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«En realidad lo que quería era hablar del primer amor, lo que pasa es que me lie por el camino»

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Son las 16.30h. de la tarde. Arranca uno de esos éxitos inesperados que a veces suceden en la taquilla española. Hablamos de Carmen y Lola, ópera prima de la directora Arantxa Echevarría que este pasado jueves se proyectaba, además de las sesiones regulares, en la pantalla del Cine Club Lys. Con su primer trabajo largo de ficción, Echevarría nos acerca a un mundo que, como cuenta en esta entrevista, estando tan cercano, parece que nos distancia de él un abismo insalvable: el mundo gitano. La cinta cuenta las dificultades de una pareja de mujeres jóvenes por mantener una relación en un mundo que se opone. Carmen, con diecisiete años, está a punto de casarse. Lola, con dieciséis, quiere escapar de ese futuro ya determinado por sus padres. Un día se conocen y todo cambia para ellas. Pero Carmen y Lola aspira a ser algo más que una denuncia de la situación de las relaciones homosexuales en esta sociedad particular. Es, mirando más arriba, una reflexión sobre la diferencia, una historia de amor, un cuadro costumbrista, una exploración documentalista por un mundo que estaba en las tinieblas y que quiere sacar a la luz.

¿Cómo chocas con el mundo gitano? ¿Cómo te interesas por contar esta historia?
Bueno, yo en realidad lo que quería era hablar del primer amor, lo que pasa es que me lie por el camino. Yo quería hablar de eso porque creía que era un tema muy universal. Todo el mundo recuerda su primer amor. Y quería hacerlo porque creía que no había sido tocado en el cine de una forma que me pareciera que fuera especial. Me apetecía hablar de ello, sobre todo recordando mi primera vez, también. De todas esas sensaciones que luego, con los años, por desgracia se van escapando y olvidando. Y a la vez vi una noticia de la primera pareja de chicas gitanas que se casaba. Y me dejó desolada ver que la foto que estaba en el artículo era de ellas dos, pero de espaldas, para que no se le vieran los rostros. Usaban nombres falsos. Y lo peor para un gitano: que nadie de las familias había ido a la celebración del supuesto día más feliz de su vida. Entonces, imaginé cómo sería esa relación entre esas dos chicas y ahí fue cuando empecé a hacer la inmersión a pulmón abierto en el mundo gitano.

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Tanto las dos protagonistas como la mayor parte del resto del reparto son actores no profesionales, extraídos precisamente de ese entorno. ¿Cómo fue la selección? ¿Cuál fue tu mayor dificultad?
Pues dificultades, todas. Y alegrías, también. Las buscamos en la calle. Fuimos a mercadillos, a barrios de gitanos, a sitios de “roneo” que es donde ellos quedan para ligar. Todos los días, durante seis meses, estábamos en un centro cultural de seis a nueve de la noche donde iban viniendo. En el casting me sentaba a hablar con ellos para ver cómo eran y si su personalidad se podía parecer a alguno de mis personajes. Y como era tan divertido, venía mucha gente. Lo que ocurre es que, cuando ya les decíamos de qué iba, todo el mundo quería ser la prima, la amiga, pero nadie quería ser la protagonista. Entonces, llegó un momento en el que les hacía una prueba muy básica. Cuando entraban, les decía: ¿te importaría salir fumando en la peli? Y te decían, ¿pero tú estás loca? ¡Como me vean fumando! Y yo pensaba, pues entonces no te digo nada de besarte. Fue un casting muy difícil y muy duro hasta que aparecieron estas dos valientes.

¿Cuál fue el mayor escollo al que te enfrentaste a la hora de trabajar con un reparto así?
El trabajo con actores no profesionales es una locura porque no tienen ninguna herramienta. En un rodaje se rueda una secuencia de risas y, para aprovechar la localización, inmediatamente después se rueda en plan drama y para ellos era como, ¿pero esto qué es? ¿Qué hago? ¿Cómo entro en esta dinámica? Me di cuenta de lo difícil que iba a ser el primer día que hice una prueba con Lola y Carmen, y le dije a Lola: “mira a Carmen con amor”. Tenía dieciséis años. Y me mira y me dice: “es que yo no me he enamorado nunca.” Y yo pensé: ¿y ahora cómo le explico a alguien lo que es el amor? Imagínate, de ahí a todas las sensaciones, sexuales, miedos físicos… Fue un viaje emocional.

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Al pertenecer al mismo mundo que tú estás retratando, ¿qué han aportado las actrices a los personajes de ficción, al guion original que tú tenías? ¿De qué manera lo han trasformado? 
Totalmente. Sí que es verdad que muchos de los diálogos son palabra por palabra, pero a la hora de ensayar íbamos trasformando el guión. El guión era como un pescado, lo iba a coger y se me escapaba de las manos. Era un ser vivo que, además, si llego a ser muy inmovilista con él, se habría quedado en tierra de nadie: un texto escrito por una paya que no se corresponde con ninguna realidad. Entonces, no me quedaba más remedio que darles ese guión y decirles: esto es lo que yo quiero mostrar, vamos a ver cómo lo hacemos. Eso sí, la base, frases que eran muy importantes para mí y que no quería cambiar, son palabra por palabra. Pero, por ejemplo, cuando el pedido [la pedida de la novia, en una secuencia de la película] yo no dije nada. Ellos hacían lo que querían y yo les seguía con las cámaras.

Parece que el mundo gitano es el último aspecto oscuro de nuestra sociedad, esa cosa que no conocemos, algo que permanece ajeno a la mayoría.
El último bastión, sí. Yo creo que quedan muchos, también están los mercheros, de los que desconocemos absolutamente todo. Por ejemplo, Zaira, una de las actrices protagonistas, es merchera. A mí lo que me da mucha rabia es que son nuestros hermanos desde hace seiscientos años y estoy convencida de que si, nos hacemos una prueba de ADN, todos tendríamos algo de gitano. Y me parece terrible que estén en la acera de enfrente, que pasemos todos los días al lado suyo y sean como invisibles, y que, en vez de una acera, parece que sea un abismo el que nos separa. Creo que es una de nuestras asignaturas pendientes. Nosotros seguimos diciendo eso de “anda quita de ahí que pareces un gitano”, como un insulto. Hasta hace poco, en la RAE gitano era sinónimo de trapacero. Y creo que es una asignatura pendiente muy grave porque son muchos y porque son españoles y estamos haciendo sentir a una minoría un peso que no se merecen porque son maravillosos.

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Tu película intenta, por un lado, sacar a relucir los prejuicios que hay fuera de la comunidad. Y al revés, también aborda qué prejuicios existen dentro del mundo gitano. ¿Cuál era tu objetivo?
Pues yo lo que pretendía es que nuestra visión de payo hacia el mundo gitano adquiriera el color y los matices que tiene. La imagen que tenemos del gitano es que no trabaja, que son unos vagos, delincuencia, droga, etc. Y yo la imagen que he recibido es que se levantan a las cinco de la mañana para trabajar en el mercadillo, que adoran a sus hijos, que cuidan lo máximo que pueden a su familia, que adoran a sus padres y a sus mayores, toda una serie de valores que me parecen maravillosos. Luego hay una parte un poco más oscura dentro del mundo gitano que es inmovilista porque no ha habido una mezcla. La sociedad paya ha evolucionado, pero la gitana ha mantenido sus propios bastiones y sus propias leyes, entre otras cosas, porque los payos han sido siempre el enemigo. No han querido aceptar todo lo que viene de fuera. Mis prejuicios se derrumbaron al conocerlos, pero también te puedo decir que, al revés, también. Con ellos era como “¿qué viene a hacer esta paya a contar esta película?” En el mundo gitano hay de todo, gente maravillosa y gente muy conservadora que este tema todavía le parece un prejuicio.

¿Has pensado alguna vez si podías trastocar el mundo que estás retratando? Evidentemente, lo que cuentas es algo particular de una cultura que no es la tuya y si te metes para decir que está mal, para juzgarlo…
¡Claro! Yo tenía muchísimo pudor. ¡Tenía un miedo! Enseguida estaba rozando una línea en la que podía caer en el cliché o lo esperpéntico o sacar solo lo más colorido del mundo gitano. Tenía un miedo horroroso a rozar esa línea del ridículo. Entonces, lo que hice fue que todo el equipo artístico fuera gitano. Desde el minuto uno les dije: “si hago alguna payada, decírmelo”. Y me lo decían. (risas) Creo que esa es la bondad que tiene la película, que se nota que la he dejado en manos de los propios gitanos. El guión se trasformó en los ensayos, como te he dicho, pero en rodaje también porque venía alguien y me decía, “oye que esto no puede ser”. Y yo no podía mantenerme en mis trece como directora cuando alguien te dice que no lo puede hacer porque no se siente reconocido. Ahí viene mi baza documental, que me ganó a la baza de directora de ficción. Y me encantó que me ganara.

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¿Y no pensaste alguna vez si aquello que te planteabas era una intromisión inoportuna?
Todo el tiempo. Por ejemplo, uno de los matices de la peli era que no quería ningún tipo de violencia para no dar pie a esa mirada paya sobre el mundo gitano, pero a veces el cuerpo me pedía salir de mi propia idea y que hubiera violencia. Y sí, tenía mucho miedo de que mi mirada paya trastocara la realidad gitana. Tenía tanto pudor que creo que me quedé corta. Muchas veces cuando lo ven gitanos me dicen, “pero esto, en realidad, el padre la mata” (risas) “La madre no reacciona así.” Así que pequé de pudor. Cuando hablé con chicas gitanas lesbianas, sus historias son demoledoras. Chicas encerradas, obligadas a pedirse a la fuerza, que les cortaban el pelo para morirse de vergüenza, que las enviaban con familiares para que estuvieran lejos de su novia, del foco del pecado. Entonces, dentro de lo malo, lo que les pasa a Carmen y a Lola no es tan malo. Y sí, estaba llena de pudores porque quería respetar a la comunidad gitana, pero también quería hacer mi película.

Como has comentado, una parte de tu trabajo audiovisual se desarrolla en el terreno del documental. ¿De qué te ha servido esa experiencia para hacer tu película?
El payo conoce la cultura gitana por series de televisión horrorosas, por realitys que son deleznables y lo que quería era cogerles de la pechera y meterles en su mundo. Un mundo más real y menos televisivo. Pues un cumpleaños, una cena de una familia normal, el día a día de ir al mercado. Y al utilizar la cámara al hombro lo hago partícipe, mirar detalles, porque mi mirada también se fija en eso. Eso es lo que quería plasmar con la cámara, jugar con eso. ¿Para qué? Pues para que el espectador entendiera los códigos de los gitanos. El mundo del culto, el mundo del pedido que es complejo porque dan a la niña en una especie de teatrillo y el suegro la recibe; el mundo del móvil en la juventud, el roneo… Todo eso pensaba que si no lo rodaba de esta manera no se podía tener.

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En algunos aspectos, diría que hay una mirada antropológica. A veces parece que el argumento es la excusa para hacer ese recorrido, esa descripción. No sé hasta qué punto es intencionado.
Sí, había veces que pensaba, “me estoy pasando” (risas) Hombre, no quiero ser antropóloga, obviamente, pero si yo no aprovechaba que, de pronto, tenía toda esta gente dispuesta a hacer esta peli, era una pérdida terrible. No mostrar socialmente cómo es el comportamiento patriarcal del gitano, el respeto, las costumbres. Y luego lo que quería era coger de la nuca al espectador y decirle “toma mundo y ahora te desvío para aquí y te voy contar una historia de amor”. Lo que quería es que cuando salieras de la peli te olvidaras de que eran gitanas, y que te olvidaras de que eran dos chicas. Que simplemente pensaras: “jo, ojalá que les salga bien la historia.”

Al hablar de tus referencias, te has referido en alguna ocasión a los hermanos Dardenne, pero yo he pensado en Iciar Bollaín.
¿Ah sí? ¿Por Hola, estas sola o…?

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El tratamiento de los personajes…
Fíjate, me parece que Iciar Bollaín es una maestra y además una de las pocas directoras españolas, con Chus Gutierrez que hizo Alma gitana, con Paula Ortiz, con Carla Simón. Pero no, mis referentes eran más Mustang [de Deniz Gamze Ergüven], que me parece una forma muy bonita de hablar de la adolescencia y de los problemas que puede tener una chica en Turquía. A mí me gusta mucho Dheepan, Un profeta [ambas del realizador Jacques Audiard]. No tienen nada que ver porque son gente en Sri Lanka, en Francia, en un barrio marginal. ¡Pero es que nuestros gitanos están en Madrid en un barrio marginal! No hace falta que sean de otro país. También me llama la atención que, cuando se va fuera, el español medio presume de flamenco y de bailar sevillanas, y cuando estamos aquí dentro detestamos todo lo que es gitano. Esa doble moral me parecía muy interesante y que estaba muy bien en esas películas.

Aunque sé que no tiene nada que ver formalmente. Otra película que estaba pensando es en Carol de Todd Haynes. Para mí esa es la película de un momento, cuando ellas están juntas. Y a mí me ha parecido que tu peli tiene algo de esto, de búsqueda de un momento que es el del primer beso entre ellas dos. Parece que toda la película confluye hacia ahí.
Sí, era mi intención, llevarte hasta el momento del beso y que te olvides de todo lo demás. Carol es una peli que me pareció super-fría cuando la vi. Muy estética, muy bonita. El libro de Patricia Highsmith me pareció brutal. Lo leí cuando tenía como doce años y me alucinó. Mucha gente compara nuestra peli con La vida de Adèle [de Abdellatif Kechiche] y a mí me parece una historia de amor preciosa, pero en diferentes momentos. Es una mirada de hombre sobre el amor de dos mujeres. Y yo creo que Carmen y Lola es una mirada muy de mujer sobre el amor de dos mujeres. Que quizá sobre otras cosas no lo hago tan bien, pero es que soy chica y es muy fácil recordar el primer amor que tuve y recordar esas sensaciones.

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A mí me parece que si sobrevive La vida de Adèle es porque es algo más que el relato de una relación homosexual. Es una historia de amor, del amor que se pierde y no volverá.
Que es universal, claro. Yo creo que Carmen y Lola no pasará a los anales por ser una película homosexual ni pasará por ser una película interpretada por gitanos. Yo creo que, si pasa a los anales (risas), será porque cuenta una historia de primer amor bonita. Yo creo que, en La vida de Adèle, la secuencia de la cafetería, cuando ella está destrozada y la otra le dice que no, la hemos vivido todos. Es esa universalidad de ese amor no correspondido o el abandono. Todos hemos sido alguna vez abandonados y todos hemos sentido que «nunca me voy a poder recuperar este corazón roto». Creo que esa es la universalidad de las pelis.

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