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«No hay nada más moderno que los clásicos»

Sin duda uno de los mayores desafíos a los que se enfrentan actualmente las salas comerciales es al reto de atraer a un público que hoy dispersa su atención entre una gran variedad de pantallas. Dos ideas inspiran la puesta en marcha de esta iniciativa que os queremos presentar. La primera, la de destacar la sala de proyección, no solo como el mejor entorno para disfrutar del espectáculo del cine, sino como espacio de convivencia y reunión, un lugar donde compartir la experiencia de ver historias junto a otros espectadores. El cine en compañía se disfruta mucho mejor. La otra línea de inspiración es la de acercar al público general aquellas propuestas que, por su riesgo, tienen menos oportunidades de llegar al gran público. Así nacía el pasado lunes el Cine Club Lys, una iniciativa de los cines Lys de Valencia en la que cada semana los espectadores podrán disfrutar de uno de estos estrenos, acompañados en la presentación y un coloquio posterior con el público por críticos y periodistas reconocidos. Además de las presentaciones, Cine Club Lys contará en las proyecciones con directores y profesionales del mundo del cine que vendrán acompañando su trabajo. ¿Cómo participar? Solo tienes que visitar la página cineclublys.com e inscribirte. ¡Ya eres socio del club!

En la primera sesión de este lunes Cine Club Lys contó con un invitado especial. Nacido en Mallorca, pero valenciano de adopción, como él mismo se presenta, el director Daniel Monzón atesora una amplia carrera plagada de éxitos. Cintas como Celda 211 o El niño dan muestra de un director maduro que sabe contar historias y es poseedor de una narrativa firme y sólida. Monzón llegaba al Cine Club Lys para presentar y charlar con el público con motivo del estreno de su último trabajo, Yucatán, una disparatada comedia en la que dos estafadores, Lucas y Clayderman (interpretados por Luis Tosar y el argentino Rodrigo de la Serna) intentan dar un gran golpe mientras viajan en un gran crucero, al tiempo que se disputan el amor de Verónica (Stephanie Cayo). Los tres protagonizarán una serie de locas situaciones en un espacio en el que se da cita una muestra de nuestra sociedad. Mezcla de comedia y musical, Yucatán lograba una muy buena aceptación entre los espectadores. Nos habían advertido: a Daniel le gusta hablar de su cine. Mucho. Tenían razón.

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Con tu último trabajo, Yucatán, inauguras el nuevo programa de proyecciones en este nuevo cine club que han montado los cines Lys de Valencia. ¿Cómo te sientes con esta iniciativa?
Pues mira, yo soy director de cine gracias a un cine club. Cuando tenía siete años mi abuela me llevó a un cine club que estaba en la Finca Roja que era una asociación de vecinos, en un bajo, con sillas de madera de estas de tijera y una sábana puesta en la pared. Proyectaron una copia, posiblemente en 16mm., de King Kong, la de 1976 y para mí aquello fue una epifanía. Yo vi King Kong y me enamoré profundamente del cine, me metí en ese universo, en esa isla y te digo que no he salido todavía. Es gracias a ese cine club y gracias a esa película por lo que yo soy director de cine. Además, los cine clubs suelen estar hechos por gente que ama el cine y lo que pretende es mostrar a la gente que ama el cine películas que suelen ser difíciles de ver. Entonces me encanta que un cine como el Lys, un cine de centro, que tiene películas comerciales, haga una apuesta de esta manera y que quiera generar una asiduidad de un grupo de un club en el que todas las semanas tenga la posibilidad de ver una película de más difícil comercialidad o que tengan la posibilidad de charlar con quien las ha hecho, me parece algo estupendo.

Con respecto a Yucatán, tu último largometraje, he leído en las notas de producción que su origen está en una idea que tenía Telecinco Cinema, una de las productoras del proyecto, no sé si es exactamente así.
No, no es así. Yo tenía anhelo de hacer una comedia con Luis Tosar porque yo a Luis lo conozco mucho y me divierto mucho con él. Es alguien que incluso rodando Celda 211, que era una película tan claustrofóbica, tan angustiosa, entre toma y toma nos reímos mucho porque era casi una necesidad para sobrevivir en una historia tan dura. Y Luis es que es muy ocurrente, es muy divertido, es muy gamberro. Y claro, a mí me gusta retarme a mí mismo, cambiar de género, cambiar lo que ya he hecho y, si pienso en Luis, me divierte meterle en situaciones que para él puedan ser nuevas o frescas. Entonces lo de la comedia es algo que cuando estrené en Venecia Celda 211, recuerdo un viaje que hicimos desde Lido (donde sucede el festival) a Venecia en el vaporetto en el que Luis hizo el payaso todo lo que supo y más y ahí es cuando me vino el primer atisbo de “quiero hacer una comedia”. Una especia de buddy movie internacional con Luis. Entonces hablamos con Jorge [Guerricaechevarría, habitual guionista del director] sobre hacer una comedia de estafadores. El elemento del barco del crucero es verdad que me lo había comentado Javier Ugarte, que es uno de los productores de la película que, en aquella época trabajaba en Telecinco. Me habló mucho de que el escenario de un crucero me podría interesar. Yo era reticente a ello, pero, un día, estando en una barca, vi desde el mar la magnificencia de uno de esos barcos y dije: pues, en efecto, esto es un mundo. Un pequeño o un gran universo móvil. Entonces todo empezó como a casar.

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Te iba preguntar precisamente por Tosar. Ya has hecho tres películas con él y lo vuestro debe ser ya como una cosa muy íntima, muy intuitiva. ¿cómo trabajáis juntos?
Sí, sí. Con Luis, en efecto, en los tres casos hemos empezado muy pronto el proceso. En el caso de Celda 211 fue la primera persona a la que yo entrego el guión, rezando para que le interese el papel de Mala Madre porque, cuando lo escribía con Jorge, solo pensábamos en Luis Tosar. Y por eso llegamos tan lejos con el personaje, porque teníamos a Luis en la cabeza y eso nos dio alas para hacerlo como es, tan rico, tan complejo, tan especial. Así que cuando le envié el guión por primera vez fue uno de los momentos más angustiosos de mi carrera porque pensé: ¿y si no le gusta?; ¿y si me dice que no? Pero la fortuna hizo que a las pocas horas (es de las contestaciones más rápidas que he recibido por parte de un actor) leyó el guión y me llamó. Lo primero que hice con Celda fue sentarme con Luis Tosar en el café Comercial de Madrid a eso de las tres de la tarde y hasta que cerraron, a la una y pico o dos, de hablar, hablar de todo lo que era el personaje, de lo que podía significar, de cómo caracterizarlo, etc. Yo le iba enviando libros de diarios de presos que yo tenía y él me iba ofreciendo caracterizaciones distintas. Él me proponía cosas como los registros de la voz y a mí me parecía maravilloso. Era un alimentarnos constantemente. Fui a entrevistarme con presos, uno de ellos un preso homicida que le dio muchísima carne al personaje de Mala Madre porque Luis es como una esponja y lo absorbió todo. Luego, con El niño, lo mismo. Si el personaje de Mala Madre es para afuera, el de El niño era para adentro, obsesivo, pero de pincel fino, todo como callado. Para escribir el guión estuve conviviendo con policías, policía judicial, guardia civil, todo. Y concretamente hay un tipo de policía en el estrecho que es el de vigilancia aduanera, que en efecto sobrevuela en helicóptero, que va enlanchas y que es como un aventurero. Me hice amigo de varios de ese cuerpo y con Luis sobrevolamos el Estrecho en helicóptero, fuimos en lancha rápida, vivíamos con esta gente. En el caso de Yucatán es un personaje como más fantástico, pero también está basado en lo que descubrimos. Cuando nos embarcamos en un crucero y empezamos a hablar a la gente que trabaja allí, vimos que había dos tipos de personas. Unos son los que trabajan en los cruceros de una manera momentánea, es decir, tienen un proyecto en tierra, y luego están los que quieren vivir en el barco, que esa sí es la carne de crucero. Hablando con ellos es de donde sacamos lo que son Lucas y Clayderman, que son como personas que no quieren vivir en el mundo de fuera, que les asusta, que les agobia, que les asfixia y que están en un mundo pequeño del que dominan sus reglas. Pero esto surge de la realidad. Es decir, incluso dentro de una comedia como esta también hicimos un trabajo de campo para extraer algo humano que estuviera detrás de este personaje que va detrás del dinero como loco, pero de lo que está más enganchado es del juego, de la trampa, de la adrenalina. Con Luis, desde que concibo la idea empiezo a contársela de tal manera que, aunque él esté rodando otras películas, ya sabe en qué ando yo y nos vamos alimentando mutuamente.

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Lo más difícil en una película de este tipo es su coralidad. El hecho de coordinar todos los elementos y, en este caso, la cantidad de personajes para que ese conjunto de fuerzas que están en juego en pantalla quede equilibrado y no decaiga de un lado o de otro. En este sentido, ¿cuál ha sido tu mayor dificultad?
En efecto, yo creo que lo más complejo de la película era que de alguna manera ese universo tan lleno de cosas dispares tuviera una coherencia, una homogeneidad. Y aquí me agarraba mucho al propio escenario del crucero porque un crucero tiene esta mezcla imposible de nacionalidades, de seres, de escuelas interpretativas. Del mismo modo que ves a un hombre en tanga bailando la conga, al lado tienes a un millonario que está en su terraza de alto standing tomado una copa de champán. Entonces el mismo escenario ayudaba a amalgamar este circo, esta especie como de bullir de personajes. Es verdad que esto era lo más complejo de la película y si al final se obtiene un universo de una coherencia o de una homogeneidad es de lo que más orgulloso puedo estar. Yo, siendo de adopción valenciana, adoro, admiro profundamente a Berlanga. Berlanga es alguien que pone en marcha unos circos con unos repartos enormes y unos esperpentos maravillosos. En una comedia los protagonistas son muy importantes, pero lo que le da riqueza son los secundarios. Hay películas de Robert Altman, que es un tipo que también me gusta muchísimo, que también juega con esa coralidad. Vidas cruzadas es una de sus películas más conocidas, y ya lo define su título a partir de los cuentos de Carver. Pero tiene Nashville, Un día de boda, películas en las que hay un bullir de personajes. Quiero decir que, en parte, el encanto de Yucatán está, por supuesto, en la trama, pero, sobre todo, en los personajes. La estructura es muy arriesgada. En la primera parte de la película vamos conociendo a los personajes poco a poco, e incluso hay una pareja a la que van a engañar en Casablanca que, si acudiéramos a una narrativa tradicional, un espectador pensaría que van a ser muy protagonistas, y son abandonados a los veinte minutos por otros personajes. Es como una carrera de relevos de personajes, pero, al final, acabas conociéndoles prácticamente a todos y, además, dentro del disparate, todos tienen una cierta verdad.

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Háblanos del resto del reparto. 
A mí me encanta que un reparto sea lo más fresco posible. Por lo menos a mí me encanta como espectador cuando veo buenos actores, pero que no los conocía antes. En el caso de Luis Tosar es muy conocido, pero también esta película refresca mucho su imagen. Rodrigo de la Serna es un actor extraordinario, es uno de los mejores actores argentinos, pero que tampoco es demasiado conocido en España. El personaje que interpreta Stephanie Cayo yo quería que tuviera ese glamour de una película de Hollywood clásica. Stephanie es de cuna peruana, pero su mayor triunfo es una serie de Netflix en Méjico que se llama Club de cuervos, muy conocida allí. Ella había trabajado en Colombia, vive en Los Ángeles, es de padre italiano, es muy completa: canta desde pequeñita, baila de todo, y es muy buena actriz. Estudió en el Actors Studio de Nueva York y lo mismo hace comedia que un drama. Yo la vi en la serie esta y hablé con ella, le envié el guión y vino a España. Estuvimos jugando un poco con algunas secuencias y me di cuenta de que era un diamante en bruto. De hecho, tras terminar Yucatán(que es su primera película), ya ha rodado una producción independiente americana con Paul Sorvino y tiene ofertas para más películas. Hay otra actriz que es muy luminosa, Alicia Fernandez. Yo la había visto en café-teatro y no había hecho nada de cine. Los dos cuñados, uno es más conocido porque es un monologista, Agustín Jiménez, y el más orondo, Jorge Asín, lo vi en un programa de televisión autonómica aragonesa haciendo un sketch que se llamaba ‘El maño mayor’ y me hizo una gracia enorme. Pero sobre todo vi que le daba mucha al personaje mucha humanidad, le da mucha verdad al papel.

Háblanos de Joan Pera, el actor que interpreta a Antonio, el viejo panadero.
La película tiene muchas sorpresas y una de ellas es la estructura. En un principio el personaje de Joan Pera aparece como un secundario más. No se ve que va a tener el protagonismo que acaba teniendo. Y poco a poco se va apoderando del protagonismo de la película. Pienso que esta estructura es arriesgada porque no estás dejando claro desde el principio quién es el protagonista, sino que se lo va ganando a medida que avanza. Yo lo que quería era, evidentemente, un magnífico actor que pudiera hablar de tú a tú con Tosar y con Rodrigo. Repasé varias posibilidades para interpretar a Antonio, pero me empeñaba en alguien que fuera lo más desconocido posible. Alguien que fuera como tu vecino o alguien que te cruzas por la calle. Alguien que diera muchísima ternura, con mucha cercanía y que sufrieras por él. Joan Pera es un actor que es muy conocido en Cataluña y que lleva toda la vida haciendo teatro. Estuvo interpretando La extraña pareja como diez años ininterrumpidos con un éxito brutal. Pero fuera de Cataluña no se le conoce nada. Muchas críticas están diciendo: se merece el Goya al actor revelación. Y a mí me da un poco de pudor, porque un hombre de 71 años con la carrera que tiene y demás, pero es verdad que es un actor revelación porque no se le conoce. Yo tenía miedo que al ser un actor de teatro no supiera medir la actuación, pero para nada. Hay una cosa que os sonará: es el doblador de Woody Allen. Entonces, es un hombre que tiene una familiaridad con el cine. Estoy orgullosísimo de su trabajo porque me parece que es el alma de la película. Somos nosotros.

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Hay películas que buscan reflejar la realidad, pero creo que tu película intenta, y creo que es intencionado (tú me dirás si es así o no) hacer una especie de homenaje a la cultura popular. El hecho del barco es un suceso hoy muy popular, cómo pasamos las vacaciones. Creo que hay una mirada intencionada hacia eso. 
Sí, en efecto. Jorge y yo no empezamos a escribir esta historia hasta que nos subimos a un crucero. Y fue precisamente ese viaje en el crucero de siete días por el Mediterráneo lo que nos dio el tono, las claves, muchos de los personajes. De alguna manera, lo que le propone un crucero a un pasajero es lo que le propone una película de entretenimiento a un espectador, que es una burbuja confeccionada para su evasión. En ese sentido, es verdad que queríamos que esta película solo pudiera existir en una pantalla, igual que un crucero es un espacio de diversión artificial que solo puede existir allí. El primer momento es de shock. Pero, ¿qué es esto? ¿Qué mundo felliniano viene a mí? Pero luego hay algo como de síndrome de Estocolmo y en el trascurrir de los días acabas embebido de eso, formas parte de ese espacio. Esta era la pretensión que teníamos con Yucatán, que, a medida que va avanzando, estás metido en ese universo tan lleno de propuestas tan antitéticas, porque es verdad que hay momento en el que hay mucha diversión y, de pronto, empieza a tomar un cariz dramático, y de pronto pasas a otra escena que es de cine negro, casi duro, pero luego resulta que todo es un juego de apariencias. Cuando yo era joven las películas que más me gustaban eran las que no podía prever, las que me ofrecían sorpresa constante. Y yo creo que eso es lo que tendría que proponer una película siempre: que me entretuviera, que me contara cosas, pero que significara algo original. Yo creo que, en ese sentido, Yucatánlo consigue.

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Hay una película de Godard que también trascurre en un trasatlántico de estos (Film socialisme), pero en aquel caso se aborda en un tono documental y lo que ves te parece como horrible porque aquello es algo de gente que no sabe lo que está haciendo y que ha perdido la razón. Lo que yo quería decirte es que, así como allí la mirada es caustica, lo que vemos nos resulta decadente, en tu película homenajeas ese mundo y a esos personajes que tienen algo de decadente, es verdad, pero también les tratas con afecto.
Sí, sí, no es una mirada caustica. Es una mirada, si quieres, irónica en algunos casos, pero cariñosa. Es que a mí la condescendencia es algo que no me gusta. Entrar en un universo, si te parece despreciable, para contar una historia desde la condescendía, “yo soy más listo que todo lo que estoy retratando”, entonces, bueno, ¿para que te pones a retratar esto? A mí lo que me gusta más es sumergirme. Del mismo modo que cuando me metí en las cárceles traté de reflejar todas las vivencias y sentimientos que yo tuve en esos paseos por las cárceles y demás. O cuando estuve en el Estrecho. Yo estuve en las lanchas, en los helicópteros, en los campos de marihuana, etc. Es una manera distinta. Hay una ironía, hay un espíritu juguetón, no hay una celebración, pero, por ejemplo, los espectáculos musicales están hechos con dignidad. El retrato del barco y de ese universo no es vitriólico, esto es cierto. Pero lo que sí que tiene un cierto vitriolo es la conjunción imposible de seres que hay allí. Hay gente del público que me decía que ha viajado en cruceros y que está retratando lo que ellos han vivido. A mí me hace más gracia eso, no gente que no reconozca ese espacio.

El cine club Lys nace con la idea de acercar al público un cine menos popular o menos convencional, por decirlo de alguna manera. Tu cine, sin embargo, es más clasicista, podríamos decir. Yo te pediría que te defiendas en ese sentido.
Sí, claro. Te diré. Mira no hay nada más moderno que los clásicos. Tú piensa qué puede haber más moderno que Ciudadano Kane. El otro día vi un tráiler de la película que, por fin, Netflix estrenó en Venecia de Orson Wells de 1974, The other side of the wind. Es una película que, como sabes, estaba perdida, que estaba rodada (con [Peter] Bogdanovich, con John Huston y tal), que por un motivo económico se la quedó el sha de Persia y que por fin se liberó el negativo y ahora la han remontado. Lo que recibí fue: este hombre, en el 74, ¡es de una modernidad! O mira Fraude, la última película que hizo Wells. Te digo Wells, pero te puedo decir Luis Buñuel, te puedo decir Alfred Hitchcock. Mira cualquiera de las películas de estos tres que te he citado al azar y no hay nada más vanguardista, más irreverente, más profundo de lo que cualquier cineasta de la actualidad, los mejores, como puedan ser Tarantino, Fincher, Del Toro, Cuarón, no se rindan o hagan pleitesía ante estos clásicos. Para mí lo clásico no es un adjetivo peyorativo, sino todo lo contrario. Si alguien me dice que es que el cine que tú haces es clásico, me siento honrado. ¡Bueno!, es que tú has citado a Godard. Godard es un clásico. En su forma de dinamitarlo todo, es un clásico. Porque lo clásico es algo que no pasa de moda. Yo me acuerdo de Tony Scott, cuando sacó aquella de El ansia, o Alan Parker, era un tipo de cine muy vistoso y demás, pero tú ves un tipo de películas, El muro, que en su día eran como muy modernas, y están pasadas de moda. Ken Rusell, que también era como lo más moderno y ahora lo ves y es risible. Como el palo de selfie, que de aquí a un tiempo diremos, ¿te acuerdas de esto? Como el uso del zoom exagerado, hay cosas que pasan en seguida de moda.

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En tu cine has tocado el cine fantástico, el cine carcelario, el policíaco, ahora la comedia mezclada con el musical. ¿Qué te queda por tocar y que te gustaría abordar?
La verdad es que yo no me lo planteo en plan: ¡y ahora voy a hacer…!

Quizá no sea una idea tuya, pero al final se va construyendo…
Se va construyendo, sí, sí, sí. Es posible, es verdad. Es de una manera inconsciente. No me planteo: este género no lo he tocado, voy a tocarlo. Es que a mí me gusta todo tipo de cine, de todos los géneros. O sea que yo puedo disfrutar enormemente de una película de Tarkovski y de un gore de Peter Jackson de sus inicios. Lo digo por citar dos cosas que me parecen como muy antitéticas. Lo que sí me tiene que ocurrir es que me tengo que apasionar con la historia que voy a contar. Hay un tiempo en el que estoy como en barbecho, con varias historias en la cabeza, y las pienso, las regusto, hasta que me acabo de decidir por una porque son tres años de mi vida lo que me va a llevar hacer una película, desde que la concibo hasta que la consigo estrenar. Entonces debo estar muy seguro de que durante esos tres años yo voy a estar apasionado porque es mucha la lucha que tienes que hacer por ella. Y además tienes que saber que vas a tener que apasionar en ese camino a mucha gente para que te acompañe: al equipo técnico, a los actores y, ojalá finalmente, a los espectadores. En cualquier caso, si eso no sucede, por lo menos tú tienes que tener claro por qué la has hecho y por qué te apasiona. Por ejemplo, una película como Yucatán, yo sabía que frente a Celda 211o El niño,a mucha gente le iba a chocar. Alguien me dijo al principio: tú sabes que esto es un salto mortal sin red, ¿no? Y yo pensé, pero, ¿por qué? Es una película de la que estoy perfectamente orgulloso, que sé por qué la he hecho, que me divierte, y es una más en una trayectoria que creo que es bastante coherente, que es hacer aquello que disfruto tratando de hacer disfrutar a los demás.

Algo importante en la película es el espacio donde suceden las cosas. Ese crucero que es un protagonista más. ¿Cuál es la mayor dificultad a la hora de rodar en un barco real como este?
Sí, yo quería sacarle glamour a ese barco, entonces cuando tienes un decorado que no puedes mover paredes, que no puedes trabajar con la libertad de un decorado, que tienes el pie forzado de que hay muchos pasajeros y solo tienes un tiempo muy limitado para rodar en cada uno de los sitios, que los pasillos son estrechos y, además, quieres hacer una película en scope, en pantalla grande, y que de una sensación como de película de lujo, realmente es de una complejidad muy grande. Y además estás al albur de la climatología, estás navegando y si tienes tormenta el barco se mueve, si el sol no sale el mar está matado, tienes los cielos grises, o las tomas aéreas porque el barco está en movimiento y tienes que hacer movimientos muy suaves con unos armatostes enormes. O sea que esa fluidez, esa ligereza que te pide una comedia, digamos que estás chocando constantemente contra los elementos. Entonces, sí que es cierto que, dentro del diseño que hicimos mi director artístico y mi director de fotografía, hay algunos elementos que los decidimos sacar del barco (no te diré cuáles –risas-) para que la experiencia resultara más golosa porque había algunos espacios que iban en contra de esta búsqueda del glamour.

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Quería preguntarte, para acabar, sobre el reto de abordar la dificultad del ritmo en una comedia como esta.
Sobre todo, si uno se lo plantea, uno cuando ha contado un chiste y lo va contando a distintas personas va aprendiendo cuál es el tempo idóneo para que el chiste tenga gracia. Pero claro, cuando tú haces cine, no tienes a ese espectador todavía y tienes que confiar mucho en tu intuición y en cómo te hizo gracia la primera vez, porque es un chiste que se repite varias veces a lo largo del proceso y que te puede dejar de hacer gracia. Entonces encontrar el ritmo en comedia es una cosa como de una alquimia muy complicada. Y más en una película como esta que está jugando con muchos sentimientos, porque es una película que juega con el humor, pero también juega con el drama. Por cierto, como en las películas clásicas porque hay una película que está considerada una comedia que es una obra maestra de la historia del cine que se llama El apartamento de Billy Wilder. Tú ves esa película, que es unan comedia, y es un drama existencial profundo. Digamos que, si no es suficientemente difícil el que una película sea cómica, aquí en Yucatánhay algo más, y es que, encima, muchas veces estoy rompiendo la sensación lúdica del espectador con secuencias de drama. Pero me parecía que eran interesantes para la definición de los personajes y para contar lo que al final es la película, que es como una fábula moral de estas que a mí me encantaban cuando era niño de Frank Capra. Vive como quieras, o Qué bello es viviro Caballero sin espada, que además te habían contado algo, ¿no?

Una especie de inocencia mágica.
Exactamente, sí, sí, sí. Con todo lo que quieras, pero eran efectivas. Que te tocaban el corazón, caray. Ya sabes (risas)

Próxima entrega del Cine Club Lys: Todos lo saben, de Asghar Farhadi.

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