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Música
Sábado 31/7 de 2021   22.30
Castell Papa Luna
Peñíscola (Zona + Alla…)

Tomás Luis de Victoria (c.1548-1611), uno de los máximos exponentes de la polifonía, dedicó su producción por entero a la música sacra. A los 19 años se trasladó a Roma, donde accedió al Colegio Germánico y estuvo en contacto con Palestrina. Allí publicó su primera colección de motetes (1572), a la que pertenece Quam pulchri sunt gressus tui. Su amplia producción termina con el Officium defunctorum, réquiem compuesto en 1603 para las exequias de la emperatriz María de Austria y publicado en Madrid en 1605, la última obra conocida del autor. Destaca un uso expresivo de la disonancia, como, por ejemplo, en la exclamación de súplica «exaudi» (escucha mi oración) en el Introitus. Sigue el Kyrie, con una sección central, «Christe eleison», sin voces graves, más intimista, tras la que irrumpe con fuerza la tercera sección, «Kyrie eleison», de nuevo con todos los efectivos. El Offertorium incluye abundantes figuras retóricas, muy descriptivas, como, por ejemplo, el uso de motivos descendentes para representar el temido descenso al Tártaro: «ne absorbeat eas tartarus» (que no nos absorba el Tártaro); el contraste entre la complejidad precedente y la claridad armónica y rítmica de la última sección, más optimista, en la que hace referencia a la promesa de la salvación «Quam olim Abrahae promisisti» (como prometiste a Abraham); o el empleo de figuras largas en la frase final para reflejar la eternidad.
Claudio Monteverdi (1567-1643) cultivó el género del madrigal durante toda su vida: sus composiciones son un reflejo de los cambios musicales del momento; avances en los que el compositor desarrolló un papel fundamental. Los primeros libros están escritos en el estilo antiguo de la polifonía renacentista, a 5 voces a capela; en contraposición a la «seconda prattica» que se observa a partir del quinto libro, con la inclusión del bajo continuo, instrumentos, pasajes a solo, diálogos entre personajes e incluso acotaciones teatrales, avanzando en la línea que da paso a la ópera, que ya estaba naciendo.
Non si levav’ ancor (segundo libro) muestra una escena nocturna en la que, al llegar el alba, se despiden dos amantes. Sfogava con le stelle (cuarto libro) describe los tormentos de un amante que implora a las estrellas que, con su ayuda, su amor sea correspondido. Lagrime d’amante (sexto libro), escrito en forma de sextina, tiene por protagonista a Glauco, desconsolado por la pérdida de su amada Corinna. La elegía fue compuesta por encargo del duque Gonzaga tras la repentina muerte de Caterina Martinelli, joven cantante adorada por el duque y por el propio Monteverdi, que iba a interpretar el papel de Arianna en el estreno de la ópera homónima del compositor. Pero, es tal el dolor que desprende la música, que sugiere una inmediata segunda lectura: Monteverdi posiblemente no sólo escribiera su sestina para el Duque y Caterina, sino que podría haber plasmado en ella un último adiós a su esposa, Claudia Cattaneo, que había muerto unos meses antes. Cierra el programa Zefiro torna, con texto de Petrarca, un soneto con un empleo sublime de la forma, un canto de alegría por la llegada de la primavera, el estallido de la naturaleza y del amor; pero con la volta aparece la antítesis y se descubre el verdadero sentido del poema, triste y oscuro, pues la ausencia de su amada desvanece para el poeta toda alegría.
Officium y Sestina, las dos piezas centrales del programa, constituyen diferentes aproximaciones, una religiosa y la otra profana, a una misma realidad: la muerte. Comparten, en cierto modo, el anhelo de la buena ventura del alma, ya sea mediante la luz eterna del paraíso en Victoria, o la benevolencia del cielo por la que implora Glauco. Ambas obras nos muestran cuánto de terrenal y humano hay en lo sacro, y cuánto de espiritual, en lo profano.
Francesc Gamón

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