«En nuestra educación sentimental se produce un borrado de lo económico»

BIBIANA COLLADO CABRERA

La protagonista de Yeguas exhaustas empieza declarando su admiración por una madre triste y cansada de trabajar hasta la extenuación y abre un grifo del que salen maltratos, precariedad laboral, elitismo cultural o conflictos lingüísticos atravesados por la conciencia de clase. Porque de lo que Bibiana Collado Cabrera quiere hablar es de los de abajo, de los hijos castellanoparlantes de migrantes pobres que escuchaban Camela en la València de los noventa y al llegar a la facultad delataban su origen por detalles tan banales como el modo de comerse la fruta.

Yeguas exhaustas es un libro autorreferencial en el que cuentas experiencias reales o que, al menos, lo parecen. ¿Por qué elegiste este formato?
«El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es el dolor / el dolor que en verdad siente». Fernando Pessoa nos dijo eso de que el poeta es un fingidor. La novelista, también. Yeguas exhaustas es un libro escrito en primera persona. Su protagonista, Beatriz, nos coge de la mano y nos enseña su «pequeño» infierno. Por el camino reflexiona sobre el propio proceso de escritura de la novela, sobre la naturaleza de los episodios que quiere contar, sobre lo que puede o no puede decir… Y construye pensamiento junto a las personas que leen la obra. Este gesto de acompañamiento e inmersión para poder construir un relato colectivo es más potente desde la primera persona.

Andrea Abreu en Panza de Burro describe el Tenerife pobre que no disfruta de los hoteles, los limpia. En Supersaurio, Meryem El Mehdati retrata la precariedad laboral con una autoficción y en Yeguas exhaustas Beatriz, la protagonista, cuenta como su madre tenía que pelearse con los conserjes de los apartamentos que limpiaba para que dejaran a la niña bañarse en la piscina mientras ella trabajaba. ¿La conciencia de clase ha llegado al mundo editorial? 
Los productos culturales que nos rodean tienden a borrar la clase o a hacer que nos proyectemos sobre un horizonte de clase que no se corresponde con nuestra realidad. Efectivamente, en la narrativa joven actual se está haciendo patente esta grieta, esa no-correspondencia. El mundo editorial está sabiendo recoger este señalamiento y los lectores lo agradecen.

Esta conciencia de clase atraviesa todo el libro, empezando por el título. ¿Las yeguas exhaustas son esas mujeres de clase trabajadora que no pueden permitirse el lujo de descansar?
Las yeguas exhaustas son nuestras abuelas, nuestras madres, nuestras tías… Somos nosotras. Somos nosotros. En la novela, Beatriz lo explica así: «Crecer consistió en ir entendiendo los motivos por los que mi madre casi siempre estaba seria y triste. El principal de ellos era sencillo, sencillo y apabullante: estaba cansada. No cansada metafóricamente, no cansada del mundo y sus problemas, de la incomprensión o de las peleas. No. Estaba literalmente cansada, físicamente cansada. Reventada de tanto currar, como una yegua siempre exhausta al final de una carrera que no se acaba nunca».

Dices que los problemas económicos son un gran obstáculo para el amor, pero pocas veces quedan reflejados en la literatura. ¿Por qué crees que la literatura obvia este aspecto tan importante en el amor y en la vida?
En nuestra educación sentimental se produce un borrado de lo económico. El dinero aparece pocas veces en nuestra tradicional ficcional y, cuando aparece, suele hacerlo dentro de una estructura generalista que no analiza ni pone en jaque lo concreto. De ahí que tengamos integrados estereotipos monetarios que no nos dejan ver más allá. Como dice Beatriz en el libro: «Lolita nunca paga la cuenta».

Los problemas económicos de Pedro, uno de los personajes del libro, socaban su “masculinidad” y son un factor determinante en su comportamiento violento. Explícanos esa relación entre economías precarias y maltrato.
Pedro es quince años mayor que Beatriz. Según los cánones culturales que hemos heredado, él debería ostentar una posición económica más favorable y estable que su pareja. Ella debería ser «la consentida». Sin embargo, él tiene una situación muy precaria dentro del mundo universitario y se ha quedado sin dinero tras su divorcio. Le resultará imposible responder a ese rol masculino que sobrevuela las relaciones de hombres mayores con mujeres jóvenes y eso le generará una frustración que derivará en violencia.

Describes una situación de maltrato muy perversa que siempre tiene un dulce preparado para compensar la amargura. ¿Es así cómo consiguen los maltratadores desactivar a sus víctimas?
A las víctimas las desactiva un sistema que nos atraviesa y que continúa perpetuándose. Por su parte, los maltratadores suelen combinar episodios de violencia extrema con otros de «luna de miel» con los que intentan borrar el daño y socavar la percepción de las víctimas. Este aspecto lo abordé en mi anterior libro, el poemario Violencia (La Bella Varsovia, 2020).

Dibujas una línea entre los hijos de profesionales liberales con cierto nivel cultural y los hijos de agricultores o peones de obra que no han mamado la cultura en casa. Estos últimos llegan a la facultad más asustados, desconfiados e inseguros. ¿Qué papel juega la cultura en este sentido?
¿Qué papel juega el origen? ¿Qué papel juega la genealogía cultural con la que entronca nuestra familia o nuestros amigos? ¿Condiciona nuestra manera de estar en el mundo, nuestro futuro profesional o nuestra relaciones afectivas? Juegan un papel crucial y por supuesto que nos condicionan, esa es precisamente una de las tesis principales de la novela.

Explícanos como Camela, un grupo popular cuyos casetes se vendían en la gasolinera y que no salía en la tele, pudo ayudar a entender lo que era la conciencia de clase.
Camela no aparecía en televisión y no se escuchaba en las emisoras musicales. No tuvo a una gran compañía como respaldo. Sus casetes no se encontraban en las tiendas habituales. No obstante, consiguieron un éxito arrollador e innegable. Desde un lugar periférico, desde los márgenes, lograron ocupar el centro del panorama cultural. Casi sin apoyos y saltándose a la mastodóntica industria musical. El fenómeno sociológico que supuso y la interesantísima curva evolutiva de su recepción son dignas de un estudio serio y profundo. ¿Quiénes empezaron a escuchar Camela?, ¿con qué genealogía cultural entroncan?, ¿quiénes se sintieron representados y por qué?, etc. En la novela, Beatriz, siendo adolescente, asiste a un concierto de Camela programado dentro de las fiestas patronales de su pueblo y se queda sorprendidísima al ver la cantidad de gente que está escuchando a este grupo del que no se hablaba en ningún medio de comunicación. Esa noche, cantando a voz en grito sus canciones, entendió lo que era la conciencia de clase. Es uno de mis pasajes preferidos del libro.

Fue un grupo despreciado desde el elitismo cultural que ahora recibe cierto reconocimiento, pero, según tu libro, desde la condescendencia. ¿Hace daño la distinción entre alta y baja cultura?
Sí. Y, además, es una distinción falsa e inoperativa para realizar un análisis de lo que nos ocurre como sociedad. Los estudios culturales hace mucho que abandonaron esta terminología. Un consejo: si escuchas a alguien que la utiliza, huye.

En el libro se lanzan un par de preguntas muy interesantes para las que no hay respuesta, no sé si tienes alguna hipótesis de por donde van los tiros: ¿Por qué Camela nos avergonzó y Estopa no tanto? ¿Por qué Rosalía versionando a Los Chunguitos es un genio y Estopa cantando “El del medio de los Chichos” eran chicos de barrio?
Claro que la tengo. Todos la tenemos. Y en el libro puede leerse entre líneas. Elitismo, subalternidad o racialización son claves para responder a estas preguntas. Podría haber dedicado un capítulo entero del libro a desbrozarlo, pero los lectores son inteligentes.

El libro dibuja una distinción entre los que tienen tiempo (privilegio económico) para esperar, a sacar una plaza de profesor en la universidad, por ejemplo, y los que necesitan YA un sueldo completo para poder vivir. Sabemos que los privilegios se hereden, ¿se hereda también la cultura de agachar la cabeza?
Por supuesto. El imaginario de los de abajo se hereda y es ese imaginario lo que constituye la médula de nuestra identidad. Esto se observa de manera muy clara cuando se narra la llegada del Beatriz a la universidad.

¿El individualismo y la atomización en la que estamos asentados está desactivando la conciencia de clase y de género? ¿El miedo a perder el sustento nos hace dóciles?
Sí. Y sí. No se trata de que hayas tenido mala suerte, no te pasa solo a ti, no es algo puntual. Se trata de problemas sistémicos que repercuten en la mayoría de las personas. Tomar conciencia de que es una cuestión colectiva resulta fundamental.

En el libro se explica cómo a los hijos de migrantes (pobres y “castellanos”) que hablaban con torpeza el valenciano se los llamaba socarronamente “chamó y qués”. Es paradójico que aquellos tachados de “pueblerinos” por hablar su lengua, perseguida y desprestigiada durante mucho tiempo, después se burlen de los castellanoparlantes que intentan hablarla. ¿Cómo se explica? 
El capítulo de la novela en el que se narra la anécdota a la que aludes se llama De cuando la hija de andaluces quiso dar clase de catalán en una universidad extranjera y pretende poner de manifiesto cómo cualquier lengua puede ser utilizada para señalar y marcar negativamente el origen, es decir, puede ser empleada como herramienta para ejercer violencia de clase. Por eso, en dicho capítulo, se aprecian las dos direcciones: en el pueblo, el objeto de la burla en el colegio es el castellano de esos hijos de migrantes (en su mayoría andaluces); sin embargo, en la ciudad, el objeto de burla es el valenciano de los que han venido del pueblo para estudiar en la universidad.

En uno de los incisos metaliterarios del libro dices que en València no existe un equivalente al imaginario del charnego. ¿No sería el churro?
Lo cierto es que no.  Según la RAE, el charnego es el «inmigrante en Cataluña procedente de una región española de habla no catalana». Pero el churro no es el inmigrante en la Comunidad Valenciana procedente de una región española de habla no catalana, sino que se dice “de los aragoneses y de los habitantes de la parte montañosa del Reino de Valencia que hablan castellano con rasgos aragoneses”. Por tanto, el churro no es un inmigrante (o no tiene por qué serlo), mientras que el charnego sí, con todo lo que eso conlleva.

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