Holy Spider, El suplente & El falsificador de pasaportes

QuÉ DECIR DE...

Había muchas ganas de ver la nueva propuesta del realizador iraní Ali Abbasi. No lo tenía nada sencillo, esa es la verdad. Superar el éxito de su anterior trabajo largo, la enigmática y muy original Border, se presentaba un reto complejo, no solo por la calidad de la cinta, sino también porque Abbasi se veía, casi con toda seguridad, obligado a tomar una decisión: o bien seguir con la línea fantástica que había emprendido y tratar de estirar la fórmula, o cambiar completamente de registro para no verse superado por su propia herencia y eludir el encasillamiento. Optó por esta segunda opción. El resultado resulta interesante, si bien, por otro lado, algo divagante en ciertas partes.

 

Basada en hechos reales, Holy Spider nos cuenta la historia Rahimi, una periodista de Teherán que llega a la ciudad iraní de Mashhad para investigar unos asesinatos de prostitutas. Ahora bien, el problema no será tanto descubrir al asesino, como superar las trabas que le ponen las autoridades y la burocracia local, muy poco interesada en resolver el caso. Al fin y al cabo, se trata de mujeres de la calle, sin más oficio que ofrecer su cuerpo a otros hombres. ¿Quién va a preocuparse por ellas? Son la vergüenza de sus familias y de la sociedad.

Como entendemos casi desde el comienzo de la proyección, Abbasi aprovecha este argumento para hacer un doble retrato de su país. Retrato geográfico, en un primer término. No se puede comprender del todo esta película si el espectador no pone algo de su atención en el escenario por el que sucede la trama. Una ciudad (aunque la película no se haya rodado en los espacios originales que sitúan el argumento) de calles que parecen un escenario de guerra: edificios derruidos, casas desvencijadas sin apenas mobiliario, en definitiva, una comunidad económicamente empobrecida. Este es el contexto y la primera denuncia que hace la película. Ayuda a transmitir esta impresión la dura fotografía de fuertes sombras de Nadim Carisen y el diseño de producción de Lina Nordqvist. Ambos logran que nos sumerjamos en el corazón físico de esta ciudad en decadencia.

Un paisaje físico que, claro, nos remite directamente al sórdido paisaje moral de una sociedad envenenada por la influencia de la religión y la costumbre. Ali Abbasi pone en el centro del relato a la mujer para dar cuenta de la hipocresía que anida en el corazón de sus compatriotas. A un lado, tenemos a las autoridades, encarnadas en un jefe de policía que pronto desvelará su lado más oscuro. En otra parte, un sistema judicial y político que relega a esa mujer a un mero sujeto de obediencia y sumisión. Parece oportuno recordar los recientes casos de protestas contra la llamada policía de la moral tan difundidos recientemente por la prensa de todo el mundo. Todo ello viene apoyado, además, por una población entregada al fanatismo y que verá al asesino casi como a un héroe. Al fin y al cabo, alguien tenía que hacer el “trabajo sucio”.

Como decíamos al principio, Ali Abbasi ha optado por el género de thriller para este cuarto trabajo de su carrera. No hay trampa ni cartón. Tampoco un verdadero misterio que resolver, pues ya desde el principio de la cinta sabemos quién es el asesino. Y es aquí donde la película quizá pierda algo de aliento, especialmente si la comparamos con Border. Abbasi cumple bien con las reglas del género, pero no trata de llevarlo por nuevos territorios, como sí hizo en su anterior cinta con el fantástico. Y sí, hay sorpresa final, por supuesto. Sin embargo, una trama más al servicio de su función de denuncia, de excusa o escaparate para trasladar una serie de ideas, que como artefacto dramático, deja al espectador necesitado de ese algo más que la cinta no llega a ofrecer, cayendo por momentos en lo previsible a la hora de resolver muchos de los nudos del libreto.

Con el estreno de La clase de Laurent Cantet se inauguraba un nuevo género cinematográfico todavía sin bautizar, pero que tiene a la juventud de las clases populares de la sociedad como sujeto de sus tramas y, en concreto, el instituto como centro de conflictos sociales. La nueva película del realizador argentino Diego Lerman viene a formar parte de esta tendencia.

El suplente nos presenta a Lucio, un profesor de literatura y poeta que llega como sustituto de otro docente a un centro de un barrio marginal de la ciudad de Buenos Aires. Lucio tendrá que lidiar con varios conflictos. El primero de ellos, adaptarse a un entorno nuevo y que, desde el primer momento, se muestra hostil hacia él por su propia condición de visitante en tránsito. El segundo, será el de la degradada realidad que rodea al instituto y que es parte intrínseca de la indolencia que demuestran los alumnos por sus clases. El tercer conflicto será el de superar sus propias expectativas, tanto en lo que respecta a ese nuevo mundo al que ha llegado, como el del papel que cree que puede jugar en él. Papel que, de rebote, tiene su incidencia en su vida personal, con su familia.

Como Ali Abbasi, Diego Lerman se apoya en el género thriller para sostener su artefacto dramático. A los pocos días, el descubrimiento de un alijo de droga en el instituto pondrá en estado de alerta a la institución que se enfrentará a un doble desafío: respetar la idiosincrasia de ese entorno al que pertenecen sus alumnos y arroparlos, es decir, cumplir con su función de soporte social, y la presión de las autoridades que, lejos de preocuparse por las consecuencias, solo están interesadas en atrapar a los delincuentes implicados. Cierto es que, como sucedía con Holy Spider, esta trama detectivesca está salpicada de ciertos clichés (recordemos, por ejemplo, la escena en la que Lucio es acorralado por un jefe mafioso en los baños del instituto para que colabore con ellos en capturar al culpable de que su alijo fuera confiscado por las autoridades). Sin embargo, Lerman se mueve mejor a la hora de articular los distintos planos en los que se articula su propuesta. Si bien no estamos, de nuevo, ante un cine que vaya a descubrirnos formalmente nada nuevo, Lerman es, por decirlo de alguna manera, más discreto y, por lo tanto, menos evidente, más eficaz.

De nuevo, cine de denuncia. Como sucedía en La clase de Cantet, a Lerman lo que le importa es, por un lado, el retrato psicológico de los chicos. El suplente pone otra vez la atención en un sistema que, por puro vicio, ha dejado de ocuparse de aquellos que más lo necesitan. Desincentivados por la burocracia institucional, los alumnos de Lucio apenas muestran interés por la materia que imparte. La apatía y el desánimo ha hecho mella en su comportamiento. Son seres vivos, pero parecen zombis (uno de ellos se pasa la película durmiendo, como muerto). Así, leer se les presenta como una actividad francamente aburrida, lejos de sus intereses, si es que tienen alguno. Sin embargo, y gracias la intervención de su nuevo tutor, poco a poco irán descubriendo el poder de la literatura, no solo como canal transmisor de emociones, sino en la importancia que tiene el lector como sujeto también creador de la obra. Con perseverancia, Lucio logrará sacar de sus alumnos sus propias cualidades y talentos.

Pero, en este camino, los chicos no son los únicos que se exponen a este proceso de examen. Al principio de la película, Lucio está presentando su nuevo libro de poemas en una librería, ante una concurrencia, entendemos, comprometida con la cultura, como él mismo. Conocemos, así, a un sujeto arrogante que se percibe a sí mismo  por encima de los demás. Esa autoridad, intelectual, moral, sirve de acicate para comprometerse en la causa de sus alumnos. Pero eso no es suficiente. En el tránsito, Lucio se sumergirá verdaderamente en sus vidas, lo que le hará descubrir que las cosas son más complicadas de lo que imaginaba y que, en el fondo, sus buenas intenciones están salpicadas de una cierta arrogancia, también responsable de lo que sucede. Enfrentarse a sus propias contradicciones a través de los chicos, le hará descubrir el camino para llegar a ellos. Solo desde la sinceridad del que se reconoce que, en el fondo, no sabe, del que quiere saber de verdad, podrá lograr sus fines. No es necesario destripar la metáfora. Una inteligente lección.

Sería interesante que alguien llevara la cuenta de las películas que abordan la cuestión del nazismo y la Segunda Guerra Mundial realizadas a lo largo de las décadas desde el final de la contienda. Qué nos aportan a la hora de comprender lo que sucedió depende de cada propuesta. Ahora bien, más allá de cierto tipo de reflexiones sociológicas y políticas, el cine bélico cuenta también con otro tipo de productos que, si bien no se escapan de hacernos una reflexión sobre las causas y consecuencias del aquel desgraciado conflicto, en realidad usan ese contexto como trasfondo para contar algún tipo de relato moral o humano.

Este es el caso de la cuarta película de la directora alemana Maggie Peren, El falsificador de pasaportes, título en español que juega con una moda reciente en nuestro país de crear ciertas asociaciones con productos anteriores a fin de atraer al público a la sala. Basada en el relato de la vida real de su protagonista, la cinta presenta a Cioma Schönhaus, un joven de 21 años que aspira a ser diseñador gráfico. Pero el régimen nazi y la consecuente guerra europea se interponen en su camino. Vigilado en todo momento por las autoridades, Cioma trata de sobrevivir, primero como empleado en una fábrica y, más tarde, como falsificador de pasaportes. Pero en un régimen como este es difícil pasar inadvertido. Para lograrlo, Cioma ha decidido salir a la luz.

No descubriremos en El falsificador de pasaportes ninguna clave nueva sobre el género en el que se adscribe. Como tantas otras veces, Maggie Peren pone el ojo en las pequeñas historias, las de aquellos que no protagonizaron los grandes sucesos políticos ni militares, en el ciudadano común, en las víctimas. Junto a estas, se encuentran también sus verdugos, que tampoco son las altas instancias de la jefatura del Estado alemán, sino un entramado de reglas, burócratas y delatores que pueden esconderse tras el rostro de tu propio vecino. Una lógica, casi histérica, por no ser capturado por las implacables SS, servirá de pegamento del orden totalitario. A pesar de la situación que describe, Maggie Peren se ha propuesto demostrarnos que debajo de ese manto de miedo existen también seres humanos, con frecuencia con mejores sentimientos de lo que pudiera parecer. Este es el caso de la patrona del edificio donde vive Ciona, o de ese desconocido que le encargará la tarea de falsificar los pasaportes para salvar la vida de otras personas perseguidas por la Gestapo, o sus amigos, amantes y compañeros de trabajo. Peren viene a decirnos que hay otras pequeñas maneras, quizá solo íntimas, pero igual de relevantes, de resistencia.

Estamos, pues, ante un relato optimista. Un modesto cuento, lo cual no deja de ser valioso.  De vez en cuando resulta agradable ponernos delante de una historia bien contada, y si bien Peren no nos revela nada que no hayamos escuchado otras veces, su relato funciona con eficacia para un espectador que, simplemente, podrá disfrutar del hecho de dejarse llevar por la trama. Se agradece el esfuerzo de dejar fuera de la historia algunos elementos clásicos del género. Apenas hay uniformes en esta película. El mal, si bien está presente de forma indirecta, queda visualmente fuera del relato, lo cual no es una decisión baladí. No por casualidad, la directora ha decidido contar su historia prácticamente en interiores, lo que ayuda a elaborar esa atmósfera de extraña fábula que nos ofrece con esta película. GERARDO LEÓN

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