El Gabinete de dibujos tiene el placer de presentar la instalación de Daniel Muñoz Desquicio Turquesa, una site-specific especialmente pensada para la galería, donde se reconfigura el espacio expositivo al recuperar un conjunto de elementos arquitectónicos en desuso del antiguo taller de reparación de automóviles que ocupaba hace años este mismo bajo de la calle Literato Azorín, número 33. Daniel consolida así su voluntad de trabajar con lo preexistente. A través de este gesto, el artista cuestiona los materiales que nos constituyen y nuestras capacidades para construir con lo olvidado, lo residual o lo insignificante. De esta aparente carencia de signos emerge un nuevo cuerpo, denso y experiencial, que se impone en el espacio como una presencia inverosímil, impropia del lugar, aunque estrechamente vinculada a él. Un cuerpo compuesto por ocho piezas independientes que, por decisión propia, se autoagrupan.
La estructura que aparentemente delimita y separa estos elementos es también el sistema de apoyo que los unifica y sostiene, que hace que se posicionen y se expongan, como una suerte de biombo, cuya etimología proviene de la palabra japonesa Byōbu (Byō: “protección” + bu: “viento”); un término también utilizado en el mundo informático para designar la multiplexación, técnica que combina dos o más comunicaciones de forma simultánea usando un solo dispositivo de transmisión. Estas ocho piezas arquitectónicas, hasta ahora subordinadas y accesorias, se desquician rompiendo su silencio y haciendo públicas sus experiencias y traumas, apetitos y obsesiones, hasta ahora predeterminadas por su naturaleza. A través de sus testimonios desafían sus roles y muestran las capacidades que poseen los cuerpos para reformularse y emanciparse de la inercia y el destino. El proyecto se articula como una doble exposición que es también indivisible. Por un lado, vemos un conjunto de dibujos acompañados de ocho testimonios narrados por la pluma del escritor Millanes Rivas, quien aporta una rica dimensión literaria al proyecto. Por otro, la obra toma la forma de una danza semiótica: un gigantesco panel de ocho metros compuesto por un corpus de signos dibujados mediante posturas, movimientos, transformaciones y fugas protagonizadas por estas piezas insurrectas. Sus ocho voces se multiplican, generando un nuevo horizonte de posibilidades constructivo-discursivas.
Desquicio Turquesa es, por lo tanto, una reflexión sobre la liminalidad entre las individualidades y el cuerpo colectivo; sobre las deserciones y los cometidos. Un mecanismo que sugiere que, allí donde existe bilateralidad, puede que no haya dicotomía entre experiencia y proyecto.




