Tiempos modernos

HASTA EL DOMINGO 31/5
MuBAV. Sant Pius V, 9

Raphael en el cartel del festival indie Sonorama o Juan Muñoz exponiendo en el Museo del Prado; eso es Tiempo modernos, una propuesta poco esperable: una exposición de arte moderno en un museo que custodia obras con más de quinientos años de historia a sus espaldas. ¿Y por qué el Museo de Bellas Artes de València guarda en los almacenes piezas que no le corresponden por pedigrí histórico? Porque en 1968, cuando no existían aún museos de arte contemporáneo de referencia como el Reina Sofía o el IVAM, Felipe Garín —director del Prado, de la Academia de España en Roma y del Consorcio de Museos (en este orden)—, convenció al Ministerio de Cultura para comprar obra de destacados artistas y colectivos valencianos como Eusebio Sempere o el Equipo Crónica, que desarrollaron su carrera después de esa barrera invisible que levantó la Guerra Civil española. En aquel entonces no tenían mejor acomodo que el Museo de Bellas Artes, cuya colección se ha ido completando con donaciones de Aurora Valero, Genaro Lahuerta o Francisco Sebastián, y con compras puntuales que han cubierto huecos evidentes para el ojo experto. Se han comprado cuadros de Juana Francés, cuyo Bodegón con botellas, puramente expresionista, reúne su esencia experimental; o de Darío Villalba, que en los años setenta fue pionero en la utilización de impresión fotográfica intervenida con óleo. Como muestra, Cabeza demente, un collage emparentado con la tradición pictórica barroca que remarca el patetismo de un rostro doliente.

Tiempos modernos juega con esa vieja dicotomía de la historia del arte que se acentuó tras la aparición de la fotografía: ¿apostamos por el valor representativo o por el plástico? O nos esforzamos por imitar la realidad o le damos rienda suelta a la forma, el trazo, el gesto y el color sin buscar la fidelidad. Habrá que aceptar que la representación de una pipa no es una pipa realmente, que toda representación pictórica (incluso fotográfica) está separada de la realidad.

La recuperación de las artes tras la Guerra Civil fue lenta en una España aislada que intentaba sobrevivir en Europa arrasada por la Segunda Guerra Mundial. Artistas como Manolo Gil retomaron la pintura figurativa con un halo de pesimismo evidente. Otros como Aurora Valero, en su magnífico autorretrato con guiños expresionistas y fauvistas, mantuvieron viva la modernidad. Los dos forman parte de la primera parte del recorrido, dedicado a la figuración de postguerra, donde aparecen colectivos valencianos de arte pop como Equipo Realidad o Juan Genovés.

En el polo opuesto, la abstracción fue promocionada activamente por el régimen franquista como símbolo de una pretendida modernidad ibérica, entre otras cosas, porque los censores no supieron ver el mensaje político subyacente. Mensaje que era explícito en las piezas de Genovés, por ejemplo. La abstracción en esta muestra está representada por el expresionismo matérico de Jacinta Roncalés, en el que sobresalen los volúmenes sin pudor; la abstracción de orientación constructivista de Joaquín Michavila; las esculturas geométricas de varillas cromadas de Eusebio Sempere, que juguetean con el Op Art y el arte cinético; y la síntesis de arte, ciencia y tecnología del que hace gala José María Yturralde —aún en activo— en la joya de la corona de la exposición: Figura imposible 3.

La muestra se cierra con un apartado dedicado a las naturalezas muertas y el paisaje, el más burgués de los géneros, que vivió una tendencia moralizante en las primeras décadas del siglo XX. El paisajistas de Aiora Pedro Cámara capturó desolación del paisaje, Francisco Sebastián lo descompuso con influjos cubistas, Genaro Lahuerta lo reordenó a lo Cezanne y Juan Bautista Porcar lo contrapuso a la industrialización. El Museo de Bellas Artes de València desempolva sus almacenas para enseñarnos, restauradas, obras que quedaron orilladas tras la creación del IVAM y demuestran que, durante las décadas centrales del siglo XX, València estuvo en primera línea a nivel mundial. S.M.

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