Exposicions
Viernes 16/12 de 2016   20.00
Galería Pizarro
Valencia (Cánovas)
Entrada libre

Recuerdo que era invierno; una de esas mañanas inusualmente cálidas que nos regala nues- tro clima y que incitan al optimismo y la actividad. Apenas tenía 19 años y un fervor nuevo al que dedicaba todo el ímpetu ciego de mi juventud: dibujar y pintar tratando de someter a dos dimen- siones la tangible realidad de cuanto me rodeaba. Mi identidad iba definiéndose paralelamente al goce de encerrar en un papel o un lienzo las expresiones humanas y la apariencia física de cuan- tos pasaban por mi vida.
Los rostros humanos ejercían sobre mí una poderosa atracción hipnótica con clara preferen- cia sobre cualquier otro motivo para pintar. Tan enfebrecido estaba con el retrato que lo practicaba a la menor oportunidad; pero tal ejercicio pagaba el peaje de la paciencia de los eventuales mode- los, virtud con la que no siempre podía contar.
Convencido de que era una solución sagaz, recurrí a las residencias de ancianos, donde los rostros de los residentes ofrecían una expresividad muy conveniente para mis trabajos, aquellas caras tenían mil historias atrapadas entre los pliegues y arrugas que los años construyeron. En el pequeño jardín, en una hamaca junto a un árbol vi un anciano con la cara orientada al sol, los ojos cerrados y la boca abierta como bebiéndose la luz. Tenía una actitud relajada y casi ingrávida.
Yo solía ganarme la atención de estas personas con una botella de vino, o bombones, caca- huetes, etcétera. Y hasta en alguna ocasión con un poco de dinero. Aquél día disponía de unas pe- setas y le propuse al anciano una propina para sus caprichos, a cambio de que me dejara pintarlo en una sesión de dos horas.
No contestó; yo deduje que su avanzada edad quizá le había limitado el oído. Repetí la oferta alzando más la voz: Señor, yo le daría con gusto unas pesetas si me hiciera el favor de mirarme para que pueda pintarlo… Aquel hombre sin alterar lo más mínimo su postura y su actitud, levantó una mano y sentenció: No hace falta que grites chaval, no estoy sordo, lo que pasa es que tú no tienes bastante dinero para pagarme una mañana de sol; que no creo que me queden muchas.
La lógica del concepto y la contundencia del gesto me paralizaron. Ese día no pinté, tampoco pude dejar de reflexionar sobre la fugacidad del tiempo y el drama de su percepción.
Lo cierto es que esta anécdota ha condicionado toda mi vida, hasta llegar a ser un elemento recurrente del código simbolista que manejo en mis cuadros; pero no sólo con referencias a su paso fugaz, sino también a su relativización según la perspectiva de nuestra personal situación vital. A un niño le parece eterna una semana; a un anciano se le pierden los días entre los párrafos de sus re- latos. La mecánica de la percepción del tiempo se atraganta fijando los recuerdos del antes a costa de olvidar los ahora.
El tiempo, único paliativo conocido para el dolor de una pérdida. Escaso y exiguo para los mo- mentos felices. Opulento y fastuoso para la amargura. El reloj; esa pretenciosa cárcel mecánica del indomable tiempo, únicamente nos permite la ilusión engañosa de adornar y enriquecer el continente de ese fluido invisible, despiadado y exterminador que contabiliza la fugaz y pequeña aventura que es nuestra efímera historia.
Alex Alemany
Otoño 2016

Galería Pizarro Cánovas

Pizarro, 8
46004 Valencia