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Exposicions
Viernes 9/11 de 2018   19.30
Librería Railowsky
Valencia (Ciutat Vella)
Entrada libre

Se trata de una serie inédita de 24 fotografías jamás editadas. Ahora se reúnen en Railowsky junto a otras fotografías más conocidas de su “Viaje Mexicano”. Acompaña a la exposición un pequeño catálogo, firmado por el autor, que será regalado a aquellos que compren cualquier libro de Bernard Plossu. ( Hasta agotar existencias).

APUNTES DE UN DIARIO DE VIAJES

En 1958, Bernard Plossu viajó al Sahara con su padre. Tenía entonces trece años y tomó allí sus primeras fotos con la Brownie-Flash que le habían regalado. Ya nunca dejó de hacerlas. En 1961, se fotografió a sí mismo, género que ha cultivado poco y sin demasiado respeto por las convenciones. Por entonces era un descuidado estudiante que pasaba más tiempo en la Cinemateca o en salas populares de la Rive droite que en el preceptivo Liceo. Días felices y largas noches que se iban en sesiones de cine, en rodar con bobinas de 8 milímetros, en fotografiar a su amiga Michèle, y en conversaciones con un singular vecino, Étienne O’Leary, pintor y autor de películas experimentales. Estos episodios de su adolescencia alumbran los intereses y deseos que se entreveran de continuo en el trabajo de Plossu: el viaje, la fotografía, el cine y el diario personal. Los reunió en el viaje que hizo a México apenas cumplidos los veinte años.

En septiembre de 1965 dejó atrás París y se fue a la ciudad de México en la que vivían sus abuelos y su hermana, con el vago compromiso –pronto olvidado- de cursar estudios en la Universidad de las Américas. En su equipaje, una Kodak Retina con el objetivo de 50 mm., poco más de 30 rollos de película de 35 mm. y una cámara de Super 8. Tras algo más de un año de emocionadas aventuras entre el Distrito Federal, Oaxaca, Guanajuato, la selva lacandona –estancia que anotó en un diario- Michoacán, y California, regresó a Paris el último día de 1966.

En 1965 Plossu no era fotógrafo. Las fotografías del viaje no pretendían ser exhibidas o publicadas, algunos negativos pasaron a ser copias tan solo como regalo para los amigos, las imágenes no tenían ningún propósito de posteridad. Sin embargo, aquel diario gráfico le convirtió en fotógrafo. Y las fotos fueron el motivo de su primer libro importante, Le voyage mexicain, publicado en 1979. Un influyente manifiesto que apareció en el cruce de dos anhelos que se manifestaron a mediados de los sesenta: el renacer de los diarios literarios, fotográficos o cinematográficos, y la necesidad de los jóvenes fotógrafos de dar a conocer su obra a través de fotolibros autoeditados. Las cincuenta y tres imágenes de la primera edición pasaron a ser ciento treinta en ¡Vámonos! Bernard Plossu en México (2014), que reúne sus cuatro viajes entre 1965 y 1981. Cuando Plossu preparaba las tiras de contacto y las copias para este libro, una de las carpetas se extravió y por un tiempo quedó oculta en el estudio. Allí estaban las fotografías que ahora se catalogan.

Estas fotografías olvidadas –al igual que Le voyage mexicain- ofrecen una reconstrucción retrospectiva de lugares y personas. Sin embargo, aspiran a fijar la vida en el momento en que ésta sucede, cumplen la exigencia del diario personal como la precisa Philippe Lejeune, registrar la caótica diversidad de la existencia, consignar las escenas cotidianas o incluso triviales. Y, por tanto, también recurren a la repetición y al fragmento.

Como en un acabado esbozo, estas fotografías compendian el estilo de Plossu. Del tumulto de las calles al espacio vacío de esa playa de Zipolite, en Puerto Ángel, donde acabó 1965. El gusto por las carreteras, los coches y los camiones, por todo lo que propicia el viaje y alienta esa percepción pasajera y móvil que preludia lo que Michel Butor llamó los paisajes intermediarios. La cercanía y la empatía con la gente a la que encuentra, como ese hombre que vemos en la cubierta, un joven de camino al trabajo que se sujeta en el volquete del camión por caminos de Oaxaca en un frío amanecer. La ausencia de solemnidad técnica, la atención a las escenas vacilantes e indecisas, en ocasiones con una luz precaria. Y el recuerdo de los amigos de ese grupo cosmopolita con el que compartió aquellos meses del esplendor en la yerba. El poeta puertorriqueño Juan Sáez Burgos y el neoyorquino Roger que tocan el violín y el ukelele en una calle de Guanajuato. El californiano Bill Coleman, al que había conocido en la Universidad, dormido tras una de las fiestas de aquellos desordenados días, en la foto que cierra este pequeño libro. Fue Bil Colleman, con el que se encontraría en la India unos años después, quien le descubrió el Big Sur –un intervalo decisivo en aquel viaje-, orientó la lectura de Thoreau y le hizo escuchar los discos de John Coltrane. Y Elena, amiga mexicana que aparece en la foto de la contracubierta. La vemos, junto a Marion Oettinger, otro norteamericano, en la mesa de un café en la que se advierte el volumen de obras completas de García Lorca que por entonces había publicado Aguilar. La fotografía desvela el rostro de Elena, protagonista de una de las imágenes más evocadoras de Plossu: la que muestra las rodillas de una joven que dobla sus piernas, quizás para acariciar a un gato, y deja entrever su enagua blanca. Unas fotos que traen al recuerdo escenas de La peau douce (1964), la película de Truffaut con Françoise Dorleac. El cine y también los cómics educaron su mirada. No solo la Nouvelle Vague, o Bergman, también los westerns, en particular Veracruz (1954), de Robert Aldrich, una película evocada en las fotos de un campesino a caballo y en la de otro que descansa junto al antiguo convento de la Natividad en Tepoztlán. “Es del cine de donde procedo, o en cualquier caso de donde procedo en mayor medida”, afirmó en Plossu cinema (2010) un libro esencial para comprender a un fotógrafo que siempre ha trabajado en las esquivas fronteras entre la fotografía y el cine.

Salvador Albiñana

Librería Railowsky Ciutat Vella

Gravador Esteve, 34
46004 Valencia