Calç blanca, negro carbón de Toni Canet

TEATRE PRINCIPAL. Barques, 15

Día 1. Ante la pantalla de cine se encontraban, abriendo la nueva edición de la Mostra, amigos y colaboradores, conocidos y familia del realizador valenciano Toni Canet, cuyo último trabajo, Calç blanca, negro carbón, abrirá esta tarde el festival en su sesión inaugural. Para celebrar el evento y acompañar al recientemente fallecido Canet en la retrospectiva que el certamen dedica a toda su obra audiovisual, estaban su hija Montse, su viuda Loreto Primo, su co-guionista Joan Olivares y el periodista Carlos Aimeur que presentaba, a la vez, Toni Canet, el hijo del calero, un libro editado por el festival sobre la vida y la obra del realizador de Llutxent.

Es precisamente Llutxent, su pueblo natal, uno de los dos protagonistas de esta película documental que nos habla de profesiones en extinción o directamente desaparecidas, de mundos a punto de caer en el olvido, consecuencia de la línea que marca los avances tecnológicos y las nuevas estructuras que señalan ese concepto en constante movimiento al que llamamos modernidad. El otro espacio protagonista lo encontramos en un pueblecito de Teruel llamado Formiche Alto, otro de esos mundos afectados por la amenaza de la despoblación, parte de ese triste concepto que hemos venido en llamar España vacía, y que aquí toma forma en rostros y espacios concretos. Allí encontró Canet el motivo de su trabajo, la profesión de carbonero, cuyo proceso quiso documentar para dejar testimonio de ello. El carbón como producto de los recursos que ofrece la tierra que rodea a los hombres será el negro que menciona el título de este trabajo. El blanco lo pone la cal que se obtiene desde otra tradición, ésta ya mediterránea, la misma profesión de calero que el propio Canet llegó a ejercer en su infancia de la mano de su padre.

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Pero, ¿qué hacía un hombre de esencia tan mediterránea como Canet en una pequeña población del Teruel más profundo? La relación de Canet con Formiche viene de su mujer, cuya familia tiene hondas raíces en el pueblo. Allí pasaba el realizador y su pareja sus últimos veranos. “Cuando Toni conoció Formiche se quedó enamorado de aquel pueblo, que tendrá sesenta habitantes, y que pertenece a esa España vaciada de la que ahora se habla tanto. Él se enamoró del pueblo y de la gente”, dice Loreto Primo, su viuda. Para Joan Olivares, su co-guionista, Canet “vivía de una manera muy intensa todo aquello que estaba relacionado con la vida en el campo, los trabajos artesanales y manuales, porque de pequeño se había dedicado mucho tiempo a hacer hornos de cal y a vender la cal en los pueblos, y cuando descubrió que en Formiche había un oficio tan antiguo, tan tradicional y para él tan íntimo como el suyo, inmediatamente se volcó en ello.” El proceso de gestación del documental fue sufriendo una paulatina transformación según fue avanzando, de la idea inicial, al rodaje y el montaje definitivo. “En principio la intención era hacer una especie de documental etnográfico”, dice Olivares. “Pero la cosa fue creciendo, sobre todo cuando los amigos de La Vall d’Albaida se enteraron de que iba a hacer una carbonera y le dijeron: Toni no se puedes hacer una carbonera sin hacer un forn de cal. Yo creo que en ese momento vio que se podía establecer esa relación entre el blanco y el negro, entre dos etapas importantes de su vida.”

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Era esperanza tanto de Canet como del propio Olivares que el documental despertara el interés del público por las profesiones de carbonero y calero, ya fuera como referente de un pasado común, o como potencial motor para una industria, el turismo, necesaria en unas zonas, como es el caso de Formiche, hambrientas de nuevos alicientes económicos. “En Formiche me parece que no cambiará mucho. Por desgracia el carbón está muerto como elemento de futuro. Evidentemente, como medio para producir energía no tiene sentido. No sé si algún día se podrá recuperar algo a nivel turístico, pero yo creo que, de momento, no hay nada”, continúa explicando Olivares. “La cal es otra cosa diferente (…) En Llutxent se están recuperando pozos de cal y se está recuperando unas rutas turísticas muy interesantes, hay hornos en diferentes estados de construcción en los que se puede explicar el proceso y es posible que, en unos años, eso sea un atractivo turístico importante para el pueblo. Por otra parte, está la cuestión de la recuperación de edificios antiguos. Hay una serie de leyes y normativas europeas que obligan a restaurar los edificios de una cierta antigüedad con los elementos originales. Y antiguamente no existía el cemento, el cemento era la cal y, por lo tanto, eso abre una puerta de algunos puestos de trabajo.”

Para Montse Canet, hija del realizador, la proyección de esta película sirve a un doble propósito, como reconocimiento del trabajo de su padre y como confrontación contra un presente poco consciente de su pasado inmediato. “Para mí es un testimonio muy importante como hija y como nieta de caleros. Yo vivo fuera de España, en Suiza. Es un mundo totalmente diferente y eso de los oficios antiguos no lo tenemos tan cerca y, de alguna manera, sí que siento que las generaciones pasan y que eso se pierde. No solo por el oficio, se pierden las historias, se pierde la memoria, se pierde las relaciones humanas que se ven aquí”, comentaba Montse a la prensa. “Yo encuentro que esto es un testimonio valiosísimo, no solo para mí, sino por las futuras generaciones que vienen y que podrán ver cómo se vivía. Pero como se vivía de verdad, no como en las películas americanas donde la gente se enciende una hoguera debajo de las estrellas, sino cómo vivían los carboneros, los caleros, como pensaban, como se relacionaban”.

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Pero Calç blanca, negro carbón es algo más que un trabajo de orden etnográfico. Es, en boca de los presentes a esta primera sesión de la Mostra, reflejo del carácter de un realizador que sabía atraer a la gente hacia sus proyectos. “Toni era un personaje extraordinario. Probablemente una de las pocas personas que yo he conocido capaz de hacer eso. ¿Cómo lo hacía? No lo sé. Lo más sorprendente es que lo hacía con una sencillez y naturalidad en la que no le pedía nada a nadie. Simplemente, te lo dejaba caer y tú te enganchabas al carro porque te apetecía. Era una de las mayores virtudes que tenía Toni, la capacidad de convoyar a gente y hacer que se uniera”, comenta Olivares, guionista del documental. Esa esencia palpita también en el libro redactado por el periodista Carlos Amaiur, un texto que, en sus propias palabras, es una especie de making off de su personalidad y su trabajo. Es el retrato “de un hombre de pueblo, de hombre para el pueblo, de un trabajador incansable y de un creador capaz de crear contra viento y marea. Porque él no lo tuvo nada fácil. De hecho, sufrió bloqueos por parte de determinadas personas y, a pesar de todo, consiguió hacer una carrera en la que hay obras maestras como Las alas de la vida o como esta película”. Para Amaiur, Canet “era una de las personas con más talento del audiovisual valenciano y me daba mucha rabia ver que ni siquiera él disponía de todos los medios necesarios para hacer todo lo que habría podido hacer. Yo creo que la tragedia está en la sociedad valenciana porque, por culpa de estas cortedades de miras, nos hemos perdido estas grandes obras que Toni nos podría haber legado.”

Esa imposibilidad para desarrollar sus proyectos en su confrontación, en palabras de Amaiur, con la administración y la raquítica industria valenciana, marcaría toda su carrera, especialmente durante sus últimos años. “Yo soy emigrada, como tantos jóvenes que se han ido de este país”, contaba su hija Montse. “Yo le decía a veces Toni, pero lárgate ya de ahí. Si es una zancadilla tras otras, es una locura. ¿Cómo puedes estar ahí trabajando? ¿Qué haces ahí? Y él me decía, yo estoy aquí, esta es mi tierra, esta es mi gente, yo lucho aquí (…) Ese sentimiento de tierra yo creo que es lo que le conectaba con la gente.” Esos obstáculos, harían que su obra audiovisual se centrara en trabajos documentales, más fáciles de producir con muy pocos recursos, aunque eso no le distanció de la posibilidad de realizar futuras obras de ficción que continuaran títulos como Amanece como puedas o La camisa de la serp, ambas programadas en esta edición de la Mostra. “La línea de la ficción no la había abandonado por el documental”, comenta Loreto, su viuda. “La línea del documental la empezó con Las alas de la vida, siguió con Calç blanca, negro carbón, pero a él la ficción le seguía apasionando. De hecho, hay guiones hechos para rodar que se han quedado sin hacer (…) Él quería hacer cine de la forma que fuera y, como veía que no podía hacer determinadas cosas, dijo: esto lo puedo hacer. Toni iba creciendo de nada a más. Una vez entraba en un proyecto, iba a muerte porque era absolutamente apasionado. El cine le apasionada en todas sus vertientes”.

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