradicción y no terminan de funcionar juntas.

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Pero es quizá en esta última parte de la película donde las cosas decaen también desde un punto de vista formal. En Custodia compartida, Xavier Legrand no demuestra tener una gramática cinematográfica especialmente llamativa. Lo interesante ocurre dentro de la escena, entre los personajes. Pero es en el manejo del tempo de la acción donde encontramos sus mayores debilidades. Legrand apela al cine de Alfred Hitchcock o Michael Haneke como algunos de sus referentes, y especialmente en el tratamiento de la tensión fílmica. Pero Legrand comete un error que ni Hitchcock ni Haneke cometerían nunca: darle al espectador lo que desea. No desvelaremos nada. Tan solo resaltar que dilata tanto la solución de la historia y lo hace de forma tan forzada que pierde todo suspense y, con este, la intensidad y credibilidad dramática de lo que estamos viendo. No digo yo que lo que cuenta Legrand no pueda suceder, pero desde un punto de vista cinematográfico acaba resultando un poco maniqueo. Es tan evidente su deseo de no perturbar al espectador, que ni siquiera se atreve a llegar allí donde la realidad nos lleva muchas veces de forma tan trágica. GERARDO LEÓN

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