La transformación urbana de la ciudad en los últimos cincuenta años es vastísima si in- cluimos los PAI y los nuevos barrios creados hacia todos los puntos cardinales. En este tiempo, la fisionomía de València se ha transformado y crecido hasta engullir la huerta circundante, esa que da nombre a la comarca de l’Horta y de la cual es su capital, para convertirla en un espacio que, siendo como es productivo, siempre se encuentra ame- nazado por una idea de progreso mal concebida y ejecutada.
Ante la sensación de pérdida de ecosistemas, de valores patrimoniales, socia- les, culturales, arquitectónicos o urbanísticos, quienes han sido expulsados, o están amenazados o excluidos de una forma de vida que desearían poder hacer compatible con la sociedad que les promete todo el tiempo novedades y cambios que no necesitan, la ciudadanía, se organiza como resistencia. Como dice Foucault, «donde hay poder, hay resistencia», porque el poder no es «una cosa; el poder son relaciones entre indi- viduos. Una relación que consiste en que uno puede conducir la conducta del otro». Y, por lo tanto, esa conducción genera una reacción cuando no se desea ser conducido/a de una manera precisa. Es en esa línea de actuación donde se encuentra y desde donde actúa la exposición de Anaïs Florin Nou mil raons, un título abreviado de la proclama poético-activista «Nou mil raons per l’horta i la revolta».




