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Entrevista: Luis Magrinyà

El editor Constantino Bértolo, que publicó los dos primeros libros de Luis Magrinyà (Palma de Mallorca, 1960), Los aéreos y Belinda y el monstruo hace casi dos décadas, vuelve a lanzarlos en un solo volumen, Cuentos de los 90 (Caballo de Troya).

Desde la escritura de estos dos primeros libros, publicados en 1993 y 1995, hasta el último, Habitación doble (Anagrama, 2010), ¿podríamos hablar de una evolución significativa de sus temas, de su estilo?
Precisamente quise cerrar este volumen de Cuentos de los 90 con un breve relato ya escrito en 2001, «Viaje de trabajo a Nueva York», que para mí marca una especie de frontera, anuncia otro estilo y otros intereses. Basta ver cómo, después de seiscientas sesenta páginas sin nombrar los lugares donde ocurre la acción, ahí nos encontramos, en cinco páginas, un montón de direcciones de la ciudad de Nueva York, y un timing narrativo ostentosamente preciso. Hay incluso una gran ironía sobre ese afán de concreción: el narrador dice que sale a la Calle Cincuenta y Siete Oeste y se encuentra con «doscientos catorce individuos». Creo que sí, que sí puede hablarse de evolución, sin que esa palabra implique un juicio de valor.

Tanto Los aéreos cuanto Belinda y el monstruo son libros que seguían estando disponibles para el lector en ediciones de bolsillo. ¿Cómo surge la idea de reeditarse conjuntamente en una editorial que suele publicar a autores noveles?
Bueno, estaban disponibles si uno buscaba mucho. En cualquier caso, mi contrato con DeBolsillo había terminado y a mí me apetecía que esos libros siguieran vivos. Pero republicarse a uno mismo es una decisión delicada. ¡Dice mucho del propio concepto en que uno se tiene! Y yo soy muy escrupuloso en eso. Republicarme en Anagrama o en alguna otra major habría sido kitsch. Por eso le pedí a Bértolo que me acogiera de nuevo en una colección que es muy parecida a la que él dirigía cuando me publicó por primera vez. Mis primeros libros debían estar en el sitio de los autores que empiezan, no en el de los que se autohomenajean.

¿Qué le debe a Constantino Bértolo, si es que le debe algo?
Pues le debo, en primer lugar, que sacara de la oscuridad a la que parecía condenado mi primer libro, que tardó, como cuento en un apéndice del volumen, cuatro años en ser publicado. Desde entonces le debo un montón de ideas, de risas, de confianzas. Y, por supuesto, como él bien se ha encargado de señalar en la contra y en el prólogo, haberse embarcado conmigo en esta aventura evangélica del retorno del hijo pródigo.

Dada la serie de peripecias que relata en el texto donde explica cómo llegó a ver publicado su primer libro, y teniendo en cuenta su faceta como editor, ¿le parece que las cosas hayan cambiado sobre este asunto en todo este tiempo transcurrido? ¿Por qué a un editor le cuesta tanto reconocer un texto que merece la pena de uno que no?
El pasado sábado en el ABC Cultural Pozuelo Yvancos hablaba precisamente de estas peripecias y decía que afortunadamente los criterios editoriales hoy habían cambiado. Es cierto que hoy hay incluso editoriales y librerías especializadas en el género del cuento y que, como él dice, el «realismo» ya no es el único referente de los editores. Pero yo no sé realmente qué pasaría si hoy llegara a las editoriales un manuscrito de un tal Magrinyà, totalmente desconocido, titulado Los aéreos, cuyo referente desde luego no es el realismo… pero ¿cuál es? ¡Ni siquiera está claro que sean cuentos! ¡Yo, como editor, no lo publicaría! Cuando leí las galeradas de este volumen, no dejaba de encontrar defectos, tuve que hacer un gran esfuerzo para no echarles mano y tijera, y de hecho le escribí un mail a Bértolo preguntándole cómo se le ocurrió publicar esto. Pero al mismo tiempo, y perdone la inmodestia, estos primeros libros siguieron pareciéndome que tenían su valor, precisamente por la dificultad de encajarlos: eran y siguen siendo originales, temerarios, y están repletos de ideas.

RAFA MARTÍNEZ

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