37 La Mostra de València (Sesión 5). The worst ones & Entre las higueras

LA MOSTRA DE VALÈNCIA, AL DÍA

The worst ones:
Martes 25. Babel Sala 4. 22.30h. Con la presencia de la coguionista, Eléonore Gurrey
Viernes 28. Babel Sala 4. 20h.

Entre las higueras:
Martes 25. Babel Sala 4. 18h. Con la presencia de la directora, Erige Sehiri
Miércoles 26. Babel Sala 4. 18h.

A mediados de los años noventa, el cineasta norteamericano Larry Clark presentaba ante el público internacional su película Kids. La cinta marcaría dos hitos cinematográficos. El primero estaría relacionado con la forma. Clark empleaba unos modos de rodar muy parecidos a un trabajo documental, con planos muy cerrados de sus personajes, aderezados con un movimiento de cámara nervioso y un montaje muy entrecortado junto a una fotografía sucia, sin contrastes y muy poco preciosista, así como el empleo de actores no profesionales que se interpretaban a sí mismos, todo ello justificado por la búsqueda de una aparente veracidad. El otro elemento estaba relacionado con el contenido de la película: un retrato sórdido de la juventud de un barrio marginal de Nueva York de aquella época. Los pre-adolescentes de los 90 se pasaban el día drogados sin nada mejor que hacer que deambular por las calles, andar de fiesta en fiesta o entregados a una promiscuidad vacía. Este retrato ha perdurado durante décadas y, de una manera u otra, ha permeado el imaginario colectivo en lo que se refiere a toda la juventud occidental, repitiéndose documental tras documental, película tras película.

Pero he aquí que, tiempo después, descubrimos que todo eso era mentira o, como poco, una verdad distorsionada para mayor gloria de un cierto tipo de cine que encasillaríamos como de denuncia social. Así, llegamos a 2021 ante el estreno de otra película: We were once kids. En este documental, el australiano Eddie Martin se reunía, 26 años después, con los actores protagonistas de la cinta de Clark para contarnos qué había sido de sus vidas tras el huracán que supuso aquel rodaje. El resultado era un relato de derrotas psicológicas y, en el peor de los casos, suicidios, protagonizado por unos chicos que se vieron superados por aquella experiencia. Pero quizá lo más dramático del asunto es que el retrato que hacía Clark de aquellos jóvenes era falso. El director había manipulado a los chicos para hacerles protagonizar escenas y situaciones muy alejadas de su realidad o, por lo menos, lo suficientemente exageradas para que ni ellos mismos se reconocieran. ¿Dónde quedaba la verdad?

Algo parecido intentan denunciar las directoras Lise Akoka y Romae Gueret en su película The worst ones, (traducido algo así como Los peores). En su trabajo de debut, estrenado en España en la Mostra, las directoras dejarían las calles de Nueva York para acercarnos al pueblo de Boulogne-sur-Mer, en Francia. Allí, un director de cine maduro realiza un casting entre los jóvenes de la zona para protagonizar una película que, a su vez, retrate sus propias vidas. Comienza, así, un diálogo filmado entre la película que está rodando este equipo de rodaje de ficción, y las supuestas vidas “reales” de los actores que interpretan a los personajes que saldrán más tarde en ella.

La cinta de Akoka y Gueret adopta esta forma para hacer un doble o triple retrato. Por un lado, está la supuesta realidad de las gentes que viven en ese pueblo, una región deprimida del sur del país. Por otro, se cuestionan las prácticas de un arte, el cine, que con frecuencia requiere de ciertas tergiversaciones en beneficio de la dramaturgia. Así, encontramos a un director desquiciado que parece dispuesto a presionar hasta donde haga falta a sus actores para conseguir sus fines. Mientras, estos sufren sus propios traumas emocionales, derivados de unas vidas en descomposición.

Estos elementos sirven a las dos directoras para componer un ejercicio de metalenguaje no exento de crítica social y hacia su propia profesión. En el plano social, encontramos el retrato de estos jóvenes que, tras las apariencias, luchan por resolver sus propios conflictos internos. Ryan es un chico con claros problemas de comunicación y aislamiento (sufre frecuentes ataques epilépticos). Lily es una adolescente que trata de escapar de la imagen de “facilona” que ella misma se ha creado entre sus compañeros de instituto. Y Jessy es el típico chico popular, cuya fachada de macho alfa esconde otras virtudes quizá más valiosas. A todos ellos la experiencia de la película les va a provocar algún efecto. De fondo, el escenario de un colegio donde los choques violentos son frecuentes, de familias desestructuradas (Ryan vive con su hermana después de que su propia madre perdiera su custodia), de un “yo” necesitado de anclajes más sólidos para sobrevivirse a sí mismo.

Por otro lado, el del cine, la película describe un arte donde importa más el resultado que las vías para conseguirlo. En una de las secuencias de la película, Gabriel, el director de la otra película, la de ficción, confiesa a sus actores noveles algunas de sus experiencias de juventud y bromea con ellos sobre el hecho de que haga su primera película pasados sus cincuenta años. Larry Clark rodaría Kids, su primer largo, a la edad de 52. La pregunta queda, pues, en el aire, tal y como planteaba Elenore Gurrey, co-guionista de este trabajo, en rueda de prensa tras el pase de la cinta: ¿dónde están los límites del arte? Cada espectador tendrá que elaborar su propio análisis.

Akoka y Gueret logran gran verismo o credibilidad en algunos de los pasajes de la cinta, especialmente en lo que se refiere a la actuación de los chicos que se interpretan a sí mismos. Igualmente interesantes son las secuencias en las que logran que la línea entre realidad y ficción quedan difuminada, de tal forma que se haga patente esa confrontación. Repasemos, en este sentido, una de las escenas finales en las que Ryan y Lily comparten una escena dramática de la película que están realizando. Dos dudas, sin embargo, se presentan para este cronista. La primera es que, si bien el juego es muy sugerente, queda un poco descompensado o enmarañado entre las dos partes de la propuesta. Al final, sabemos más del mundo del cine que del de los chicos, cuyo sentido último queda algo desengarzado, lo que diluye esa parte de denuncia sociológica a la que aspira la película. Por otra parte, nos queda también la curiosidad de saber qué limites han podido traspasar las propias realizadoras para realizar su pieza. Tras mirar en la trastienda de un rodaje de ficción, nos quedamos con las ganas de mirar en la trastienda verdadera del rodaje real que representa esta película que estamos viendo. Esto nos devuelve a la misma pregunta de antes: ¿qué es la realidad? ¿Y si Akoka y Gueret también nos están engañando? En una de las secuencias de la película uno de los personajes se lamenta de que para el casting se hayan escogido a los chicos más problemáticos de entre todo el instituto en el que se centra la trama (de ahí el título de la película: los peores). Es una broma interna que, según Elenore Gurrey, remite al mediometraje que inspiró esta película, realizado por las mismas autoras. Tras el pase de aquella película corta, los habitantes de la zona no se sentían representados en un retrato demasiado oscuro de su realidad. Estas líneas de diálogo, sin embargo, resuenan en la cabeza del espectador sin que, de alguna manera, puede resolver el enigma que le han planteado.

La segunda propuesta de esta jornada la protagonizaba Entre las higueras, de la realizadora Erige Sehiri. La cinta nos sitúa en algún lugar del Túnez rural. Comienza la jornada y el patrón recoge a un grupo de mujeres (y algún hombre) para ir al trabajo. Subidos a una precaria camioneta, la partida se dirige a un campo de higueras para recoger los frutos. El trabajo es delicado. Sin embargo, queda tiempo para todo y, en medio de las ramas de los árboles, se desarrolla todo tipo de conflictos cotidianos.

Con estas pequeñas notas como guía, Erige Sehiri presenta una pieza que rehúye de la elaboración de una trama convencional para armar una especie de collage a base de ir tirando del hilo de esos pequeños dramas. Así, encontramos a un patrón que trata de aprovecharse de una de sus trabajadoras, otra que trata de organizar una vida con su novio, otra que rehúye del amor, etc. La película se va desarrollando, así, sobre estos pequeños argumentos que se suceden bajo las ramas de las higueras, mientras los personajes realizan su trabajo.

Entre las virtudes que desliza la obra de Sehiri se encuentra ese apego a la realidad que trata de trasladar a la pantalla. Animada por la noticia de un accidente real en el que fallecieron varias de estas trabajadoras, la realizadora se trasladó a su pueblo natal para recabar relatos de su propia experiencia en este mundo. Esto, unido de nuevo al empleo de actores no profesionales imprime a la cinta auténtico verismo y naturalidad, especialmente en esas conversaciones que se producen al amparo de las hojas de las higueras. En este sentido, se percibe la formación de la directora en el terreno del documental. Sehiri retrata a sus personajes en cortos primeros planos, lo que le permite un montaje fraccionado y el empleo de planos de transición para unir las escenas. Y si bien en algunos momentos la cinta puede caer en una cierta monotonía en cuanto a soluciones formales, la directora sale airosa en un trabajo que, finalmente, fluye con su propia naturalidad.

Entre las higueras se despliega, con estas bases, sobre dos temas fundamentales. El primero de ellos es, por supuesto, el de la explotación laboral. A través de la ficción, Sehiri nos da detalles de un mundo en el que sobran los contratos y el pago del salario, para las horas que se dedican a la tarea, está sujeto a los caprichos de un patrón que sabe que tiene todo el poder en su mano. Esta estructura denuncia un entramado de intereses contrapuestos y en pugna constante. A un lado, un jefe que trata de sacar todo el rédito que puede por cada uno de sus jornaleros. Al otro un pueblo empobrecido y con pocas oportunidades de empleo. Sin embargo, aquí se presentan algunas diferencias entre generaciones. Así, veremos que, mientras las mujeres más mayores se prestan a todo ello con mayor sumisión, en el caso de los más jóvenes empieza a despertar una cierta rebeldía.

De otro lado, encontramos los devaneos del amor de una generación que busca sus salidas. Aquí las versiones caminan desde la puerta del matrimonio, al desengaño de unas relaciones marcadas por la tradición que pone a la mujer en una clara posición de inferioridad. Entre pequeñas conversaciones se dirime el futuro de una juventud que ve su futuro atado a una tierra que les cierra las oportunidades. A lo lejos, la tentación de la emigración a la ciudad. Sin embargo, este sueño también está empañado por el recuerdo de uno de los personajes que ha regresado al pueblo tras varios años de ausencia. Tras la promesa de un futuro mejor, el espejismo. No es oro todo lo que reluce. G. LEÓN

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