QUÉ DECIR DE… LA CÁMARA DE CLAIRE & EL LEÓN DUERME ESTA NOCHE

Título original: Keul-le-eo-ui Ka-me-la · Hong Sang-soo · Corea del Sur · 2017 · Guión: Hong Sang-soo · Intérpretes: Isabelle Hupert, Kim Min-hee, Shahira Fahmy, Jung Jin-Yeong…

Título original: Le lion est mort ce soir · Nobuhiro Suwa · Francia · 2017 · Guión: Nobuhiro Suwa · Intérpretes: Jean-Pierre Léaud, Pauline Etienne, Arthur Harari…

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Quizá uno de los tópicos más extendidos en esto de la divulgación del cine lo encontramos en esa imagen del crítico como un individuo a la caza de lo raro, lo obtuso, frente a un público general cuyos gustos ni comprende ni se esfuerza en entender. Pero esta imagen no es rigurosamente justa.  Lo que sucede la mayoría de las veces es que, frente a un público que entiende el cine (estoy generalizando) como mero entretenimiento sin pretensiones, la visión del crítico es algo más amplia, abarcando propuestas que van más allá de los cuatro o cinco títulos que cubren la atención de los medios y plataformas de difusión más populares. Así, su relación con eso que se entiende como “raro” no es tan intencionada como se suele percibir, sino el simple resultado (muchas veces) involuntario de un contacto permanente con otras formas y modelos de hacer cine, simplemente distintos. Es ahí, en esa búsqueda, cuando el comentarista se roza con propuestas que despiertan su atención, abriéndole su percepción a distintas maneras de narrar, que es lo mismo que referirse a las distintas formas de esto de entender las posibilidades que las herramientas del cine ofrece a los creadores. Es en esa diversidad donde el crítico curioso se pierde con placer, dejándose llevar por aquello que tenga de diferente, sorpresivo, un arte que, como cualquier otro, depende de la inventiva humana. Abrir las puertas de la emoción y las sensaciones a esa diversidad es la misión y el mayor deleite del comentarista. Pues bien, todo este rollo viene a cuento de dos de los estrenos que nos descubre la cartelera de esta semana. Dos películas que tienen algunos elementos en común, aunque abordados desde perspectivas estéticas diferentes.

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La escueta línea argumental en la que se sostiene La cámara de Claire, última producción del realizador surcoreano Hong Sang-soo, nos presenta a Manhee, una joven ayudante de producción que, en plena celebración del festival de Cannes, se encuentra ante una complicada situación. Su jefa, que dice haber perdido la confianza que tenía en ella, ha decidido despedirla. Manhee se siente desolada. Sin embargo, pronto encontrará consuelo en la compañía de Claire, una profesora de instituto que se pasea de un lado a otro tomando fotografías con una cámara Polaroid. Mientras, un rudo director de cine trata de resolver sus problemas sentimentales y creativos ahogándolos en la bebida.

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Rodada durante el festival de Cannes del año 2016, la última producción del director de Antes sí, ahora no, da muestras de una economía de medios que nos empuja hacia un cine de resistencia, impulsivo, un arrebato sin artificios, que podría decirse influenciado por las formas del documental, pero que va mucho más lejos. Si el cine de Hong Sang-soo ya daba muestras de un interés por sanearse de todo artificio cinematográfico, facilitado, en este caso, por la urgencia y casi clandestinidad con la que ha realizado su nuevo proyecto, aquí alcanza cotas de una depuración de recursos todavía más estimable. Solo con su cámara y su trípode, sin apenas elementos de iluminación, Sang-soo nos devuelve esa mirada pura de un cine que busca rescatar la esencia de las cosas. Una esencia, la de la vida, construida a base de momentos, sin principio ni final, extractos de un continuo en constante fluir que encierran, sin embargo, lo que somos. ¿Y qué somos?, se preguntará el lector de esta crónica. Pues somos decepciones, mentiras piadosas o grandes mentiras, contradicciones, encuentros azarosos que surgen de repente como un chaleco salvavidas en mitad del océano. En definitiva, almas que buscan reconstruirse después de cada tropiezo con el que esa misma vida les azota.

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La cámara del director coreano parece entrometerse de forma discreta en medio de unos acontecimientos, pero sin intervenir, sin resaltar nada, dejando que los personajes vayan dando cuenta de sus aflicciones. En el relato de estos hechos, no hay espacio para el fraccionamiento de la imagen, (el montaje es casi inexistente, así como los movimientos de cámara), y aquello que acontece ni siquiera responde a un orden temporal aparentemente lineal. De esta forma, la película funciona casi como el recuerdo de algo que ha sucedido y, en el recuerdo, el antes y el después se mezclan sin responder a una lógica, solo cuenta la impresión que tengamos cuando acabe la experiencia. Y es razonable que sea así. Siendo artificio, pues todo arte es construcción, la película busca encontrar, como todo el cine de Hong Sang-soo, nuevas formas de producir sentido, tratando de aproximarlas al devenir de esa vida que intenta recrear, y ahí, en buena lógica, fondo y forma andan fuertemente ensamblados.

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Sin duda, una de las mayores fortalezas de este largometraje la encontramos en la construcción de unos personajes que rezuman esa vida que estamos comentando y para la que es fundamental la ayuda de un reparto que toma el pulso del proyecto con una naturalidad embaucadora. De la aparente fragilidad de Manhee, pasando por esa inocencia curiosa de Claire, o la impertinente mezquindad de un hombre, el director de cine, que necesita emborracharse para, llegado el momento, librarse de una amante de la que ya se ha cansado. Sería interesante preguntar qué hay de autobiográfico en esta película. Clarie registra con su cámara instantánea imágenes de todos ellos. Según su teoría, esas imágenes tienen el poder de transformar a quien retrata. Y aunque la teoría nos parezca extravagante, parece que contiene algo de verdad. Nosotros, como espectadores, nos vamos dejando seducir por este mundo (el mundo del cine) del que nos sentimos, como Claire, algo ajenos y, sin embargo, participantes, como un turista ocasional (creo que la imagen de Claire, su vestuario, no es casual en este caso). Al fin y al cabo, un festival de cine, como una película, nos adentra en un estado de extraña excepcionalidad de la vida corriente. Lo mismo sucede cuando entramos en la sala. Se encienden las luces y miramos, y al mirar, nos transformamos, aunque solo sea un poco. Y es cierto que, después de ver La cámara de Claire ya no seremos los mismos de antes. Algo ha cambiado. Una experiencia, la de esta sencilla película, de la que nos será difícil salir tanto estética como emocionalmente. Cabría preguntarse qué podemos esperar después.

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Entre lo último de Hong Sang-soo y la reciente propuesta del director de origen japonés Nobuhiro Suwa, El león dueme esta noche, existen, decíamos al principio, algunas diferencias notables, si bien, en esencia, podemos encontrar algunas similitudes. Una de éstas últimas se encuentra en el esquemático y algo desarticulado argumento en el que se basa el guión de este trabajo. Aquí conoceremos a Jean, un famoso actor de cine al que encontramos en medio de un rodaje. La aparente indisposición de su compañera de reparto le deja unos días libres que emplea en buscar a una vieja amiga que vive por la zona. Al fin, Jean encuentra la casa de su amiga, pero ésta se haya vacía. A partir de aquí, da comienzo un viaje entre la realidad y la ensoñación en el que Jean se encontrará físicamente con un antiguo amor, fallecido hace algún tiempo. Mientras todo esto sucede, un grupo de niños intenta hacer, con su ayuda, una película.

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Al igual que sucedía en el caso de Sang-soo, Nobuhiro Suwa nos ofrece en su última película algo más que un simple relato. A las puertas de la muerte (en la ficción y quizá, en la vida misma), Jean revive por unos días un amor de juventud. Y ahí, entre conversaciones que rememoran algunos sucesos del pasado, entre palabras y gestos de entrega, Jean trata de recuperar la pureza de aquellos sentimientos perdidos. Nobuhiro Suwa hace con esta cinta una sentida declaración de principios en favor de la inocencia, de esos momentos puros que alguna vez encumbraron nuestras vidas. Y no hay nada más inocente, en términos de pureza, que la infancia. En principio, estos dos elementos, el relato de Jean y el de los niños, no parecen muy conectados entre sí, aunque a poco que nos fijemos veremos enseguida cuál es la relación. A medida que pasa el tiempo, el cine, como en la propia vida, ha ido perdiendo cierta ingenuidad original, esa pureza que parece reclamar Jean. Será en la mirada de esos niños a la hora de hacer su película, donde el arte del cine recupere esa honestidad corrompida. Esa es la mirada que Nobuhiro Suwa trata recuperar, para sí y para sus espectadores.

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En esta revisión que hace de esa mirada no hay, en este caso, reglas inquebrantables. Ahí el cine de Nobuhiro Suwa se parece al de Hong Sang-soo, si bien la propuesta formal es algo diferente. Aunque, como decíamos antes, todo es construcción, donde Sang-soo busca una especie de acercamiento realista, Suwa se entrega voluntariamente y sin contemplaciones al artificio. Donde la cámara del coreano era discreto testigo de los hechos, la de Suwa no renuncia a ningún recurso, de la iluminación a los movimientos del plano, o el empleo de unos diálogos que no se cohíben a la hora de recurrir a cualquier pretensión grandilocuente, casi literaria, poética (aunque Sang-soo apela también a esa dimensión, se apoya en el recurso de la presencia de un libro, por ejemplo). Si el arte es fingimiento, decíamos arriba, ¿por qué renunciar a cualquier posibilidad? En la cabeza del artista, todo es admisible, ahí reside esa libertad tan deseada. Así, el director japonés apela a trastocar las convenciones, manejando a su antojo, como hacía también el coreano, los elementos del tiempo. Antes y después, presente y pasado.

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Y, como en el caso anterior, aquí la indiscutible colaboración y complicidad del casting es esencial. No es casual la presencia de un ya envejecido Jean- Pierre Léaud en el reparto. El viejo alter ego de Truffaut se brinda al juego de espejos entre realidad y fantasía al que le somete el director japonés. Su presencia es ya, en sí misma, un aval de esa libertad creativa que dejó patente la vieja nouvelle vague y de la que esta película aparece como deudora. Nobuhiro Suwa pone su cámara muy próxima a su protagonista, del que absorbe como una esponja, no solo su gesto, sino, más importante aún, su mirada. En las dos perlas negras de los ojos de Léaud, encuentra el autor esa mirada inocente, primigenia, que anda buscando. El león se materializa como aquello que todos hemos poseído alguna vez. Imagen simbólica de esa inocencia perdida. GERARDO LEÓN

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