Recuerdo una costumbre que tuve y que perdí que consistía en guardar flores y hojas, secarlas entre páginas, fotografiarlas antes de que se rindieran del todo, y recuerdo aún más la sorpresa al encontrarlas conservadas y olvidadas en un libro años después, puede que sigan ahí, esperando. Creo que no es la flor lo que intentaba conservar, sino la emoción que me provocó mirarla, la experiencia de esa belleza, de esa emoción que quise impregnar, congelar o secar, para convertirla en objeto imperecedero. Es en ese deseo de preservar el instante en el que esta exposición existe.
Que mi deseo me sirva parte de un sistema de trabajo en el que Sandra Mar, desde una contemplación inicial, crea una especie de diario, un cuaderno de apuntar sensaciones en el que se acumulan fragmentos de una experiencia, el recuerdo de un cuerpo que ya no está cerca, la textura de una piel, la caricia de una mano sobre otra que ahora solo existe en el lenguaje, la posición de unos labios al besar. Escribir se vuelve casi un rito, una manera de sostener la belleza, con la certeza y la frustración de saber que eso es imposible.
En ese impulso de nombrar lo que se desvanece, Sandra Mar encuentra el primer molde de su práctica, pero necesita, además, otro vehículo, un material sobre el que impregnar la memoria de esa experiencia y hacerla tangible. Algo que se entienda desde lo físico y no solo desde la memoria que acompaña a las palabras. Ese vehículo es su práctica escultórica, que para esta muestra se adentra en nuevas formas de hacer. Abandona las vasijas, los jarrones, los cuencos que hasta ahora servían de soporte a su escritura incisa, para llegar a piezas que ya no contienen, que se despliegan y se abren en abanico, que se curvan y se enredan sobre sí mismas, o simplemente reposan, como si el material hubiera decidido dejar de servir para empezar a hablar en un idioma propio, más cercano al gesto que al objeto útil.
Con un vocabulario que va más allá de la cerámica en la que se ha movido durante bastante tiempo, en esta muestra aparecen torsos de fibra de vidrio que imitan la piel, barras de metal grabadas como si fueran otra forma de escritura, cintas de tela con imágenes transferidas en su superficie, objetos resignificados. Los mismos textos que antes solo existían en el cuaderno pasan ahora a las piezas a través de la caligrafía propia de la artista, incisa sobre el barro, grabada sobre el metal. La escritura se vuelve entonces acción, un gesto de la mano tan físico como el de amasar o el de estirar, y las palabras se impregnan de ese gesto. Junto a ellas, fotografías de flores y plantas tomadas por la propia artista se transfieren directamente al material, encarnando esa misma fascinación, ahora a través de la imagen y no de la letra. Lo que llega finalmente a quien mira no es un texto que se lee de corrido ni una foto que se mira sin más, sino una poesía bañada en cuerpo y en materia, que se recibe de otra manera, más cercana a lo táctil que a lo literario.
Las piezas se reparten entre el suelo y la pared. Unas apoyadas, casi tendidas, como si acabaran de posarse ahí. Otras colgadas, expuestas como se expone una herida o un trofeo. Esa doble condición, lo que descansa y lo que se exhibe, atraviesa también el propio gesto de fotografiar, un querer mostrar y a la vez guardar. Ni el barro ni la fotografía consiguen detener nada, pero el intento, aunque fallido, deja algo atrás. Como la flor entre las páginas de aquel libro, cada pieza queda ahí, esperando a que alguien la encuentre y, por un instante, algo de lo que fue vuelva a sentirse cerca.
Rafa Barber Cortell






