PUBLICIDAD

PUBLICIDAD

Entrevista: Marcos Giralt Torrente

©Susana Alfonso

El escritor Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) consiguió con su anterior libro, Tiempo de vida (Anagrama, 2010), un valiente, desolador pero también entrañable ajuste de cuentas con el padre ausente, el reconocimiento general de crítica y público. Ahora, de vuelta a la ficción, publica El final del amor, cuatro cuentos que le han valido el Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero (Páginas de Espuma, 2011).

¿De dónde surgen estos cuentos? Tengo curiosidad por saber si los escribió antes o después de Tiempo de vida.
No hay ninguna continuación argumental, porque Tiempo de vida es una memoria personal, íntima, en la que yo soy el narrador de mi relación con mi propio padre. Y esto [se refiere a los cuentos] es pura ficción. El cansancio que me produjo el ahondar en mí mismo durante la escritura y del tiempo posterior a la publicación nacen estos cuentos. Los dos primeros los tenía muy ligeramente esbozados –algunos rasgos del argumento– y cuando terminé todo el lío general en torno a Tiempo de vida me vi escribiendo el primero y luego el segundo.

Cuando acabé me di cuenta de que tenía un libro y de que podía publicarlo.

Me vi en mitad del libro sin darme cuenta de que lo había empezado.

En Tiempo de vida dijo haber apartado todo “artificio literario”. ¿Le ha costado volver a la ficción?
No. En Tiempo de vida renuncié a la estilización, a la búsqueda de un “bellismo” literario, estilístico, porque se trataba de recuperar lo más parecido a mi propia voz. Y la voz de uno cuando habla consigo mismo es natural, no busca el “bellismo”.

La escritura de estos cuentos, que tienen hechuras clásicas, entraña cierta estilización. No obstante, creo que el trabajo de despojamiento de mi prosa al que me vi obligado en Tiempo de vida, me ha dado otra relación con el lenguaje a la que tenía anteriormente.

Antes no es que me costase escribir, es que lo hacía de una forma más pesarosa, forzosa, más disciplinada. Y en este libro, por el despojamiento de Tiempo de vida, me he sentido más libre, más natural con el lenguaje.

¿Qué referencias ha manejado, a propósito de esas “hechuras clásicas” que impregnan estos cuentos?
El libro lo cruzan multitud de líneas literarias que me gusta haber ido sembrando, algunas explícitas, como el de Alice Munro que hay en Johanna; otros más implícitos. Última gota fría es como un ejercicio de aprendizaje de Richard Ford: es un cuento de ambiente exótico que podría haber hecho en otro sitio con ambiente colonial Somerset Maugham; el segundo [Cautivos] es un homenaje implícito a Willa Cather.

Volviendo a Tiempo de vida y la enorme repercusión que ha obtenido, ¿cree que vaya a marcar un antes y un después en su carrera?
Indudablemente será un libro importante en mi trayectoria. Pero me resisto a pensar en que vaya a haber un antes y un después o que vaya a ser el libro más importante de mi vida porque espero escribir otros. No obstante, sí que tiene esas características por lo bien que ha sido recibido, los elogios y demás, algo que, por otra parte, puede llevar a un escritor a la parálisis, a estancarse en el miedo, a no superarse a sí mismo.

Esa idea no me rondó desde el principio, pero sí me empezó a rondar ante la efusión de elogios, y no tanto por ello sino por la tendenciosidad de algunos de ellos. Unos elogios (“qué crudo, qué verdadero”) que se convertían en un “no pretenderás volver ahora a la ficción”. Esto se enmarca en la tendencia de desprestigio de los lectores hacia la ficción. Parece ser que estamos saturados de ficciones y que éstas ya nos las proporcionan las películas. Y buscamos en la literatura un implemento de realidad. A mí me parece que la literatura de ficción sigue siendo necesaria. Es, además, el terreno natural del escritor y uno no se puede pasar la vida abriéndose en canal. Ese miedo empezó a existir a partir de un determinado momento, pero El final del amor es mi manera de haberme salido por la tangente y por eso estoy feliz, porque he evitado verme acabando el final de un libro, asustado por si los críticos se me iban a abalanzar para hacerme pagar el éxito de Tiempo de vida.

Me he salido por la tangente, y bastante impunemente.

Da la impresión de que la música tiene un especial valor para usted. ¿Hay reflejos de ella en su escritura?
Muchísimos. Yo escribo siempre con música. La utilizo como una pantalla sonora frente al mundo para aislarme. Me gusta mucho la música. Cuando estoy escribiendo puedo estar escuchando la misma música tres meses. Algunos de los que me conocen mejor creen saber, cuando leen un párrafo mío, con qué música ha sido escrito. Lo cual tampoco es difícil porque dependiendo de las épocas es posible seguirme el rastro musical. Por ejemplo, París fue escrito fundamentalmente con blues añejo por su ritmo repetitivo. El narrador de París va dándole vueltas y vueltas a la memoria.

Tiempo de vida lo escribí con la banda sonora que iluminó los últimos días con mi padre: los discos que cito son los que escuchábamos él y yo durante su enfermedad y algunos que recupero de su discoteca. Por eso predomina la canción francesa, que le gustaba particularmente.

¿Qué escucha actualmente?
Después de aquella peripecia con mi padre he vuelto a escuchar muchísimo a Bob Dylan, a Leonard Cohen. Me gustan también las canciones más intimistas de Nick Cave.

RAFA MARTÍNEZ

¿Te gustó el post? Compártelo con tus amigos en...


Deja un comentario