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Exposicions
Del vie 26/3 al vie 7/5 de 2021
Espai Tactel
Valencia (Ciutat Vella)
Entrada libre

La tierra finita
Apuntes para el reparo.

—¡Adolfo! Mi bisabuelo no era minero, fueron mi tío y mi primo. Mi tío murió en un accidente en la mina.

Ese fue el único apunte que mi padre hizo, en una conversación que mi madre y yo tejíamos hace rato y que ya había pasado su clímax hace tres subordinadas como mínimo. Cuando el diálogo estaba inmerso en un inevitable fade out, el Pedrín introdujo nuevos armónicos alterando la repetición en la que estábamos y abriendo una grieta que todo sincopó.

El paso del tiempo, más allá de la literatura y los almanaques, ha alterado nuestro ADN. Cada recuerdo es una sinestesia amplificada, ascendente; una onda in crescendo que busca su hueco apartando del pódium los recuerdos anteriores. La memoria y los mecanismos que la coreografían seguramente sean una mezcla entre Caronte abriéndose paso en la laguna Estigia, un ballroom y el estribillo de Cruz de navajas de Mecano. Los recuerdos son los renglones del storytelling diario que atravesamos. Exageran, deforman, amputan y modelan a su antojo. Esta vez mi recuerdo —muy alejado de la historia familiar vivida y consensuada— se ubicaba en un pedestal infinitamente menor al que debía. El hecho de que un bisabuelo de mi padre fuera minero ya me apelaba directamente. Este giro inesperado de los acontecimientos directamente me atravesaba.

Asumir y encarnar tus vivencias, equilibrar tu deseo de pertenecer con tus ganas de huir, fue pronto el campo de minas en el que decidí moverme. Un lugar que hiere y cura, una inevitable dicotomía, algo muy cartagenero. De pequeño no me gustaba que mi padre usara el coche (una furgoneta C15) de su trabajo como medio de transporte familiar. No era algo que respondiera a ningún tipo de moral, creo; era solo que mirar desde la ventana del Alfa Romeo 75 que mi familia había comprado me hacía sentir ciertos aires de grandeza que por un momento me alejaban de la fragilidad interior de los días de colegio, recreo y fútbol. Un quebramiento interior que iba apartándome cada vez más de lo tangible y me empujaba inevitablemente a habitar la posibilidad de cambio como herramienta de supervivencia inconsciente.

Volver a las minas
En la tabla de movimientos cardiovasculares que a partir de los 35 el cuerpo comienza a reclamar, yo decidí incluir también mirar hacia atrás y abrir las extremidades para abrazar los años otros. Esos en los que arrugaba el gesto para apagar sin éxito la parte derecha de mi cerebro, intentando con ello desconectar el oído y algún sentido más. Intentaba, en definitiva, entrar en un modo que me permitiera andar y no bajar la velocidad al atravesar algunas calles de camino al instituto, me adentraba en el ecosistema patio del colegio o comenzaba a salir con mis amigos de entonces a la Rambla a beber (Licor 43 con piña, seguramente). Ese era nuestro reparo.

Hace unos años con un grupo de amigas hice en un viaje entre iniciático y expeditivo al Festival del Cante de las Minas en La Unión. Mi amigo Alberto llevaba años yendo (él siempre fue muy cardiovascular) y me contaba que era de esas cosas que hay que ver o que uno no sabe como compartir más allá del lenguaje. Imagino que inconscientemente volver a mi tierra con este grupo me protegía o me permitía ahondar de manera segura en algunas cosas que estaban latentes. Cada momento de ese viaje abría Pandora pero sumaba una nueva capa de recuerdo que en cierta manera equilibraba todo.

Las Mineras junto con Las Cartageneras son un palo de lo que se denomina cante hondo, en el que no hay voluta y ni se la espera. No alegría, no bulería, no jaleo. Imagina la superficie de Marte, el paisaje es árido, sin ápice alguno de vegetación o concesión a la naturaleza, ahí se cantan Las Mineras y allí adquieren sentido. La Minera es un canto que arropa desde el dolor, te acompaña ante un inevitable fin. Definitivamente abrazar lo vulnerable es la única opción cuando la onda expansiva se aproxima inevitablemente por el horizonte.

Los nuevos recuerdos y momentos que allí comencé a vivir serían el único paisaje posible.

El Reparo
Cedemos tiempo de nuestras vidas en búsquedas infértiles y tareas que requieren de mil rencarnaciones para dibujar algún tipo de lógica. Yo cedo mi tiempo en buscar puentes entre el pasado, el presente, mi familia y el relato o la estela que vamos dejando con el paso del tiempo.

Mark Ashton resonó en mi cabeza como el link perfecto entre mi padre, el pasado y mi necesidad de conciliar el presente. Mark me atravesó con una fuerza que aún no consigo entender. Me hizo entender el desasosiego de la madre al esperar a sus hijos a la vuelta de la mina, la sensación de desorientación y de margen que la minería impone, y la vida en el margen. Vivir en la constante interrogante de si acercarte al centro del huracán traerá a la calma o es una leyenda urbana más, como la mujer de la curva o lo de que bañarse en la bahía de Portman no comporta peligro alguno para la salud.

Ashton, el activista y sindicalista inglés que convenció a un grupo de miembros del colectivo LGBTQ para apoyar las huelgas mineras del 84, apareció de repente como una luciérnaga vibrante que esperaba conexión, como cuando intentas dibujar las líneas invisibles que hay en las constelaciones. Puede que los días de la Inglaterra de Thatcher no difieran mucho del fascismo patrio creciente y palpable, ese que aprovecha la desazón para expandirse a sus anchas arropado por la demagogia y años de ninguneo a la educación y la cultura.

La minería y el abuso al que se sometió a la tierra, han convertido a La Unión (Cartagena) en una zona en perenne barbecho. La energía eólica invade el paisaje intentando equilibrar en vano el veneno inyectado en la roca. Lola comienza a entonar una melodía como mediadora en este conflicto invisible. Pedro escribió la letra. Lo musical cede protagonismo a lo poético.

Existen múltiples capas de reparos en esta obra que estos días puede verse en Espai Tactel (Valencia). Por un lado el título hace referencia directa a una bebida típica que era consumida por los mineros de la Sierra minera de Cartagena-La Unión, antes de comenzar o después de finalizar su dura jornada laboral. Una mezcla de brandy y vino dulce en vaso de café que aliviaba el relente de las frías mañanas de trabajo minero. Por otra parte el título entona un mea culpa a través de la voz de Lola.

Ella intenta apaciguar o mediar en la situación de desequilibrio creada entre las labores mineras y el cuidado de la propia tierra, sin caer en la cuenta de que El Reparo comenzó en el momento en el que Siddharth comenzó a grabar y ella miró perdida al horizonte. Hay muchas maneras de amansar las aguas, calmar a las fieras y devenir planta. Hay muchas maneras de encarnar los terremotos vividos y disminuir su vibración hasta transformarla en una onda musical. Hay muchas casualidades que pueden partirte en dos por arbitrarias e inesperadas.

La tierra cedió el paisaje al recuerdo.

El Reparo
Fito Conesa

Espai Tactel Ciutat Vella

Cavallers, 35, 2º-3
46001 Valencia