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“Una vez me preguntaron en Cannes cómo me sentía siendo mujer y yo pensé, bueno, tampoco es que tenga una pierna de madera”

Al fin, la directora escocesa Lynne Ramsay llegaba a las dependencias del Edificio Rialto para atender a la prensa en un acto previo a la ceremonia de inauguración de la 36ª edición de Cinema Jove en la que tendrá el honor de recibir este año el Premio Luna de Valencia. La presencia de Ramsay pone sobre aviso a aquellos espectadores amantes de un cine que hace gala de una compleja, sutil y elegante arquitectura formal al que acompaña una sensible mirada sobre los dramas humanos. Una filmografía quizá breve para los estándares de la industria convencional, pero de un peso y un atractivo innegables, especialmente en una cinematografía, la británica, que necesita romper esquemas y nombres más allá de cierto apellido de sobra conocido por todos.

La carrera de Ramsay comienza a finales de los años 90 con Ratcatcher, nada complaciente retrato de su Glasgow natal, del que nos hace un recorrido a través de la figura de un joven de clase baja. Tan solo dos años después estrenaría Morvern Callar, una road movie con similares premisas, si bien de la mano de una cajera de supermercado que emprende un viaje iniciático después de la muerte de su hermano, interpretada por la increíble Samantha Morton. No sería hasta casi una década después que el cine de Lynne Ramsay daría su verdadero salto a la escena internacional con Tenemos que hablar de Kevin, bellísimo e inclasificable drama intimista con una no menos increíble Tilda Swinton en el papel de una madre que no sabe cómo querer a su hijo o si éste merece su afecto. Solo dos años después, sorprendía con otra pieza remarcable, En realidad, nunca estuviste aquí, con un Joaquin Phoenix en uno de sus mejores papeles, el de un excombatiente de la guerra de Irak que se dedica a vengarse de aquellas personas que abusan de menores en un retrato de las miserias internas y externas de los Estados Unidos.

La relación con España y Valencia nos remonta para Ramsay a varias de sus películas. Basta recordar el comienzo de Tenemos que hablar de Kevin, en la que Tilda Swinton recuerda su visita a la Tomatina de Buñol. Ramsay rememoraba aquel rodaje con humor: “Una de las cosas que aprendí es que los tomates son buenísimos para la piel. Hubo un cubo de tomates que acabó encima de mi cabeza, la cámara se estropeó y fue una locura. Intentábamos ir apartando a la gente, pero a nadie le importaba que estuviéramos allí grabando.” Su recuerdo de nuestro país mezcla el trabajo con las experiencias personales cuando trae a la memoria cómo fue salir por primera vez de Escocia para rodar parte de su primera película. “Hay algo en la cultura española que tiene muchas similitudes con la cultura escocesa y es esa parte del vínculo familiar. Y la comida, por supuesto, que es mejor en España. La comida en Escocia es bastante horrible”, comenta entre risas.

Cuando uno piensa en el cine de Lynne Ramsay, la primera palabra que le viene a la cabeza es oscuridad. Un término que nos remite tanto a sus planteamientos formales y la elección de la fotografía, como a las temáticas que aborda. “Trabajo con personajes que están atormentados: una madre que no quiere a su hijo como debería u otro tipo de personajes aislados, pero siempre busco el lado humano en todas las historias”, comentaba la directora ante la prensa. Unos personajes que, además, no se ciñen a servir de referentes, modelos, de sus pequeños conflictos personales (la familia, la soledad, la indefensión), sino que transcienden los límites del drama para proyectarse como espejos de la realidad social y política del momento de forma, a veces, sutil, otras más evidentes como es el caso de En realidad, nunca estuviste aquí. “Cuando veo documentales, cuando veo las noticias, parece que estamos llegando al final. Cuando estábamos en plena pandemia, con Trump, me volví un poco loca y me obsesioné un poco con las elecciones en los Estados Unidos. Pero la visión de la política empieza desde el entorno familiar, con la tragedia en la familia. Y supongo que eso es algo que sale en mi trabajo”.

Pero si hay algo por lo que destaca la obra de Ramsay es por su meticulosidad. Un cuidado exquisito por la composición del plano que luego se proyecta de manera poética sobre la narración, imágenes que seducen la retina del observador apuntando a ese lugar en nuestro inconsciente donde lo simbólico, lo mitológico incluso, cobra todo sus sentido. “Cuando hacemos películas parece que hay directores a los que no les preocupa el atrezzo o la ropa que se van a poner los personajes, y no hay que dejar las cosas al azar. Para mí es importante ser metódico en el trabajo y tener conocimiento de todo lo que ocurre en la película. A mí me preocupa el color, el diseño; es algo importante. Todo se debe tener en cuenta. Creo que debes volcar tu personalidad en el trabajo.”

Estos códigos se han mantenido a lo largo de sus ya casi tres décadas de carrera en la que, a pesar de la evidente evolución, Ramsay ha mantenido unas directrices que se han sostenido prácticamente inalterables. “Para mí son todas [mis películas] son como hijos. Quizá uno sea más feo que otro, pero los quieres igual. Es una relación difícil porque a lo mejor dura cuatro años, desde que empieza la idea inicial hasta que se realiza la película. Esta es una de esas cosas que he hablado con otros directores. Hay que amar tu trabajo durante mucho tiempo. Hay veces que te das cuenta de que, después de tantos años de trabajo, no te gusta lo que estás preparando. Es una evolución que se parece a una relación humana. En ese sentido, creo que mi primera película fue la mejor, pero, por otro lado, no lo quiero pensar, quiero pensar que en realidad la siguiente será la mejor. Que la mejor está a la vuelta de la esquina.”

No podía faltar la ya clásica pregunta sobre su disposición como mujer dentro de la industria del cine. “Una vez me preguntaron en Cannes cómo me sentía siendo mujer y yo pensé, bueno, tampoco es que tenga una pierna de madera”, comenta Ramsay entre risas. “Hubo un premio en Cannes que compartí con el director griego Yorgos Lanthimos y me dio un poco de rabia que me preguntaran que qué me parecía compartir un premio con él, una pregunta que a él no le hicieron. Este es un sector que puede ser bastante sexista, pero al final yo me dedico a hacer mi trabajo como directora. Es cierto que, no solo en Escocia, también en el Reino Unido, es un sector muy dominado por la clase privilegiada blanca, pero considero que puedo tener el mismo talento que ellos.”

Entre las diferentes referencias a su cine, hubo un hueco, por supuesto, para el actor Joaquin Phoenix, para quien la directora guarda un recuerdo especial. “Creo que es uno de los mejores actores del mundo. Nunca sabes qué va a ocurrir cuando trabajas con él. De repente hace algo divertido, luego se vuelve muy oscuro. Es un tipo duro. De repente, te decía, “esto no sirve”, porque quería hacerlo muy, muy, muy bien. Nunca he conocido a nadie igual y estoy deseando volver a trabajar con él. Sé que me va a volver a torturar, pero… (risas) quiero volver a hacerlo. Es curioso porque estuve en el festival de Marrakech en el que James Gray era parte del jurado, y decía que Joaquin parece que está loco, pero todo lo que hace lo hace por un motivo. Él hace que te conviertas en mejor directora.”

Y, para terminar, un consejo para futuros cineastas: “Creo que si crees en tu proyecto todos los demás van a creer en él.” Palabra de Ramsay. G.LEÓN

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