Japonismos

HASTA EL DOMINGO 17/8
MuVIM. Quevedo, 10

Los impresionistas dejaron a un lado los temas graves, las composiciones armónicas y el dibujo correcto para abrazar momentos y sensaciones, nuevos temas y esquemas de color diferentes. Este rápido arrancar de tirita se produjo gracias a dos aliados que ayudaron a los humanos del siglo XIX a ver el mundo con ojos distintos: la fotografía y la estampa coloreada japonesa. En el siglo XVIII, los artistas japoneses habían abandonado los temas tradicionales del arte del Lejano Oriente para centrarse en escenas de la vida popular en sus grabados coloreados que aunaban concepciones audaces y maestría técnica. Japón se vio obligada a entablar relaciones comerciales con Europa y América a medidos del siglo XIX y así les llegaron estas estampas a artistas del círculo de Manet que supieron apreciar su belleza y las coleccionaron con ganas. ¿Por qué? Porque encontraron en ellas una tradición no corrompida por aquellas reglas académicas de las que querían zafarse los pintores franceses de la época. Estas estampas japonesas les señalaron que aún conservaban muchos formalismos europeos sin darse ni cuenta. Los japoneses representaban aspectos insólitos y espontáneos del mundo y lo hacían de una manera atrevida e insólita, como el maestro Hokusai (el de la Gran ola de Kanagawa), quien representaría el monte Fuji visto como por casualidad detrás de una cisterna de bambú; o Utamaro, que mostraba alguna de sus figuras cortadas. ¡Ah!, ¿que en un cuadro no tienen que aparecer siempre las partes importantes de cada figura de la escena? Degas, Monet, Renoir y Vang Gogh tomaron buena nota. La composición y los temas de las xilografías conocidas como ukiyo-e (imágenes del mundo flotante) influyeron en los impresionistas y el interés por el arte japonés en general generó el movimiento estético francés llamado japonismo, que da título a una de las exposiciones que presenta el MuVIM en su Sala Baja. Fue un fenómeno del siglo XIX que transformó las artes visuales y decorativas, la moda, la música, el cine, el diseño gráfico, y más recientemente, la cultura popular global, a través del manga y el anime. Solo hace falta recordar el impacto de Dragon Ball en las mentes de los pequeños milenials.

La segunda muestra, El espejo de la belleza, se centra en el arte japonés de los siglos XVI al XX. Despliega el universo estético de Japón a partir de una serie de conceptos básicos de la filosofía y el pensamiento del país, que subyacen en las acciones más cotidianas alejadas de la alta cultura. En esta zona se combinan piezas de gran valor, como los magníficos biombos de la dama Murasaki o los delicados muñecos exhibidos en Japón el Día de las Niñas, con objetos populares y menos glamurosos, como unos palillos para comer, unas sandalias o un cazo con el que lavarse las manos y enjuagarse la boca, símbolo de la purificación de cuerpo y alma. La hipnótica influencia del arte japonés en el imaginario occidental va a examen en el MuVIM, un museo que sigue sin encontrar una personalidad marcada (seguramente, ni la busque) mientras vuelve a recurrir a un tema con el que, sin duda, disfruta. Y con eso, parece bastar. S.M.

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