FIDO

«La vocación es algo que está muy presente en mis películas»

MIA HANSEN-LØVE

Sin duda era una de las cartas en la manga del Festival Internacional de cine Cinema Jove, que, desde el día 24 de junio al 2 de julio, nos invita a disfrutar su 37ª edición. Y sí, ya podemos decir que la directora Mia Hansen-Løve es el flamante Premio Luna de Valencia de este año. La obra de Hansen-Løve arranca en 2007 con su primer trabajo largo, Todo es perdonado, una declaración de intenciones de lo que iba a ser su posterior carrera. Cine pequeño en la forma, relatos íntimos, un sujeto (a veces él, otras ella) en el centro de una tormenta de emociones, de dudas ante las encrucijadas de la vida, narradas sin estridencias, pero con gran sensibilidad y cuidado por aquello que se mueve en la intimidad de sus personajes. Las dudas existenciales de un hombre que no encuentra su camino y se deja arrastrar por sus adicciones (Todo es perdonado), un productor adicto al trabajo que deja de lado a su familia (El padre de mis hijos), el primer amor (Un amor de juventud), la escena de la música tecno en los años 90 (Eden), una mujer frente a un mundo racionalmente frágil (El porvenir), o el peso de la memoria (Maya), son algunas de las cuestiones que trata un corpus cinematográfico que es difícil de separar de la propia experiencia vital de su autora.

A falta de ver su último trabajo (Una hermosa mañana), presentada en el último festival de Cannes, Cinema Jove pre-estrena su penúltima producción, La isla de Bergman, un trabajo con reparto internacional (Vicky Krieps, Tim Roth), que cuenta la llegada a la isla de Fårö, última residencia del director sueco Ingmar Bergman, de un matrimonio, ambos directores de cine. El viaje es el cumplimiento de un sueño, un homenaje pendiente al director de Persona y, a la vez, la búsqueda de un espacio de inspiración. Entre salidas turísticas por la isla, Chris, su protagonista, trata de discernir su futuro como artista y como madre. Charlábamos con Hansen-Løve sobre este trabajo y qué posición ocupa dentro de su filmografía.

El festival te otorga un premio como reconocimiento a tu obra. Podríamos decir que, en estos momentos, estás a mitad de tu carrera. La pregunta sería: cuando miras atrás, ¿qué es lo que ves?
Intento no mirar atrás demasiado. Trato de mirar hacia delante. Trato de que todo esté siempre en movimiento y moverme yo también. Lo que puedo decir es que siempre he intentado que mi trabajo sea homogéneo. Creo que, si he tenido éxito en algo, es en eso. Creo que mi deseo o los valores que quiero transmitir como directora son los mismos desde el principio. Quizá sea esto de lo que estoy más orgullosa. Por otra parte, no suelo ver mis películas. A veces las veo por alguna proyección especial, pero no suelo volver a ver mis películas otra vez.

Creo que hay dos temas que son centrales o comunes a muchas de tus películas. Uno de ellos es la familia, el otro sería el amor. ¿Estarías de acuerdo con esta receta?
Sí, pero quizá yo añadiría algunos más. Es verdad, pero también la vocación es algo que está muy presente en mis películas. Creo que, de una manera o de otra, la cuestión de la vocación es algo que siempre está ahí.

He estado revisando tu filmografía y he tenido la impresión de que en tus primeros proyectos mirabas a tus personajes desde fuera, desde el exterior de sus experiencias, para pasar después a crear unos personajes que ya surgen de ti, o a través de ti, un algo de ti que se proyecta en ellos. ¿Has percibido una cierta evolución?
Quizá es porque mis dos últimas películas, Una hermosa mañana y La isla de Bergman retratan a mujeres que siento que están muy cerca de mí. Compartimos la edad y la situación, lo que quizá haga que tenga una gran intimidad con esos personajes. Mientras que, en mis dos primeras películas, Todo está perdonado y El padre de mis hijos, aunque aparecían mujeres jóvenes, primero eran retratos de hombres en distintas situaciones a la mía, de diferente edad, historias distintas de mi propia historia, lo que hizo que yo pusiera una cierta distancia. Pero, cuando hice mi tercera película, Un amor de juventud, que es un coming of age, pero que también es una historia de una vocación, aquí ya encontramos un personaje que es muy cercano a mí.

Siempre que leo algo sobre ti, con frecuencia se hace referencia a la idea de que eres la voz de tu generación. ¿Te sientes así o crees que es una etiqueta que no te corresponde?
Me gustaría que fuera verdad. Creo que es una cuestión más de sensibilidad que una cuestión de edad. A veces me siento muy conectada con gente que vive en países muy lejos de Francia. No son de mi cultura, a veces son de mi edad, a veces son más jóvenes, otras son mayores que yo, y lo mismo me sucede en mi país. Me gustaría poder decir que soy la voz de mi generación porque creo que es un sentimiento muy gratificante, especialmente porque te conecta con una cierta juventud. Pero, para ser honesta, prefiero ser la voz de una cierta sensibilidad que ser la voz de una generación. Espero que esa sensibilidad esté conectada con una cierta modernidad, a mi manera. Para mí hay dos clases de modernidad. Hay una en la que me siento reconocida, y hay otro tipo de modernidad que tiene mucho de impostura, de actitud; no estoy interesada en pertenecer a esa modernidad. De nuevo, es una cuestión de sensibilidad.

Con respecto a La isla de Bergman, que se pre-estrena en el festival, tengo la impresión de que es una película que propone una aproximación a la figura de Bergman, como ese gran maestro del cine, pero hay también una intención de dejarlo atrás.
No estoy segura, porque no creo que haya algo que desee más que volver a Fårö (la isla donde vivió Bergman y donde está rodada la película). Echo de menos el lugar. Me sentí hechizada por él, de manera que ese encantamiento perduró en mí incluso después del rodaje de la película. Muchas veces, cuando haces una película, conectas mucho con el lugar en el que ruedas, a pesar de que a veces quieres matar ese lugar, porque pasas mucho tiempo allí, conoces el backstage, lo que hay detrás, y muchas veces no quieres volver. Pero lo que resultó único con Fårö, y que tiene que ver con ese poder de Bergman, es que el lugar tiene una especie de atractivo misterioso que te persigue incluso después.

¿Y es posible que en la película haya algo de eso en torno a la figura del propio Bergman? Hay de hecho en la película momentos en los que se plantea esa confrontación entre su figura como persona, su yo privado, y como artista. Y no lo deja muy bien…
No, porque sigo viendo sus películas. Sigo amando sus películas. No estoy cansada de ellas. Mi adicción a Bergman es más fuerte que en mi película. Sigo sintiendo curiosidad por su trabajo. Creo que es algo que estará conmigo toda mi vida, como las películas de Bresson, Truffaut… Quizá sí pueda sentirme cansada de ciertos directores, pero hay otros que siento que son compañeros de mi trabajo, incluso creo que son más importantes ahora. Son directores que veo una y otra vez y en los que suelo encontrar nuevas emociones, los redescubro en cada visionado.

Para mí la película plantea una confrontación entre la vida común y el trabajo artístico. El personaje principal está pensando en ello todo el tiempo, si debe centrarse en la maternidad o si debe anteponer su arte. ¿Crees que ponemos el arte en una posición demasiado elevada con respecto a otros aspectos de la vida?
Ahmm, no lo sé. Sí, se lo que quieres decir, pero no creo que haya hecho la película para poner a Bergman hacia un lugar más terrenal. Pero entiendo que la gente vea la película como un intento de desacralizar su figura. Entiendo que veas la película como un trabajo de desacralización de Bergman, pero, de hecho, lo que ocurre es que eso está, pero también está lo opuesto a la vez. Sí, me enfrento a la realidad de Bergman, a su vida diaria, a la persona que fue, pero también hay algo de sacralización en mi proyecto. Creo que vivimos en un tiempo de desacralización del cine, cada vez hay menos interés por el cine, la gente cada vez ve menos películas en el cine y cuando miro mi película, La isla de Bergman, la veo como una premonición de este hecho. Así que, de alguna manera, mi proyecto es un intento de “re-sacralizar” el cine porque intento transmitir el aura de Bergman en la película. Así que mi película está llena de fe por el cine, de fe en el aura de este gran cineasta en un tiempo en el que la gente le está dando la espalda al cine.

En tus primeras películas hay un mayor interés por el argumento, por la historia. Pero en tus películas más recientes me da la impresión de que ese interés se centra en la intimidad de tus personajes.
Sí, es verdad. La isla de Bergman es una película en la que nos movemos en varios niveles. Hay un relato de dos personajes que se mueve en el presente, luego aparece otra historia, una película dentro de la película, otras veces no sabemos dónde estamos… En este caso, también estaba interesada en el proceso de inspiración y creación. Pero entiendo lo que dices. Quizá cuando empecé a hacer películas usaba el paso del tiempo de una forma más cronológica, creando historias que se desarrollaban en largos períodos de tiempo. Todo está perdonado, mi primera película, sucede en un periodo de once años. Un amor de juventud transcurre en diez años. Por diferentes razones, necesitaba esos periodos de tiempo para contar mis historias. En La isla de Bergman abarco un periodo de tiempo más corto, lo que implica otra manera de enfrentarme con los sentimientos, al mostrar todo el tiempo el presente de los personajes. Pero el tiempo también está incluido en la película porque cuando ella cuenta la historia que está escribiendo, es una manera de volver al pasado. Imaginamos que eso que cuenta es algo que ella ha vivido o quizá sea mitad vivido y mitad invención, pero es una manera de volver en el tiempo.

Yo me refería, sobre todo, al hecho (que sucede también en una película como Maya, por ejemplo), de que, con el tiempo, quizá sean más importante los sentimientos de los personajes en un momento dado, que la historia en sí. La historia es importante, pero quizá disfrutamos más con cómo se sienten los personajes en ciertos momentos del relato.
Sí, en mi primera película es posible que haya más relato, como dices. Pero la forma, en la manera en la que abordo la historia es siempre impresionista. Escojo siempre momentos que tienen que ver con la vida cotidiana, no necesariamente espectaculares o dramáticos. Es mi manera de arrojar luz, incluso cuando hay momentos dramáticos, como en Todo es perdonado o en mi segunda película. Siempre hay momentos que están relacionados con sentimientos que no tienen por qué ser expresados con palabras necesariamente, y que se expresan muchas veces con silencios.

Empezamos hablando del pasado y querría preguntarte por cómo ves tu trabajo de aquí en adelante.
No lo sé. He hecho dos películas muy próximas en el tiempo, La isla de Bergman y Una hermosa mañana. Son dos películas que son muy diferentes, pero que creo que son muy complementarias. Siento que con ellas estoy al final de algo y frente a un nuevo principio, y creo que necesito algo de tiempo antes de rodar otra vez.

Cinema Jove ofrece un ciclo dedicado a toda la filmografía de Mia Hansen-Løve. Ver programación en cinemjove.com

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