Una pieza de resistencia corporal y memoria viva.
Hay cuerpos que se sientan para desaparecer, y hay cuerpos que se sientan para permanecer.
Esta es la historia de uno que, sin decirlo, eligió quedarse.
Frágil no es una obra sobre la vejez.
Es una obra sobre lo que se quiebra cuando una sociedad no sabe mirar hacia atrás.
Sobre la fragilidad como territorio de resistencia.
Sobre un hombre que ya no puede nombrarse con claridad, pero no permite que lo nombren otros.
Sobre el tiempo que pasa, y la pregunta de qué queda de nosotros cuando ya nadie nos escucha.
No hay personajes. Hay presencias: un cuerpo que resiste frente a los embates de “el otro”, —la sociedad— que insiste en ordenarlo, reducirlo, aparcarlo, santificarlo o borrarlo.
A través del cuerpo, el silencio, el temblor, el bolero, el grito y finalmente la quietud, Frágil traza un viaje hacia el “yo” como territorio en disputa.
El cuerpo viejo no responde con palabras, sino con movimiento.
Cada gesto es una refutación. Cada respiración, una declaración política.
La fragilidad deja de ser un estado de debilidad para convertirse en un lugar de fuerza, de verdad y de rebeldía.


