HASTA EL DOMINGO 20/9
MuBAV. Sant Pius V, 9
No somos conscientes de lo difícil que es pintar, a escasos centímetros de la nariz, una bóveda que va a verse a unos cuantos metros de distancia desde abajo. Lo apuntaba el director del Museo de Bellas Artes, Pablo González Tornel, para resaltar la pericia del artista cordobés (valenciano de adopción) Antonio Palomino, en la presentación de una exposición monográfica que conmemora el tricentenario de su muerte. Se le conoce principalmente por sus pinturas murales, que han entrado en la muestra en forma de documental; y por su faceta de tratadista del arte español, al más puro estilo Vasari. En cómo hablamos del arte patrio tiene mucho que decir la obra teórica de Palomino. Concretamente, su influyente tratado El museo pictórico y escala óptica que, entre otras cosas, encumbró a Diego Velázquez (cuyo autorretrato aparece en la exposición) y allí se quedó para siempre, en la cumbre. Hablamos del libro más influyente de la historia del arte español, escrito con una voluntad absoluta de trascender y cuya alargada sombra ha oscurecido otras facetas de Palomino que también jalonan el recorrido planteado por el museo: estampas, proyectos decorativos para catafalcos y dibujos y óleos preparatorios de trazo firme. Estos son menos almibarados que sus pinturas, envueltas en una gran erudición teológica —como segundo hijo, estaba destinado a la carrera eclesiástica— puesta al servicio de la transmisión de los misterios de la religión cristiana.
Antonio Palomino y la noche barroca quiere reivindicar al artista andaluz como un buen pintor de caballete —además de fresquista y teórico— que dejó murales muy meritorios en tierras valencianas: en la Basílica de la Virgen de los Desamparados, en la catedral de València y en la iglesia de San Nicolás, para la que ideó el programa iconográfico. Lo suyo no resulta hoy tan atractivo para el espectador medio como otras formas del barroco como las del Rubens, tan exuberante, con el que comparte espacio este verano. Evitando comparaciones odiosas, explicaba Tornel que Palomino ha quedado orillado como pintor por haber cabalgado la indefinición entre los siglos XVII y XVIII, cuando se cerraba una época gloriosa del arte español en la que lo nuevo no acababa de nacer y lo viejo no había muerto del todo. Casi contemporáneo de Velázquez y fallecido veinte años antes de que Goya naciera, vivió el tránsito de la dinastía de los Austrias a la de los Borbones, el paso lento del Antiguo Régimen a las primeras luces de una Ilustración, que nunca llegaría a desarrollarse plenamente en España. Se escuchaban los últimos estertores de la teología como saber por antonomasia ante el avance imparable de la ciencia moderna. Él, que se mantuvo ajeno a los vientos de renovación que llegaban desde Europa, fue un artista difícil de encajar, por eso no aparece prácticamente ni en museos ni en manuales. Sin embargo, fue capaz de pintar con maestría la bóveda de 600 m² de los Santos Juanes de València, una de las grandes empresas decorativas del Barroco español que solo estaba al alcance de poquísimos artistas. El Museo de Bellas Artes le saca brillo a Palomino para presentarlo como mucho más que fresquista y tratadista. S.M.








