Una noche, el sonido desaparece.
No hay cante. No hay palmas. No hay guitarra.
Solo queda el cuerpo… y una pregunta: ¿cómo bailarías si no escucharas?
En ese silencio empieza el viaje de Antoñita. La escena se convierte
en un lugar de señales mínimas: una mirada que marca el tiempo,
un gesto que abre el espacio, una respiración que sostiene el compás.
El ritmo no llega por el oído; llega como una ola que recorre la piel.
La vibración se vuelve guía.
Inspirada en La Singla, bailaora sorda, Antoñita busca una forma de
comunicación que atraviese las barreras sensoriales. Un baile que
convierte la pregunta en posibilidad y transforma el escenario en un
territorio común, donde escuchar también puede ser sentir, mirar y vibrar.
Antoñita no es un espectáculo convencional, sino una experiencia compartida.
¿Te atreves a vivirla?








