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Ema & Sobre lo infinito

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Título original: Ema · Pablo Larraín · Chile · 2019 · Guion: Guillermo Calderón, Alejandro Moreno, Pablo Larraín · Intérpretes: Mariana Di Girolamo, Gael García Bernal,  Santiago Cabrera…

Título original: Om det oändliga · Roy Andersson· Suecia · 2019 · Guion: Roy Andersson · Intérpretes: Martin Serner, Jessica Louthander, Tatiana Delaunay….

En la carrera de todo director que se precie, existen trabajos excelentes y otros fallidos. Es la experiencia humana. Aunque existen algunas reglas, al final la creación artística es fruto de nuestra mente e imaginación, y ahí nos encontramos con todo tipo de escollos, convicciones, no pocas contradicciones o, incluso, grandes desatinos. Contrariamente a lo que se cree, el arte no es una ciencia, sino un largo camino de hallazgos felices y grandes errores. Pero al margen de estos dos extremos, podemos encontrar una tercera categoría en la que hallaríamos obras que, logrando comunicar aquello que se pretende, su mensaje no llega a tocar el delicado músculo de la emoción evitando dejar una huella duradera en nuestro espíritu. En la filmografía del cineasta chileno Pablo Larraín, su última propuesta, Ema, podría estar entre estas últimas.

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Nos pone Larraín tras los pasos de Ema, una joven bailarina que vive y comparte trabajo con su pareja, Gastón, un coreógrafo entrado en la mediana edad. Al comienzo de este viaje, Ema sigue la pista de un niño de once años, Polo, que fue adoptado por ambos, poco tiempo antes. Tras una primera experiencia en el peliagudo terreno de la maternidad, Ema decide devolver a Polo a las instituciones que se lo ofrecieron, lo que le vale el reproche de conocidos, funcionarios públicos y del propio Gastón, condena que le pesa en el alma, asolada por un sentimiento de culpa. Pero Ema no se rinde y, a pesar de las críticas, parece dispuesta a reparar el error y recuperar a Polo.

Entre los puntos más fuertes de Ema, la película, encontramos la indiscutible capacidad de Larraín para la creación de imágenes visualmente poderosas. Ema se mece, por una parte, en el valor simbólico de algunas de estas imágenes que sirven como contrapunto y marcan el compás del relato. La cinta del director chileno se cohesiona, así, como si se tratara de un gran tema musical. Una pieza hecha a base de rimas y estrofas, un fraseo que va dando coherencia a lo narrado. En este juego, Larraín maneja conscientemente a un espectador al que le va dosificando los detalles de la trama, que ofrece de forma solo aparentemente caótica y cuyo sentido y orden se irá estructurando según se avanza en ella. Ese ejercicio de ocultación, de reservarse para sí las claves de la historia, mantiene la atención del público, siendo, al mismo tiempo, su mayor problema. En primer lugar, porque ese plan que Ema, el personaje, esconde para lograr sus objetivos y que es centro del argumento de Larraín y sus guionistas, se evidencia antes de lo conveniente, perdiendo, así, parte de su misterio. Y luego porque esa estructura musical resulta difícil de mantener, lastrando el artefacto en buena parte de su desarrollo central que cae en una cierta reiteración. Tampoco le favorecen algunas tramas secundarias cuya evolución, siendo necesarias para aprehender una parte el conjunto, se quedan algo descolgadas del centro sobre el que pivota la cinta.

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Pone Larraín toda la carne en la construcción de su personaje principal y en su mundo (sus amigas, su pasión por los bailes callejeros, etc.). Ema responde al modelo de una nueva generación cuya búsqueda de sí misma pone en entredicho los cimientos de la sociedad que le precede y de la que forma parte el propio Gastón. Y aquí, Larraín, con la inestimable ayuda de la actriz Mariana Di Girolamo, que hace un trabajo admirable, construye un personaje poderoso, que sufre, pero que parece que sabe lo que quiere, que se siente más libre que los demás. Libre para hacer lo que quiera con su vida, libre para romper el diseño social prestablecido, para entregarse a aquello que siente, libre en lo sexual, pues para Ema ya no hay patrones estancos, solo amor y deseo. Pero ese retrato resulta también un poco postizo, como si nos estuviéramos moviendo más en el terreno de lo imaginado, lo supuesto, un cliché idealizado, que en el plano de lo real. No ayuda precisamente a fortalecer esta idea el hecho de que, si bien Larraín pone todo su empeño en que conozcamos íntimamente y conectemos con Ema, descuide al resto de personajes, que quedan como simples comparsas, peones de un discurso cuyas conclusiones quedan planteadas antes de que empiece la fiesta.

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Pablo Larraín quiere que reflexionemos sobre unos modelos culturales que, sostiene, parece que han dejado obsoletos a los anteriores. Modelos culturales que afectan también al concepto de familia, unidad básica de la sociedad y, sobre todo, que quedan adheridos a unas formas de expresión que la cinta reivindica. Frente a esto, la cultura precedente, su cultura, se queda literalmente desnuda, desvalida, no comprende lo que ocurre, no sabe cómo debe afrontarlo, cuando no deja en evidencia sus carencias con solo aproximarse a este nuevo universo. Esta nueva cultura tiene menos prejuicios sobre ella misma o sobre cómo deben ser las cosas, lo que la pone en mejor disposición para afrontar los conflictos de afectividad que, desde siempre, han afectado a nuestras vidas. Sin embargo, al final, la película nos deja un cierto vacío. Y es que a Larraín le encajan tan bien todas las piezas de su puzle, la dirección que camina Ema es tan recta, se muestra tan generoso, protector y complaciente con su criatura que no podemos por menos que pensar que algo nos falta. Quizá habría sido más interesante que nos diera el reverso de esta historia y nos desvelara dónde están las fallas de esta nueva cultura (en realidad, no tan nueva) que solo muy tímidamente aparecen en algunas escenas de la película. Así, en un momento dado, Gastón se ensaña con Ema cuando critica el reggaeton, estilo musical y baile que subyuga a Ema y a su grupo amigas. Es lo antiguo contra lo nuevo. Lo joven frente a lo viejo. Una larga historia. Pero Larraín hace trampas, sometiendo a esta música, como todo lo que toca, a un ejercicio de estilismo tan refinado que le arrebata toda su fealdad kitsch. Resuelta finalmente la trama, nos preguntamos cuál será el futuro de estos personajes cuya relación se sostiene, veremos, en una gran mentira.

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Hay películas que cuentan historias y hay otras que juegan en otro tablero. Pretender, por lo tanto, que estas últimas se ajusten a estructuras que ni siquiera están en su intención inicial, como les sucede a algunos espectadores tras ver la película que ahora nos ocupa, no puede llevarnos más que a una lógica frustración. Es como comerse una hamburguesa vegana y luego quejarse porque no sabe a ternera. No, aunque tenga la misma forma, es otra cosa. Ahora bien, una vez uno despeja de su mente ciertas expectativas, puede encontrarse, como en el caso de la última producción del realizador sueco Roy Andersson, Sobre lo infinito, una propuesta fresca, limpia en sus pretensiones y, sobre todo, muy emocionante y divertida. Solo hay que probar.

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Sobre lo infinito empieza con una imagen bellísima: una pareja de enamorados vuela, abrazada, sobre las nubes. Esta imagen marcará, ya desde el primer momento, el tono y las ambiciones de este trabajo. A partir de ese momento, veremos una serie de escenas aparentemente independientes entre sí. En una de estas escenas, un hombre, tras subir con mucho esfuerzo unas escaleras, narra el encuentro con un antiguo compañero de estudios. En otra escena, una pareja observa el paisaje de la ciudad que queda a sus pies, sentada en un banco en lo alto de una colina mientas certifican que ya no hace frío y que ha llegado la primavera. En otra, una dependienta limpia el suelo de la acera que queda frente al negocio donde trabaja, cuando llega un chico que se detiene para mirarla, promesa de una futura historia de amor. Y así hasta el final.

Andersson repite la estrategia que ya empleó en cintas como La comedia de la vida o en la maravillosa Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, su anterior obra. En este sentido, Sobre lo infinito ofrece pocas novedades más allá de que aquí compone cuadros más pequeños en cuanto a duración y se permite romper las reglas al establecer pequeños guiños argumentales que establecen relaciones entre algunos de ellos. Poco que descubrir, entonces, para aquellos espectadores que ya conozcan el reciente trabajo de Andersson, cosa que no impide, desde luego, que disfrutemos de esta nueva inclusión en su mundo moral y estético.

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Apoyándose, como es costumbre, en un impecable trabajo de producción y puesta en escena, Andersson compone sus cuadros a modo de pinturas en movimiento. El empleo de la iluminación, la composición y la textura cromática refuerzan en el espectador esta idea. Dentro de la imagen, los personajes se mueven, además, muy lentamente, como si vivieran en un mundo distinto en el que el tiempo corre a otra velocidad, como si la vida les pesara sobre los hombros, carga que les impide actuar más rápido. Todos estos elementos dan a lo (poco) que acontece un cierto aroma de irrealidad. Una sensación que contrasta fuertemente con lo cotidiano de las situaciones que nos propone la cinta. Hay en todo ello algo extraño que, sin embargo, nos resulta reconocible. Así, en otro de estos cuadros, un dentista trata con un paciente al que debe extraerle una muela. El paciente se niega a que le apliquen la anestesia porque siente un pavor incontrolable por las agujas. El dentista accede a complacer la demanda del hombre, que luego se queja cada vez que le tocan la boca. Harto, el médico se marcha de la sala ante la sorpresa del cliente y la enfermera que disculpa el desaire del médico diciendo que ha tenido un mal día. ¿Y quien no ha tenido un mal día alguna vez? Esa confrontación entre lo cotidiano (ligeramente exagerado), y la forma en que se presenta en pantalla revela la mejor carta con la que juega esta nueva pieza de Andersson: el humor. Un humor que da cuenta de la ternura con la que el director sueco afronta el mundo, su visión de la vida.

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Sobre lo infinito es una cinta que bascula, así, entre el drama, lo trágico, y lo mordaz, entre la vida y la muerte, entre lo bello y lo estrafalario, entre lo lógico y lo surrealista, entre lo divino y lo terrenal. Pero, ¿no es todo ello la suma de eso que consideramos “lo humano”? El discurso estético y filosófico de Andersson resuena hoy más necesario que cualquier otra soflama o reivindicación de las muchas que escuchamos cada día. Frente a los discursos de los nuevos moralistas del mercado de la información, la política, las redes digitales o incluso el llamado activismo social, Andersson nos muestra el lado piadoso y, al mismo tiempo, ridículo de nuestra existencia en la sociedad contemporánea. Frente a los discursos grandilocuentes, pero vacíos de contenido, ante las pretensiones y las trampas que nos prepara una mirada idealizada y autocomplaciente de la vida, Andersson nos dice que, en el fondo, somos una cosa rara. Pero no rara en un sentido peyorativo, sino rara como impredecible y, al mismo tiempo, perfecta en el propio despropósito con el que hemos construido nuestro mundo. A una mujer se le rompe el tacón de un zapato, un suceso muy simple que contiene, sin embargo, todo un universo. Un camarero llena tanto el vaso de vino de un cliente del restaurante donde trabaja que el licor acaba por desbordarse y, cuando ocurre, la mancha que deja en el mantel inmaculado de la mesa parece la señal de un pecado imperdonable que lo va a condenar, cuando, en el fondo, solo ha sido un despiste. En La Guarida del Lobo, Hitler espera el final de la guerra. En otra parte, en nuestro presente, un hombre llora desconsoladamente en un autobús mientras trata de explicarle al resto de pasajeros que la causa de su aflicción es, simplemente, que “no sabe lo que quiere”. Mientras otro pasajero le reprocha que no guarde sus problemas para la intimidad de su casa, otro lo defiende reclamando para el hombre el santo derecho a estar triste, siquiera alguna vez. ¿Tenemos derecho a estar tristes? ¿Sabemos acaso lo que queremos? Una gran pregunta. GERARDO LEÓN

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