Qué decir de… The rider & Madame Hyde

Título original: The rider · Chloé Zhao · USA · 2017 · Guión: Chloé Zhao · Intérpretes: Brady Jandreau, Tim Jandreau, Catr Clifford…

Título original: Madame Hyde · Serge Bozon · Francia · 2017 · Guión: Serge Bozon· Intérpretes: Isabelle Huppert, José García, Romain Duris…

En una de las primeras secuencias de The rider, un grupo de chicos jóvenes están reunidos alrededor de una hoguera, al anochecer. A pesar de no llegar a los veinte años y por lo que cuentan, todos ellos son jinetes de rodeo experimentados. Al calor del fuego, bajo las estrellas, los chicos dan cuenta de los múltiples accidentes que han sufrido a lo largo de su ya dilatada carrera profesional. Orgullosos de sus proezas, entre ellos se percibe la fuerte complicidad de la camaradería. Pero a medida que avanza la conversación, empezamos a ver que ese relato no tiene nada de heroico. La profesión de jinete de rodeos implica un gran peligro que, en muchos casos, acaba mutilándolos de forma física y psicológicamente traumática. En la memoria de todos está el recuerdo de su amigo Lane, un valiente jinete con un gran porvenir, atado ahora a una silla de ruedas, víctima de una parálisis que afecta a buena parte de su cuerpo.

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Amanece. Brady se despierta en su habitación en la modesta caravana en la que vive con su padre y su hermana pequeña. Brady tiene una enorme herida en la cabeza, resultado de una caída en un rodeo en el que montaba a un caballo salvaje. Tras superar un coma, los médicos le recomiendan que no vuelva a montar, pero él se resigna a seguir el consejo. No sabe hacer otra cosa. Además, en el duro espacio del interior de Estados Unidos, un hombre sin estudios y de ascendencia india tiene pocas oportunidades de labrarse un futuro. Brady tendrá que valorar hasta qué punto merece la pena poner en peligro su vida.

El segundo largometraje de la realizadora china Chloé Zhao se adscribe dentro de esos trabajos a los que no puedes ponerles muchos inconvenientes y, sin embargo, no logran alcanzar ese grado de intensidad emocional que requería el material base del que parten. Las dudas quedan recluidas a la estructura de un guion que, si bien da fe de sus intenciones, no llega a trasladar esa energía interior que bulle y que se intuye bajo el drama (real) que tiene entre manos. En The rider su acercamiento al mundo de los vaqueros es tan calculado estructuralmente que, en el camino, se pierde parte de esa espontaneidad que le ofrecen los intérpretes (la mayoría de ellos actores no profesionales que se representan a sí mismos) y que no ha sabido exprimir. También en la parte formal la cinta de Zhao deja una cierta insatisfacción. Todo está aquí demasiado controlado; su puesta en escena es correcta, pero tan férrea que, salvo alguna secuencia (que comentaremos), no consigue trasladar la necesaria correlación entre la vida y lo que vemos en pantalla. No quiero decir que esto sea siempre así, pero digamos, por abreviar, que la suma del conjunto deja una impresión algo tibia, sin altibajos, bella en algunos momentos, pero visualmente predecible, monótona. Zhao maneja situaciones realmente dolorosas. Sin embargo, no logra trasladarnos esa impresión que busca transmitir.

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Y es una lástima porque The rideratesora aspectos muy interesantes que no convendría despreciar. Chloé Zhao somete a uno de los últimos mitos americanos a un exhaustivo proceso de deconstrucción. En un primer nivel, Zhao viene a desbaratar esa imagen épica del hombre de una pieza tan propia del género. Desmarcándolo de la leyenda, lleva el conflicto a un nivel más terrenal, el de las personas corrientes. Y lo que encuentra es un mundo donde los hombres se sienten atados a unos severos y muy exigentes códigos de conducta. Este es el drama que sufre Brady, su protagonista, el de sobreponerse a estos mecanismos de cohesión del grupo, de los amigos que, si bien cuando están en plenitud de sus facultades los pone en lo alto de la escala social, cuando esas aptitudes físicas desaparecen (y encima de forma traumática) quedan apartados. Resulta interesante (y esto no es gratuito) el papel que juega la publicidad y los medios de comunicación en este caso, dedicados a transmitir ese mito en el que caen los jóvenes. Es la cultura de un éxito que no siempre se alcanza y cuyo precio puede ser, son frecuencia, demasiado alto.

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El otro nivel al que trabaja la cinta de Chloé Zhao es la del paisaje. Paisaje, primero, físico. Qué lejos quedan aquí los grandes planos generales de un John Ford. Zhao cierra el plano sobre sus personajes y lo que queda al fondo es un terreno árido y hostil. No hay nada épico ni bello en este decorado, metáfora de la decadencia de ese otro paisaje, el social, reducido igualmente a un entorno degradado en el que, como decíamos, hay pocas oportunidades. Brady y sus amigos se encuentran atrapados en una espiral trágica. Los chicos se lanzan al mundo de los rodeos como escapada a la precariedad a la que les empuja su entorno socio-económico. Al mismo tiempo, será el propio sistema el que los devuelva al pozo del que creían estar escapando. Si el mito del vaquero es el de la frontera, el de los espacios abiertos por conquistar, aquí vemos a un hombre recluido en un territorio cerrado, política, social y culturalmente. Solo hay dos opciones: los rodeos o un empleo degradante y mal pagado en el supermercado de la esquina.

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Pero Chloé Zhao es consciente de la complejidad del tema que está abordando. A pesar de lo que venimos diciendo, no todo es una respuesta a una situación predeterminada. Hay algo más que empuja a Brady y sus amigos a hacer lo que están haciendo: su amor sincero por los caballos y la libertad que les aporta un trabajo que los une a esa tierra ruda que les rodea. Esa es la gran renuncia a la que se enfrenta Brady. Y ahí Zhao nos ofrece los mejores momentos de su película. Lástima que no lo remarque con más contundencia emocional y a veces deje que su mensaje se pierda entre tantas ideas cohabitantes. Así, descubrimos que ese espacio abierto no está fuera, sino dentro de Brady y de sus amigos. Ahí surge la unión entre el hombre y el animal, galopando contra el viento, libre, al atardecer.

Me reconozco desconocedor del trabajo del realizador francés Serge Bozon, pero después de ver su última cinta, Madame Hyde, me he prometido tratar de subsanar esta falta. Protagonizada por la inigualable Isabelle Huppert, la última producción de Bozon nos cuenta las vicisitudes por la que pasa Madame Gégui, una tímida profesora de ciencias de un instituto de un barrio marginal de la periferia de París. Madame Gégui aguanta las vejaciones a las que le someten sus alumnos, a los que no logra atraer hacia el camino del saber. Un día, en medio de una tormenta, sufre un accidente. Un rayo cae sobre el módulo en el que tiene su laboratorio, alcanzándola. Tras el incidente, Madame Gégui sufre una transformación y de la dulce e ingenua profesora renace una nueva mujer más segura de sí misma. Madame Gégui se ha trasformado en Madame Hyde.

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Desde hace un tiempo, la situación de la enseñanza pública está siendo visitada por el cine hasta casi haberse convertido en un género en sí mismo. Desde La Clase, de Laurent Cantet, o la más reciente Girlhood, de Céline Sciama, el cine de nuestros vecinos del norte apuesta por el entorno del aula como un espacio más de reflexión sobre los desequilibrios sociales. Pero donde los trabajos mencionados abordaban el asunto desde una perspectiva dramática, realista, comprensiva, casi complaciente (al menos con una de las partes implicadas, el alumnado) Bozon, y esta es la novedad, lo hace desde un punto de vista irónico, lo cual le permite ser más incisivo.

Su crítica es demoledora. Con Madame Hyde, Serge Bozon desmonta cualquier visión romántica que pueda caber sobre la educación pública francesa: un sistema muerto que no sabe cómo hacer frente a una juventud marginada a la que no le interesa nada de lo que allí se imparte. Una juventud que vive solo del presente, del día a día, como demuestran las letras de las canciones de rap que componen los chicos. La relación entre alumnos y profesores está rota. A este desastre contribuye la burocracia gubernamental, que no ofrece más respuestas que unas supuestas teorías educativas que no sirven para nada y dejan abandonado al profesor, único responsable del éxito o fracaso del sistema. En estas condiciones, para no volverse loco (aunque esto tampoco es seguro que no vaya a suceder), la única salida es nadar con la corriente, como hace el director del centro donde imparte clases Madame Gégui.

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Sin duda una de las bazas con las que cuanta Bozon para componer todo este cuadro es el humor. No estamos aquí ante lo que se entiende por una comedia al uso. Hablamos de un humor sutil que palpita en la construcción de los personajes y las situaciones que propone y que permite al director llevar sus planteamientos hacia un espacio lo más extravagante posible. Curiosamente, frente a la búsqueda de un supuesto realismo, propia de otras producciones, el punto de partida, casi surrealista, de Bozon, en lugar de alejarle, le acerca de manera casi impúdica a esa verdad que trata de revelar. Como ha declarado en alguna entrevista, Bozón basa muchas de las situaciones que muestra en experiencias reales de docentes. El drama no surge, pues, de la tragedia de cada momento, sino del propio absurdo de un sistema descoyuntado frente al cual no cabe otra postura que tomar una distancia satírica. Sentadas esas premisas, esa sensación de ácida ligereza que, de esta forma, impone el director, le permite llevar al espectador tan lejos como desee, dando a la cinta una sensación de libertad francamente encomiable.

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En este camino, conviene destacar la labor de un reparto en estado de gracia. Hablar de las cualidades interpretativas de la actriz Isabelle Huppert, por ser obvia, casi suena a torpe profanación. Alejada de sus papeles dramáticos, Huppert da cuenta aquí de su inmensa versatilidad y de su absoluto dominio del tempo de la escena. Y lo mismo podemos decir del actor Romain Duris en su papel del estrafalario director del instituto donde trabaja nuestra protagonista, Madame Gégui. O de José García en el papel de su impasible marido. Patéticos. Deliciosos.

En una doble pirueta mortal, Bozon juega, además, con algunos de los elementos del fantástico como vía para llevar al espectador por caminos inesperados. Tomando como punto de partida el mito de Jekill y Hyde de la novela de Stevenson, el director realiza una adaptación libre, sin ataduras estilísticas ni argumentales. Es posible que esta libertad en el planteamiento de algunas secuencias deje desorientado a parte del público. Pero es que Bozon no ha querido explicar todos los posibles significados que propone su obra. De alguna manera, sin embargo, comprendemos su sentido final, el de unos personajes, decíamos, perdidos en la vorágine de una sociedad desestructurada que desprecia el conocimiento. No se la pierdan. GERARDO LEÓN

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