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«No necesitamos el permiso de nadie para recuperar nuestras plantas olvidadas, e incluso inventar nuevas formas de ponerlas en valor»

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Nos concede una entrevista Aina S. Erice, quien acaba de publicar El libro de las plantas olvidadas (Ariel). Erice cursó Biología en la Universitat de les Illes Balears donde también realizó una maestría en Biología de las Plantas en Condiciones Mediterráneas. Es autora del blog Imaginando Vegetales donde comparte y publica información sobre diferentes temáticas, siempre relacionada con la etnobotánica. Tras la publicación de su primer libro, La Invención del reino vegetal, El libro de las plantas olvidadas llega como resultado de una investigación rigurosa, orientada por la asesoría de su amigo y mentor, José Antonio Marina, autor del prólogo. GINÉS J. VERA

Aunque el título de su libro es El libro de las plantas olvidadas lo cierto es que algunas platas -y unos cuantos árboles- que se incluyen no son tan desconocidas como otras especies que las acompañan. Me refiero, por ejemplo, al ciprés, la higuera, la amapola, la avena junto con el tomillo, el madroño o la manzanilla… Teniendo en cuenta que en el apartado ‘Antes de cerrar el libro’ nos comenta que hay algunas especies que “se iban a quedar fuera mereciéndose figurar en la lista” de admitidas, quería preguntarle por aquellas y por el criterio que ha seguido a la hora de esa selección final.
¡Muy cierto! La elección no fue fácil, y aunque me gustaría decir que he desarrollado un método científico, objetivo y universal para medir el grado de olvido al que se ve sometida una planta, la verdad es que no es así. Una planta puede estar olvidada en un pueblo, una comunidad autónoma, un país… y estar muy presente unos cientos de quilómetros más allá. Por eso este catálogo es una propuesta que nace de mi experiencia personal trabajando con las generaciones más jóvenes; y, si incluye plantas que en algunos despertarán la pregunta “¿Pero cómo que olvidada?”, es porque he visto el vacío de su ausencia en la mirada de no pocos niños.

Por otro lado, como el libro está estructurado a modo de “paseos” por cinco ambientes distintos (huertos, campos, aguas, bosques, montañas), quise mantener un cierto equilibrio entre ellos, y eso también jugó un papel importante durante la selección.

Creo que es fantástico que alguien nos descubra esas especies olvidadas que conviven de una u otra manera junto a nosotros, ya en huertos, jardines, baldíos… ya en terrenos boscosos próximos. Dado ese apartado tan interesante en el que habla de utilidades pretéritas y presentes de algunas especies, no sé si ha pensado en, llamémosle, un mal uso del libro; en que algunos desaprensivos aprovechen para incordiar especies hasta ahora en paz esquilmándolas sin conciencia ecológica llegado el caso.
La verdad es que ¡espero y confío vivamente en que no haya esquilmadores sin conciencia ecológica entre mis lectores! Confío en que, a lo sumo, haya personas que hayan pecado de ingenuidad o desconocimiento en su trato con el mundo natural, imaginándolo como una despensa infinitamente generosa. Esta idea ha enraizado en el subconsciente de muchos de nosotros, quizás en parte debido al ritmo vertiginoso de nuestras vidas modernas: mucha información nos llega descontextualizada, desligada de sus “instrucciones de uso” o de interpretación… y así podemos terminar vaciando (¡incluso sin querer!) esa “despensa silvestre” que tan infinita nos parecía. ¿Qué hacer para evitarlo? En mi opinión, el primer enemigo es la ignorancia: todo empieza por ser consciente del impacto que tiene para la planta –y su entorno– la recolección, pues no es lo mismo recoger frutos o raíces, ni es igual recolectar una fruta de cada dos, o nueve de cada diez. Cada vegetal es un mundo que es necesario conocer, y espero que el libro despierte esa curiosidad, esas ganas de saber más sobre esta u aquella planta (y cómo deberíamos relacionarnos con ella sin causarle perjuicio), en quien se zambulla entre sus páginas.

Desde el dulce de cuchara al membrillo a la crema facial a la malva pasado por los buñuelos de sayuguinas de Carmen o el champú de jabonera, me gustaría que nos comentase estas preparaciones y guisos, si los ha probado personalmente y algo acerca de su procedencia, pues seguro que habrá más de un/a lector/a que quizá se anime a llevar a cabo sus propias versiones animado por este libro.
Aunque disfruto “pocimeando”, me considero una absoluta aficionada con serias dificultades para seguir recetas a rajatabla, y probablemente no se me hubiese ocurrido incluir propuestas prácticas en este libro si no llega a ser por mi anterior proyecto literario, Cuéntame, Sésamo: 9 historias sobre los poderes mágicos y reales de las plantas. Cuando preparábamos este álbum ilustrado infantil sobre las plantas que viven en nuestros cuentos de hadas, mi editora me sugirió añadir actividades prácticas que pudiesen hacerse en familia. La idea me gustó tanto, y tuvo tan buena acogida, que cuando empecé a trabajar en El libro de las plantas olvidadas, me pareció digna de ser rescatada e incluida en él. Sin embargo, como yo no me considero experta en estas lides, pero tengo la suerte de conocer a personas que sí lo son, les pedí su colaboración para enriquecer el libro –¡y darme la oportunidad de probar algunas recetas francamente ricas! He experimentado con todas las que he podido, aunque tuve que renunciar a algunas (por falta de tiempo durante la redacción del libro, o por no haber logrado hacerme con alguno de los ingredientes). Por mis fogones ha pasado la tarta de níspolas, el dulce de cuchara membrillístico, los buñuelos de sayuguinas silvestres y, gracias a un taller de tinción natural, la pasada primavera también me manché los dedos tiñendo lana con granza.

Y casualmente hoy he conseguido collejas en el mercado, así que preveo unos fideos de collejas en mi futuro próximo…

Nos explica al final del libro, casi a modo de síntesis, que más del 80% de las plantas incluidas poseen usos comestibles y, en un porcentaje aún mayor, medicinal, todo y que muchas de ellas tienen otros usos que resume y que van desde aromáticas al de constructivas, ornamentales o tintóreas. Dado su interés por la etnobotánica puede que algunos lectores -quizá echando mano a su memoria- aporten algún uso más, tal vez más localista, acaso a consecuencia de la posguerra, o de tradiciones que se irán perdiendo de la memoria oral si no se recogen por ejemplo en forma de libros como el suyo. ¿Es posible? ¿Anima a sus lectores a que le comenten esos usos para una futura publicación?
¡Por favor, sí!  Tal y como yo lo veo, cada uno de nosotros –cada persona, cada familia, cada pueblo o ciudad, cada región…– podría escribir un catálogo con “sus” plantas olvidadas, protagonistas de tradiciones o usos que están en vías de desaparición. Y mi mayor deseo es que, tras leer el libro, se encienda el deseo de rebuscar en la memoria (personal, familiar, colectiva) a las “plantas olvidadas” de cada lugar. Yo estaré encantada y feliz de recibir toda la información vegetófila del mundo, y si de ahí surge una nueva edición o un nuevo proyecto, ¡bienvenido sea! Pero yo iría un poco más allá, y animaría a toda persona con tiempo y ganas, a confeccionar su propio catálogo de plantas olvidadas. Vivimos en una época de conexiones, en que la información es más libre y más rápida que nunca (con sus cosas buenas, y malas…). ¿Por qué no ponerlo al servicio de una causa tan digna e importante como esta?  El tapiz de la memoria es un desempeño colectivo que tejemos en comunidad, y tal vez yo he añadido unas cuantas hebras, pero entre todos podemos avanzar mucho más. Creo que no necesitamos el permiso de nadie para recuperar nuestras plantas olvidadas, e incluso inventar nuevas formas –creativas, éticas, sostenibles– de ponerlas en valor, y devolverles esa relevancia perdida.

Considero que su libro es una obra eminentemente divulgativa y muy práctica. No solo por la inclusión de recetas o preparaciones de jabones, tinturas, etc., o la de esos glosarios (breves e indoloros, nos hace el guiño amable). También por el hecho de que consciente del contenido que facilita y las dudas que pueden surgir a algún lector nos anima a descargarnos fichas o consultar su dirección web para poder tratar de disiparlas. Háblenos de este añadido 2.0 al libro, y para quienes estén interesados en aspectos más curiosos de las plantas, de ese libro anterior, de La invención del reino vegetal.
Hoy en día tenemos muchas vías de acceso a la información, cada una con sus pros y sus contras; y aunque yo soy una enamorada de los libros, es innegable que internet ofrece multitud de ventajas para divulgar un mundo tan exuberante y vasto como el reino vegetal –¡y más para alguien como yo, que siempre tiene más cosas que compartir que espacio para hacerlo! De ahí nace Imaginando Vegetales, un blog etnobotánico muy personal que inicialmente cobijaba historias que no habían tenido cabida en mi primer libro, La Invención del reino vegetal, y que con el paso de los años se ha convertido en mi ventana para compartir artículos sobre temas que me resulten interesantes, desde la historia religiosa de las granadas hasta el empleo de “relojes” de incienso en Oriente. Todo ello gira alrededor de la pregunta que me adentró en el mundo de la divulgación etnobotánica: ¿Qué puede decirnos la forma en que nos hemos relacionado con el mundo vegetal sobre nosotros mismos?”

En el caso de El libro de las plantas olvidadas, internet ha vuelto a ofrecerme vías para compartir el material extra que he acumulado (¡y las ideas que se quedaron por el camino!). Y, como me gusta experimentar con nuevos formatos, hace unos meses nació un podcast, La senda de las plantas perdidas, donde comparto de viva voz algunas de las anécdotas e historias que se quedaron fuera del libro, pero que me parecían dignas de ser contadas.

Por otro lado, ¿qué hacer con las recetas que no llegaron a incluirse en la versión final del texto, con los glosarios-marcapáginas, con los índices de nombres científicos, con los perfiles de algunas plantas que tenía a medio preparar? Mi solución ha sido convertirlos en contenidos digitales extra, que pueden descargarse cómodamente desde la dirección indicada en las últimas páginas del libro. Teniendo en cuenta que las plantas no suelen respetar demasiado nuestros límites, me encanta hallar modos para que sus historias también logren desbordar los lindes del papel escrito, y colonicen también la red digital (cuya organización y resiliencia son, además, ¡maravillosamente vegetales!).

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