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«Yo prefiero el gusto que la ideología»

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Amores perros, 21 gramos, Los tres entierros de Melquiades Estrada, Babel … Títulos de películas que ya forman parte del imaginario de nuestra cultura y, especialmente, del cine contemporáneo. Pero si las destacamos en este artículo es porque todas ellas tienen un denominador común: la presencia en los créditos del hombre que las pergeñó y las puso en palabras, el guionista (o escritor cinematográfico, como prefiere que se considere a su trabajo) mexicano Guillermo Arriaga. Escritor cinematográfico, pues, novelista, director, productor de sus propios proyectos, Arriaga nos visita a cuenta de la celebración de la primera edición del Valencia Pitch Forum, un encuentro para futuros profesionales de la escritura cinematográfica que se celebra estos días en Valencia. Iniciátiva organizada por La República del Lápiz, el Instituto Valenciano de Cultura y la EDAV (Escritores del Audiovisual Valenciano), entre otras instituciones, VPF incluye actividades para el público en general como una masterclass que Arriaga impartirá el próximo viernes 8/11 en la sala La Mutant. Con él hablábamos de todo. De guion, por supuesto, de su método de trabajo, de política… ¡y de caza!, quizá su mayor afición. Yo la leería hasta el final, tiene un cierre muy bonito. GERARDO LEÓN 

Hablando de guion o de escritura cinematográfica, el público en general, aunque puede hablar de ello cuando sale de una sala de cine, en el fondo no termina de entender qué es eso y qué parte forma de una película. Si te pidiera que, brevemente, le explicaras a un espectador medio qué es el guion, ¿qué le dirías?
Casi siempre se cree que lo que hace el escritor es escribir los diálogos. No, lo que hace es crear la historia, crear la estructura. Hasta los silencios, las miradas, las distancias entre los personajes. Hay muchas cosas que hace el escritor que no sabe el espectador. Dice, mira escribió los diálogos, pero no saben que también hace todo lo demás, lo sucesos. Si hay una persecución, la escribió el escritor, si hay un robo a un banco, lo escribió el escritor, si hay un pleito en una pareja, eso lo escribió el escritor, si se quedan callados en una playa un padre y un hijo, y no se hablan, eso lo escribió el escritor. No solamente es el blablablá, es toda la estructura de una película, es la historia. Es el creador original de lo que está pasando en la película.

Yo no sé cuál es la situación en México. En Estados Unidos sí parece que se aprecia más, pero, ¿tú cómo ves la valoración del escritor dentro de la industria? En España no está tan bien considerado.
Yo el caso español no sé cómo es, pero creo que es nuestra obligación, como escritores, ser visibles. Tanto peleo yo por hacerlo visible que estoy aquí, en Valencia, para hablar de mi trabajo. Y he podido ir a otros países donde la gente va a escucharme porque soy el escritor de determinadas películas. Entonces, yo creo que también es nuestro trabajo visibilizarnos y pelear por la autoría.

¿Qué hace que Guillermo Arriaga escoja un proyecto?
Yo no elijo proyectos. Yo escribo historias que tengo y, si algún director quiere dirigirla, bien. Si no, no. Yo no trabajo por encargo, solamente escribo obra original. Todas mis obras son originales, son historias mías. No es eso de que el director me dice, tengo una gran historia que quiero que tú desarrolles. No, yo tengo una historia, ¿tú la quieres dirigir? Perfecto, bienvenido.

¿Y cómo es el proceso de escoger al director que va a dirigir esa historia que has escrito?
El gusto, tiene que tener el mismo gusto que tú. Por ejemplo, cuando trabajé con Tommy Lee Jones era muy claro que teníamos un gusto muy parecido. A los dos nos encanta el desierto, a los dos nos encanta la cacería, a los dos nos encanta Thomas MacCarthy, Edward Hopper, Kurosawa… Entonces, teníamos ahí los mismos gustos. El gusto es lo que determina [esa relación], más que la ideología.

Ajá…
Yo he trabajado con directores de derechas-derechas y no soy de derechas, yo soy de centro-izquierda, pero tenían un buen gusto. Yo prefiero el gusto que la ideología.

Eso puede ser difícil de entender en el cine contemporáneo (y en el mundo en general) donde las cosas están muy partidas o polarizadas. Colaborar con alguien que tenga una ideología diferente, no se comprende mucho. Estoy pensando en directores como Clint Eastwood que es un director que estaría a la derecha y al que se le admira por un lado y, por otro, se le tiene un cierto recelo.
Mira, acabo de trabajar con un autor que admiro muchísimo. Hice con él una película que se llama Words with gods (Hablar con dioses) que no ha salido, donde llamé a varios directores a hablar de su propia religión. Aquí en España fue Alex de la Iglesia, que lo hizo sobre el catolicismo. Tuve a Emir Kusturica, tuve a Mira Nair, filmamos en todo el mundo. Y le pedí a Mario Vargas Llosa que nos hiciera la correduría del orden, de cómo debe ser. A mí no me importa si Mario tiene una visión ideológica distinta de la mía. Me viene importando muy poco. Es un tipo al que yo admiro por su obra y con el que puedo disentir. Pero disentir, no por eso voy a descalificarlo. Hay la creencia de que si uno no piensa como tú hay que descalificarlo, y no. Hay que dialogar. Es el momento de dialogar.

Esto que dices es casi una anomalía en estos momentos.
Pero es que… Uno no lo sabe, pero la guerra está a tambor batiente en menos de lo que tú esperas. Y la gente cree que no, que puede decir (exagerando) ¡es que ese es un imbécil porque piensa así! Esos discursos terminan por crear guerras civiles. Y terminan por crear mata-personas. Me parece extraño que España no haya aprendido la lección.

A ver si la difundes.
Tienen que aprender la lección. Parece muy fácil porque estamos muy lindos aquí y vivimos sin crimen, y estamos todos felices y nos podemos decir las cosas tal cual son. Pero eso empieza a bullir y la gente se empieza a matar. Y nunca sabes en qué momento se disparan los odios. Entonces, antes de que se disparen, hay que dialogar.

Aunque entiendo que no es tu caso, uno de los problemas del escritor cinematográfico es el de poder vehiculizar sus inquietudes en un texto que, en muchos casos, va a dirigir otra persona. 
No es mi caso. Yo, por ejemplo, estoy hablando de mi perro en Amores perros. Estoy hablando de mi infección en el corazón en 21 gramos. Estoy hablando de un accidente que tuvimos en una cacería en Babel. En Melquiades Estrada estoy hablando de mi amadísimo compadre campesino Tamauri Peco. Son cosas muy personales, muy personales. Si tú lees mis libros, si ves mis películas, vas a ver que todo son vasos comunicantes. Hay huellas digitales entre unos y otros. Tú ves Amores perros y lees El salvaje [su última novela] y recibes el mismo mundo.

Tu caso, como decía, es una rareza dentro de la industria. Pero, ¿qué le dirías a un guionista que está empezando sobre esta cuestión? 
Pues mira, hay gente que lo que quiere hacer es una obra. Lo que quiere es presentar una visión personal. Yo nunca he aceptado trabajar por encargo. Bueno, un par de veces sí, porque quería trabajar con un actor que siempre he apreciado que es Brad Pitt. Pero ahora ya no vuelvo a trabajar así para otro director. Solamente tengo tres directores con los que voy a trabajar: mis hijos y yo.

Te iba a preguntar sobre eso porque he visto en tu filmografía que hay muchos cortometrajes, especialmente con tu hija. 
No, no, no. Ella y su hermano dirigen juntos. Santiago y Mariana dirigen juntos.

Pero tú estás como guionista. 
Sí, yo les escribo. A ellos sí les escribo. Y la razón por la cual yo he dirigido cortometrajes es que estoy escribiendo novelas y no quiero dejar el cine completamente de lado porque, como director, quiero seguir activo. Me gusta muchísimo dirigir.

Entonces, entiendo que no hay una diferencia entre el Arriaga escritor para otros directores y para sí mismo.
No, no la hay. En mi caso, ninguna de las ideas viene de los directores. Son mis historias, son mis vivencias. Los personajes se llaman como mi familia, como mi mujer, como mis hijos, como mis padres. En Babel, por ejemplo, el personaje de Adriana Barraza se llama Amelia por mi mamá. En Amores perros se llama Maru, como mi esposa. En Burning plain (Lejos de la tierra quemada), se llaman Santiago y Mariana, o en 21 gramos son Jack y Marianne. Son mundos muy personales. Nunca me han dictado una historia.

Y en el paso a la imagen final, cuando es otro el que ha dirigido, ¿cómo es el proceso?
No, porque yo he estado presente. No es que se lo doy [el guion] a alguien y me voy. Yo estuve en el set, estuve en el casting, estuve en las localizaciones, estuve en la edición, estuve en la música, estuve en la corrección de color. No estuve al margen de las decisiones, en ningún caso.

Habrás tenido suerte de haber trabajado con directores que acepten esas condiciones, porque no siempre será posible… 
Es lo que tienen que pagar para trabajar conmigo (risas) Sí, porque entregarle a alguien y que él haga lo que quiera, no. Nunca ha sido así.

En la eterna confrontación entre arte e industria, en la lucha entre la industria como espectáculo y el artista que quiere llevar adelante una obra personal que luego se visibilice, ¿qué consejo le darías a un guionista que empieza? 
Que decida qué quiere hacer en la vida. Y qué puede hacer, porque a veces tú quieres ser autor, pero no tienes el mundo para hacerlo. Y a veces quieres hacer un blockbuster y no tienes con qué hacerlo. Entonces, hacer lo que se puede y lo que se quiere. Primero hacer lo que se quiere y, luego, hacer lo que se puede.

Hay algún consejo para fortalecer el ánimo frente a esa industria que, en principio, te va a poner trabas o que es más reticente a lo autoral.
Mira, nosotros somos creadores y tenemos algo que decir. Simplemente, creer que lo que tienes que decir es importante y seducir a la sociedad. Eso significa también conseguir la financiación para hacer ese proyecto.

Las series de televisión parece que son el nuevo contenedor de la ficción en el mundo. Quería preguntarte qué te parecen. Por lo que tengo entendido, tú último mediometraje [No one left behind], que presentaste en Venecia, se podía ver como un piloto para una serie.
No, yo lo hice con la intención de hablar de la migración. Pero luego, nos dimos cuenta de que, a partir de ahí había algo más. No lo hicimos con la intención de hacer un piloto, lo hicimos con la intención de hablar del tema, que para mí es muy cercano porque, cuando voy de caza, conozco campesinos, y conozco rancheros, y conozco vaqueros que han tenido que emigrar. Para mí es un tema personal.

¿Y cómo ves tú este cambio de la industria hacia las series o las series como producto? 
Pues mira yo, que he estado más o menos vinculado con las series americanas, creo que hay mucho susto para que el público las acepte. Entonces, creo que deben de perder un poco el susto y arriesgar más. Porque se asustan mucho. Que si no se está vendiendo, etc.

Es una industria muy conservadora. 
Es muy conservadora. En general, la televisión es muy conservadora.

Incluso las plataformas.
Las plataformas, sobre todo. Es muy conservadora. Tienen mucho temor de que no vaya a funcionar. Lo entiendo, invierten mucho dinero. Entiendo los resquemores.

Parece que la pantalla de cine está perdiendo espectadores o, al menos, todo el mundo está con este discurso tan catastrofista. ¿Qué te parece? 
No, no lo creo. Soy amigo de Alejandro Ramírez y Miguel Mier, CEO’s de Cinépolis [empresa mexicana dedicada a la exhibición de películas] y están abriendo cines por todo el mundo. Están abriendo salas en Arabia Saudita (risas) Yo creo que a la gente sí le gusta la experiencia de ir a ver cine en una pantalla grande. Ahora, con The irishman (El irlandés), la película de Scorsese, la gente la quiere ver en pantalla grande, no la quiere ver en un computador. Quiere verla en grande. El trabajo de Scorsese se tiene que ver grande. Entonces, yo no creo que se esté perdiendo la pantalla, la verdad. ¿Cuántas veces me dijeron que el libro se iba a morir? Y ahí sigue. Por lo menos, yo sigo vendiendo libros.

¿Qué diferencia hay entre escribir una novela y escribir en imágenes?
Para mí es literatura. Lo único que entiendo es que lo que yo escribo para cine se va a convertir en una película y que necesito que haya cierta cuestión visual, que se pueda “ver” la película. Pero para mí es el mismo proceso.

¿Cómo piensas la imagen? ¿Cómo entra la imagen en tu cabeza? Porque el narrador literario construye el sentido de sus historias de una manera, pero el narrador para imágenes piensa en imágenes. ¿Cómo es para ti ese trabajo literario?
Tiene que ver con la persona narrativa. Casi siempre la novela es primera persona, aunque esté contada en tercera. Cuando tú dices, “Juan pensó”, ya estás en primera persona, aunque estés escribiendo en tercera. Y el cine es siempre en tercera persona, aunque haya una voz fuera de cuadro que esté diciendo las cosas. Siempre es una tercera persona. Entender que la novela es hacia dentro y el cine es hacia fuera.

El otro día me encontré pensando que el cine en general, e incluso una parte del cine autoral, se ha infantilizado mucho. A mí me ha sorprendido el último premio de Cannes, que empieza con una temática, pero acaba siendo una cinta de género, con su matanza final y ya está. ¿No sé si tienes una impresión parecida?
Yo creo que el mundo se ha infantilizado en general porque los seres humanos están cada vez más protegidos. Viven muy protegidos, no les pasan cosas. A la gente no le pasa cosas.

¿Cosas grandes, dramáticas?
No les pasan cosas, está todo muy programado, muy ordenado. Ahora, las nuevas generaciones se hacen tatuajes. Es como sustituir las cicatrices. Y la ropa está rota, como si la ropa tuviera vida y yo no.

Cuando se hace una cierta crítica hacia un tipo de cine producido por la industria, esta responde siempre que eso es lo que demanda el público. Eso que se ofrece, se ofrece porque es lo que demanda el espectador…
No, no creo. Eso sucede en Hollywood, pero no necesariamente sucede en todo el mundo. Aquí se han hecho películas muy personales. Por ejemplo, la última de Almodóvar es una película muy personal. Lo que hace Alex de la Iglesia, lo que hace Fernando León de Aranoa, lo que hace Paula Ortiz, lo que hace Isaki Lacuesta, son películas personales.

Que le dirías a ese público para que el cine no esté tan infantilizado.
No, yo no le demando nada al público. El público puede ver lo que quiera. No es obligación del público. Nosotros tenemos que hacer obras que toquen a los seres humanos. Yo no diría el público, yo diría los seres humanos. Yo no puedo decirle al público, vayan a ver mis películas. Yo tengo que hacer una historia que sea atractiva, que no sea “comercial”, pero que sea atractiva. Que les interese. Ese es mi trabajo. El público paga y decide en qué gastar su dinero. Es mi responsabilidad contar una historia lo mejor posible y hacérselo lo más interesante.

¿Cuándo sabes que una historia puede interesar?
Pues yo no sé cuándo una historia puede interesar o no. Por ejemplo, ahora que estoy escribiendo la nueva novela, la estoy reescribiendo completa ¡por sexta vez! Y corto y pulo, y corto y pulo. Cuando digo que la reescribo completa es que voy transcribiendo, son mil páginas… es un trabajo de doce horas diarias. Y yo lo hago porque la gente va a comprar mi libro y va a dedicar su tiempo y tengo que entregarles algo de calidad. Cuando yo escribo una película la reescribo muchísimas veces porque quiero que el público vea algo serio. Puede ser que no les guste, pero que vean que hay un profesional detrás que se está esforzando lo mejor posible para que la obra tenga un peso.

Cómo convives con esa confrontación entre tu trabajo y la recepción final de la obra. ¿Interesará lo que estoy contando?
No, no. Ni me la cuestiono porque, si me la empiezo a cuestionar, no escribo nada.

No digo que tu cine sea siempre directamente político, pero sí toca aspectos sociales, ya esté ambientado en México o en Estados Unidos. Actualmente hay un gran interés por producir un cine (ficción o documental) con tintes o que trata cuestiones políticas. ¿Cuál crees que es el papel que puede tener el cine o el arte a la hora de cambiar la sociedad? 
Ninguno. El arte no da respuestas, como tiene que hacerlo la política, o lo que tiene que hacer la ciencia. Esos sí tienen que dar respuestas. La medicina tiene que dar respuestas. Lo que el arte debe suscitar son preguntas. Y si algún cambio debe suscitar el arte debe ser que te plantee una pregunta. ¿Quiénes somos como sociedad? ¿A dónde vamos? ¿Quién soy como individuo? ¿Cuáles son los problemas que aquejan a mis contemporáneos? ¿Por qué tengo miedo? ¿Dónde puedo encontrar valor? Esas son las preguntas que se tiene que hacer alguien después de leer o ver o contemplar una obra.

Me he encontrado muchas veces esta idea de ofrecer preguntas, pero no ofrecer respuestas. Pero pienso también si eso de no ofrecer nunca respuestas, porque la política tampoco parece que ofrezca respuestas…
No, la política sí debe de ofrecer respuestas. Si no, ¿para qué eres político?

Es una buena pregunta.
No, el político debe ofrecer respuestas y lo que debe seducir de un político es cómo ayudo hoy a solucionar esos problemas. Si no, no seas político.

Pero si no se ofrecen, ¿no puede eso alimentar ese estado de confusión general en el que parece que vivimos? Muchas preguntas y pocas respuestas.
Es que a veces las respuestas las debes de generar tú solo. Las respuestas se deben generar con la sociedad. A la vez, hay que escuchar, porque muchas veces los políticos no escuchan. Te lo digo como cazador.

Te han preguntado muchas veces sobre eso y no te iba a preguntar, pero, al respecto de esa condición de cazador, tienes una muy buena respuesta en una entrevista que haré mía cuando salga el tema, porque me parece muy interesante eso que cuentas de que el cazador está muy pegado a la naturaleza, cosa que no se suele comprender.
Lo que hace el cazador es que entiende su pertenencia a un mundo natural, no artificial. Entiende que la vida está alimentada de muerte y que hay paradojas muy complejas en la naturaleza. Yo cazo con arco y flecha. Y para cazar con arco y flecha, como no me puedo arrastrar en el desierto mejicano, no me queda otra más que esperarlas [a las piezas]. No hay momento en que yo no vea muerte mientras estoy esperando. El halcón que mata a una paloma, la rana que se come a un insecto, la garza que se come la rana, el venado que mata a otro por la hembra, los coyotes que se comen el cervatillo… Todo el tiempo que estoy observando, hay muerte. Por lo menos hay una o dos muertes al día de las que me toca ser testigo. Pero vivimos en una sociedad que se escandaliza por la muerte, que quiere que todo sea pulcro y puro. Y no. Hay quien dice, yo no mato animalitos porque solo como zanahorias. Como si las zanahorias crecieran en los bosques, así solitas, ¿no? Y yo vivo muy de acuerdo con la naturaleza, pero aquí se destruyó un bosque. En el edificio en el que estás había un pantano, un bosque, una selva, unas marismas… dejen de decir tonterías.

¿Es el guionista, el escritor, una especie de cazador de la realidad?
En mi caso, sí. Porque si algo me define es la cacería. Yo soy cazador en todo. Mis personajes se comportan como cazadores, las reflexiones que hago son las de un cazador, mi visión de la vida y la muerte es la de un cazador… Yo no sé los otros, pero antes que escritor soy cazador, antes que padre soy cazador, antes que esposo he sido cazador. Es más, si hay una palabra que me define, es esa.

Te voy a citar una frase que creo que es tuya (tú me corriges si me equivoco), que me ha parecido muy interesante y que dice: “A veces tienes que tomar una decisión: ¿qué vale más, mentir y conservarse o decir la verdad y destruirse?” 
Esa viene sobre un libro que escribí que se llama Un dulce olor a muerte, donde hay un asesinato y es fácil descubrir quién fue el asesino. Pero descubrir quién fue el asesino puede crear un rompimiento social. Entonces, ¿qué es mejor? ¿Quedarse con la mentira? Escribí en 21 gramos una frase que no terminó en el corte final que dice: “El que busca la verdad, merece el castigo de encontrarla”

Es una cuestión muy compleja porque entonces, ¿nos abocamos a convivir con la mentira?
Yo creo que la única persona a la que no puedes mentir es a ti mismo. Y a veces a través de las mentiras tú puedes descubrir la verdad del ser humano.

¿Y qué papel juega la ficción en esta dicotomía, en este tira y afloja entre la verdad y la mentira de la vida?
Esto lo han dicho muchos autores, esta no es una frase mía, ¿no? Desde Vargas Llosa a Cocteau… La verdad de las mentiras. La ficción a través de un mundo imaginario termina por crear, como dice Stendhal, espejos en el camino.

Y en esos espejos, ¿qué vemos?
Pues puedes entender quién eres tú, te puedes ver a ti mismo… Yo creo que la ficción tiene que arrojar luz donde no queremos ver. Por ejemplo, estamos aquí discutiendo, pero el problema está debajo del asiento. Entonces, hay que ver debajo qué es lo que hay, porque ahí es donde está lo que nos está definiendo.

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