A Streetcar Named Desire

No hay papel más opuesto al de la contenida Scully de Expediente X que el de la histriónica Blanche DuBois de Un tranvía llamado deseo. Y aquí está Gillian Anderson para demostrar su amplitud de registros interpretando a esta dama sureña de Mississippi con delirios de grandeza que acaba huyendo a New Orleans para vivir con su hermana Stella y su cuñado Stanley. La ruidosa, vanidosa, intensa, seductora y alcohólica Blanche oculta muchas cosas de un pasado que trata de maquillar inventándo una realidad paralela y fantaseando con ser quien no es. Stella por su parte, aguanta y justifica como puede el la violencia animal de Stanley, un obrero de origen polaco con un claro sentimiento de inferioridad que la presencia de Blanche hace todavía más evidente. Esta obra de Tennessee Williams fue estrenada en Broadway en 1947 con un joven Marlon Brando en el papel protagonista bajo la dirección de Elia Kazan y ganaría el Premio Pulitzer un año después en la categoría de Drama. Nos situamos en una época en la que la mujer necesitaba encontrar un hombre que ofreciera protección y sustento económico, era propiedad del marido y debía mantener su “respetabilidad” a toda costa. Y en este pozo es donde Blanche se encuentra atrapada. Está sola (es decir, sin un hombre), ha perdido su respetabilidad, tiene una edad en la que empieza a volverse invisible, se siente vacía y bracea desesperada, sabe que está quemando sus últimos cartuchos para enganchar a un hombre que la rescate del hundimiento. Su frase más recordada: “Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños”. S.M.

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