FIDO

38 Mostra de València. La Mostra. Sesión 7: Toni, en famille & Stranizza d’amuri

FESTIVAL DE CINE

Y llegamos a la última jornada de esta 38ª edición de la Mostra de Valencia con dos propuestas, si se quiere más convencionales, pero, quizá por eso mismo, efectivas, que nos llegan de las vecinas Francia e Italia.

En Toni, en famille, el joven director Nathan Ambrosioni, vuelve la mirada hacia el mundo femenino, protagonista de la mayoría de los relatos de esta edición del certamen. Toni es una mujer entrada ya en los 40 que vive junto a sus cinco hijos. Cada día, Toni recoge a su prole, le da de cenar y, a pesar de que la mayoría de ellos ya están en la adolescencia, no se mete en la cama hasta que todos están dormidos. Al día siguiente, se levanta la primera para mover a todo el mundo y el resto de la jornada lo dedica a las tareas domésticas. De vez en cuando, para amenizar la velada de los clientes, alguna noche canta en el restaurante de una amiga. Pero Toni necesita un cambio en su vida. Algo que la saque de la espiral de rutinas en la que se siente atrapada. Conviene saber, además, que Toni llegó a ser, en su momento, una cantante muy famosa.

Con Toni, en famille, Ambrosioni nos propone una fábula que nos habla, sobre todo, de maternidad. Sostenida por un guion impecable desde el punto de vista estructural, la cinta nos acerca a un grupo de personajes perfectamente definidos y con sus propias complejidades. Un trabajo coral perfectamente equilibrado, donde cada uno de ellos tiene su espacio para desarrollarse. Esos pequeños conflictos, en contraposición con los problemas que afronta nuestra protagonista, sostiene el nudo del drama de la película. Como cabeza de familia (está sola, entendemos, tras la muerte de su pareja y padre de sus hijos), Toni tiene que repartir su tiempo entre su familia y ella misma. Esa contraposición de intereses, con frecuencia, opuestos, definirá la lucha de nuestra protagonista y el dilema que tendrá que resolver.

Tratando de buscar nuevos caminos de realización, Toni decide recuperar sus estudios universitarios, una decisión que no será bien recibida. La lucha de afectos y desafectos, de demandas de protagonismo de cada uno de los miembros de esta peculiar familia provocará no pocas contorsiones que afectarán a la idea misma de maternidad que Toni está construyendo. Toni se pregunta hasta qué punto debe sacrificar su propio desarrollo por unos hijos que, en algún momento, van a abandonarla para hacer su propia vida.

Pero lo interesante de la propuesta es que, en este caso, Nathan Ambrosioni no fuerza el relato ni a uno ni otro bando. Su apuesta es coherente en su compleja humanidad. No hay caminos seguros. El afecto filial es un sinuoso recorrido lleno de obstáculos, pero cada uno de ellos nos lleva a un proceso de madurez, tanto de la madre como de los hijos. Al final, queda una maternidad, sí, aceptada ya sin complejos, pero más rica que la anterior.

El tiempo es el otro de los elementos que juega en esta producción. Tiempo que pasa irremediablemente. A su edad, Toni parece haber asumido que sus años de estrella de la música han pasado. De hecho, nunca tuvo por ese mundo demasiado afecto. Sin embargo, ese tiempo pasado llama a su puerta una y otra vez, tratando de arrastrarla hacia el fondo. Tiempo que pasa y tiempo que vendrá. Toni está en una encrucijada. Lo que fue ya no va a regresar y todo le indica que no le queda mucho tiempo para construirse una identidad nueva. Sus hijos están, sin embargo, al comienzo de esa carrera. Ambrosioni maneja con soltura estas sensaciones que, de alguna manera, sobrevuelan el relato. Tratando de encauzar su vida, Toni se ha apuntado a unos cursos de orientación. En una de las sesiones, se reúne con otras personas en la misma situación que ella. En medio de una charla, la tutora le pregunta a otra de las asistentes cómo se ve en los siguientes diez años. “Muerta”, responde, incrédula, con lánguida sinceridad. ¿En qué momento damos por terminados nuestros planes de futuro?

El retrato que hace Nathan Ambrosioni sobre la juventud contemporánea es igual de rico. Ambrosioni muestra con simpatía y afecto sus dudas y contradicciones, sus miedos y obsesiones, a veces todavía infantiles, otras más justificados (la ausencia del padre, de nuevo el duelo, tendrá su relevancia). Pero este retrato se mantiene en un equilibrio en el que el director quiere escapar de esa idea de generación perdida que aparece en la mayoría de los coming of age y las series de televisión. Sus personajes pueden estar perdidos, pero son inteligentes y, al final, demostrarán tener sobradas herramientas para sobrevivir.

Y, al fondo también, esa noción de éxito que amordaza a la sociedad contemporánea. De alguna manera, todo el mundo anima a Toni a recuperar su carrera de cantante. Sus hijos se sienten orgullosos de ella (y, de alguna manera, le reprochan que la haya abandonado), la prensa la persigue, su madre se burla de ella por querer volver a sus estudios… Pero, ¿qué es el éxito realmente? Ambrosioni nos regala una precisa comedia que nos conecta, con eficacia y sin funambulismos técnicos ni formales, con esa verdad prístina que atesoran las buenas narraciones.

Pero si de relatos corales hablamos, Stranizza d’amuri (o Fireworks en su título internacional), del hasta ahora actor y debutante tras la cámara Giuseppe Fiorello, es la cinta que más personajes reúne de todas las vistas en el certamen.

Nos encontramos en un pueblo de Sicilia, en 1982, año del Mundial de Fútbol. Aquí conoceremos a Gianni, un joven que trabaja de mecánico para el amante de su madre. Gianni sufre las burlas de la banda de ociosos parroquianos que se reúne todos los días en el bar que hay frente al taller. Los rumores dicen que el chico tiene relaciones con otros hombres lo que le convierte en carne de chisme y la violencia de la gente del pueblo. Ni siquiera cuenta con el apoyo de su madre. Mucho menos de su pareja, un hombre rudo que también lo desprecia. Harto de esta situación, Gianni se escapa y busca un nuevo trabajo. Para ello contará con la ayuda de Nino, otro chico de su edad que ayuda a su padre en una empresa de fuegos artificiales que ha conocido accidentalmente. Pronto surge entre ellos una fuerte conexión. Luego, esa amistad se convertirá en algo más. Pero, sostenidos por una fuerte presión de los tabúes y costumbres, la gente del pueblo no les dejará vivir tranquilos.

No es difícil elogiar una película como Stranizza d’amuri. En un primer acercamiento, aparece la voluntad de hacer un ejercicio de denuncia política sobre la cuestión de la tolerancia hacia la homosexualidad en la Italia de los 80. Basada en hechos reales, Giuseppe Fiorello nos habla del caso de dos chicos que sufrieron las consecuencias de ese rechazo social con trágicas consecuencias. Pero, más allá de esa voluntad de denuncia que muestran los hechos en sí, la cinta de Fiorello destaca por un retrato concienzudo de esa misma sociedad.

Por un lado, está el retrato físico, de reconstrucción de una época (las calles, todo el trabajo de arte), pero también sociológico y casi etnográfico. Fiorello pone la atención en un espacio social cada vez menos abordado por el cine contemporáneo (si acaso Matteo Garrone, en un tiempo más próximo). Es el retrato de esa sociedad popular y cómo se articula ésta alrededor de ciertos símbolos como el fútbol, la religión, la familia, etc.

Pero lo interesante de este retrato es que, siendo muy crítico, Fiorello mantiene, al mismo tiempo, una cierta mirada comprensiva, incluso hay una cierta nostalgia. Nostalgia de un cine también, el de la época dorada del neorrealismo que, de alguna manera, homenajea. En una de las secuencias más emotivas de la película, Gianni y Nino tienen que preparar los fuegos para las fiestas de un pueblo. Cuando llegan, las calles están cortadas por la procesión de la virgen local. Divertidos, los dos jóvenes observan la escena. A pesar de todo, no hay en ellos rencor, ni suspicacia, sino afecto.

Pero, sobre todo, un retrato psicológico y sociológico de una sociedad llena de prejuicios, sí, pero también muy humana, incluso en su mezquindad. Los personajes de Fiorello no son piezas forjadas en hierro al servicio del único propósito de la denuncia, sino que tienen capas, matices. Son humanos y, por lo tanto, dudan, aman, odian, traicionan y, con ello, se traicionan a sí mismos y a aquellos que dicen querer. Pero lo más interesante de su propuesta es que esta doble línea de significados se mueve a un nivel, evidente, pero también muy sutil. Fiorello no necesita enunciar aquello que quiere decir. Ahí reside la maestría del director italiano. Especialmente destacable, en este sentido, es la relación que Gianni tiene con su madre. Gianni quiere protegerla, de ella misma y du su amante, que la mantiene. La madre, por su parte, quiere hacer lo mismo con su hijo, pero, al final, le pueden las reglas sociales y sus prejuicios. Sin embargo, no hay odio en su mirada, solo desconcierto, incomprensión y miedo, quizá, a que su hijo sea más feliz que ella, lo que evidencie su propio fracaso vital. Impresionante Simona Malato en el que es sin duda el papel más complejo de la película. Un cine conciencia, podríamos decir, comprometido, pero hecho también desde la inteligencia y el corazón. GERARDO LEÓN

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