HASTA EL DOMINGO 25/10
CAHH. Mar, 31
Si alguien puede ir de compras y llevarse a casa un Kiefer es Hortensia Herrero. Es un artista duro y sombrío para su gusto, pero también capaz de crear cuadros algo más dulces, como Las flores del mal, el primero de los tres que la mecenas compró —Böse Blumen, Walhalla y Der Tod und das Mädchen— para apuntalar al artista alemán como uno de los ejes de su colección. Aquel primer lienzo integra esta primera exposición temporal desde que el Centro de Arte Hortensia Herrero abriera sus puertas hace dos años y medio. No estaba nada convencida de la jugada la señora Herrero, para montar una exposición temporal había que sacar sesenta piezas del edificio, reorganizar seis galerías y guardar esas joyas suyas que rezuman estatus y poderío. Pero acabó accediendo. Ahora podremos ver en València, junto a las obras de Herrero, algunas otras que no habían salido nunca del estudio de Anselm Kiefer, inspiradas en la naturaleza, la poesía de Baudelaire o Rilke, la música de Schubert o la mitología griega.
Precisamente la mitología se fusiona con la historia en el gran cuadro (más de trece metros de ancho) de esta exposición: Danaë. Kiefer, un artista con complejo de genio, nació en una Alemania en ruinas tras la Segunda Guerra Mundial. Literal. Vino al mundo en el sótano de un hospital porque su casa había sido bombardeada aquella noche. Fue uno de los primeros artistas alemanes que se atrevió a confrontar el pasado nazi de su país. Y la gran Alemania que proyectaba el régimen de Hitler incluía una arquitectura monumental construida en piedra, como la romana, para poder legar a la posteridad unas buenas ruinas arias. Y una bella ruina es lo que puede verse en Danaë, un cuadro monumental que recrea lo que queda del aeropuerto de Tempelhof, el edificio más grande del mundo hasta la construcción del pentágono. El título hace referencia al mito griego según el cual Zeus se transforma en lluvia de oro para burlar el encierro de Dánae, fecundarla y que diera a luz a su hijo Perseo. Quien acabaría matando accidentalmente a su abuelo Acrisio (rey de Argos) con un disco durante una competición deportiva, cumpliendo así la profecía del oráculo. Kiefer hace una relectura de este tema clásico que ya había sido abordado por artistas de la talla de Tiziano, Rembrandt o Klimt, pero en su caso, la lluvia dorada cae sobre un aeropuerto que fue pionero de la aviación comercial en los años veinte, símbolo arquitectónico de la Alemania Nazi e instrumento de resistencia durante el bloqueo soviético a la Berlín Occidental. El artista no narra el pasado nazi, sino que pinta sus huellas. El paisaje y la arquitectura, para él, no son nunca inocentes, son un telón de fondo histórico.
Keifer es el artista que crea aeroplanos de plomo a escala real y construye torres de hormigón armado a partir de contenedores marítimos. Todo es grandioso, monumental, elefantiásico. También su fama. Hablamos del artista alemán contemporáneo más famoso; del que, para algunos, es el pintor vivo (tiene 81 años) más importante del mundo. Sobre todo si rige el criterio económico: sus lienzos suelen alcanzar precios record en las subastas. Paisajes envolventes, arquitecturas desmesuradas, la materialidad de superficies salpicadas de capas de pintura plasticosa, paja, ceniza, arcilla, tierra, alquitrán, plomo (el único material suficientemente pesado para evocar la carga de la historia humana, según él) y oro son habituales en las obras de este artista que miró con admiración a Joseph Beuys. Fundiendo lo puramente físico de sus materiales terrenales con lo etéreo de sus ideas, Anselm Kiefer invita a reflexionar sobre la humanidad y su historia. S.M.








